Querido
Marc:
Primero, disculpa si mi llanto te hace más
difícil partir hacia el lugar feliz que siempre buscaste. No lo puedo evitar,
mi buen amigo.
Entre el dolor, la confusión y la incredulidad,
no sé bien quién o quiénes son los sujetos de este rito fúnebre, si eres tú o
lo somos quienes nos quedamos para extrañarte siempre. No importa, porque de
todas maneras esta no es mi despedida, sino la invitación a que me acompañes
siempre desde el plano en el que ahora estés haciendo reír a los demás con tu
ingenio y buen humor.
Me quedo con las ganas de que hubieses vuelto
de vacaciones en enero de 2025 para el cumpleaños de tu mamá, porque en
noviembre de este año vencía tu visado. Me quedo con esa imagen que añoré desde
que te fuiste del trabajo, de que nos volvieras a visitar como hacen los que
renuncian o jubilan, me quedo con el anhelo de volver a saludarte y darte un
fuerte abrazo, amigo. Yo ya te echaba de menos y justamente fue ese el último
mensaje que te envié y nunca sabré si lo alcanzaste a leer. I miss you my friend, let me know when you’re
back.
Yo me siento en esa frase tan manoseada de “no
poder despertar de una pesadilla”, de conocer por primera vez en carne propia
lo que es perder a un amigo, su voz, su energía y esa alegría que produce saber
que alguien aún se acuerda de uno. Es esa impotencia de no poder ser Dios y
llevar el tiempo atrás la que siento, de que ya no hay nada más que hacer, de
que todas las esperanzas se han agotado. No sé cuánto tiempo dure esta pena,
pero por más que lo pienso, aunque pase mi vida entera tú ya no vas a estar
físicamente nunca más y eso no tiene consuelo posible.
Marc, o Marc Antoni, como te llamé, gracias por
ser un muy buen amigo y colega, por no tener prejuicios, por querer mantenerme
presente en tu vida más allá de las fronteras y la distancia. Desde mi corazón
te pido las disculpas que pude haber quedado debiendo y acepto las tuyas porque
sé que nunca puede haber rencor entre dos amigos, ni en la vida, ni en la
muerte. Me quedo, también, con tu cuchara y taza de té, con el “Gracias al Señor”, con el
Siguienteeeeee que irritaba a
algunos, con las veces en que nos conseguíamos bolsas de té porque
evidentemente ahí nació nuestra amistad, con todas las mañanas en que me
desperté con tus saludos en el Whatsapp, con las aventuras que me contaste, con
tu pasión taurina por la vida y las fiestas, con tu determinación, con la
palabra “feliz” que me repetiste cuatro veces al contarme cómo te sentías en
Australia, y por lo mismo, con ese horrible presentimiento de que no volverías
nunca más, con el “Buena, Dieeeeeeeego,
¿cómo estai?, ¿cómo va la cosa por allá?”, con la gentileza que siempre
ofreció tu sonrisa, con tu parecido al Escudero, con los paseos en bicicleta,
con todo lo que iré recordando en el camino del duelo y con la bonita
experiencia de haber coincidido en esta vida.
Anda, amigo Marc, ahora que ni las fronteras, el tiempo, ni el espacio existen en tu plano, a conocer todos los lugares
que no alcanzaste en éste; el Sudeste asiático, Japón, Nueva Zelanda, Dubai, Hong
Kong y más. Ya cruzaste la última de las fronteras, ya no hay nada que te pueda
detener.
Con cariño y lealtad, tu doliente amigo Diego.