Versos

"Yo no protesto pormigo porque soy muy poca cosa, reclamo porque a la fosa van las penas del mendigo. A Dios pongo por testigo de que no me deje mentir, no hace falta salir un metro fuera de la casa para ver lo que aquí nos pasa y el dolor que es el vivir." (Violeta Parra en Décimas, autobiografía en versos)

miércoles, 15 de enero de 2014

El artista por Eduardo Castillo Urízar

Yo fui un artista envidiado
a quien ciñó una corona
el mundo que hoy me abandona
porque me veo desgraciado.
Se olvida que sin hogar,
solo, hambriento va a morir
aquel que lo hizo reír,
estremecerse y llorar.
El duro pan que mi ruego
le arranca, se devuelve blando
cuando lo empapo llorando,
con mi lágrima de fuego.
.....................................
Fui dichoso cuando niño,
en esa edad de ventura
en que es blanca el alma pura
como garza y con armiño.
En que todo es inocencia,
todo es dulce y es risueño,
y es algo así como un sueño
que no acaba la existencia.
Hoy que lloro de hambre y frío
cómo sufro al recordar
las ternezas de ese hogar
que entonces hallé vacío. 
Yo quería que mi nombre
resonara por el mundo:
afán, anhelo profundo,
de aquel que empieza a ser hombre.
Quería con ansia ardiente
ser artista, que la gloria
contara al mundo la historia
de un laurel sobre mi frente.
Tras una lucha sombría
la ambición triunfó en mi pecho,
temblando llegué hasta el lecho
en que mi madre dormía.
Y con muda y honda pena,
madre mía, un sólo instante
puse mi pecho quemante,
sobre tu frente serena.
Después, loco me alejé,
como huyendo de un delito,
de aquel asilo bendito
donde todo lo dejé.
Corrí el mundo cual beodo,
tambaleándome, sin tino,
tropezaba en mi camino
y caía sobre el lodo. 
Pero me alzaba y seguía.
Iba sonámbulo y ciego,
impulsado por el fuego
de mi ambición que crecía.
Iba cual hoja a los vientos,
como corcel desbocado,
que lleva el hierro clavado
en los ijares sangrientos.
Hallé cuanto yo quería
en mis delirios hallar,
menos la paz de mi hogar
y su inocente alegría.
Ni la fe que bajo el techo
de esa mansión de ternura
inculcó mi madre pura
en el fondo de mi pecho.
Mientras yo el mundo corría
tras el placer que envenena,
ella, sola con su pena,
entre miserias moría. 
Mientras yo con ansia loca
buscaba gloria y afán,
no tenía ella ni un pan
para llevarse a la boca.
En mi amarga desventura
conservaré hasta que muera,
esta carta, la postrera
que le dictó su ternura:
"Vuelve, hijo mío, a mis amantes brazos,
yo no puedo olvidarte ni un momento.
Le hacen falta a mi pecho tus abrazos
y a mi boca tus besos y tu aliento. 
Si supieras, ingrato, ingrato, cuánto
por ti padece tu afligida madre:
este hogar está lleno de mi llanto
y del santo recuerdo de tu padre.
Estoy sola y enferma de tristeza.
Ven a endulzar mis penas, hijo mío;
si vieras, tengo blanca la cabeza 
y el corazón despedazado y frío. 
Si tú no vienes a secar mi llanto, 
si tu no vuelves a curar mi herida,
luego, tal vez, allá en el camposanto,
bajo una cruz te esperaré dormida".
Yo creí que era una mentira
tanto dolor por mi suerte,
que nunca lleva a la muerte
el amor que un hijo inspira.
Mas, me engañé porque encierra 
de una madre el corazón
toda la fe, la pasión,
todo el amor de la tierra.
Se me encona más la herida
al recordar con dolor
aquella noche de horror,
la más negra de mi vida.
Era una noche de hielo
del invierno, una de aquellas
en que se van las estrellas
a vagar por otro cielo.
El telón se levantaba,
el teatro lleno y ansioso,
y yo sonriendo, nervioso,
con impaciencia esperaba.
De pronto, alguien para mí
trajo una carta cerrada,
cuya cubierta enlutada
con brusca mano rompí. 
Al saber lo que decía
sentí miedo, quedé yerto.
-¡Mi madre, mi madre ha muerto!,
grité con voz de agonía.
Sentí en mi frente sonrojos
y tempestades de mar,
pero no alcanzó a llegar
ni una lágrima a mis ojos.
Todas juntas y silentes
se condensaron en calma,
y cayeron en mi alma,
tempestuosas y candentes.
Desde ese instante fatal
siento un dolor siempre nuevo,
dolor que en el pecho llevo 
clavado como un puñal.
El telón se levantaba,
el teatro lleno y ansioso,
y yo aturdido, nervioso,
nada en el mundo esperaba.
Y así tuve que salir.
¡A cuántos manda la vida
que, con la mano en la herida,
hagan al mundo reír!
Mientras yo hubiera deseado
estar solo en mi agonía,
todo un teatro me aplaudía, 
frenético, entusiasmado.
Y su aplauso atronador,
y su grito de entusiasmo,
parecía un sarcasmo
y un insulto a mi dolor. 
Al escucharlo me dije:
"¿Por qué se burla de mí?", 
y tanto, tanto sufrí,
que en silencio lo maldije.
Después el remordimiento
con implacable tesón,
me desgarró el corazón
hasta dejarlo sangriento. 
Por mi frente dolorida
surcó una arruga temprana,
y asomó en ella una cana,
la primera de mi vida.
Para matar mi dolor
busqué un cariño; fui un necio:
no comprendí que el desprecio
sólo merece un actor.
Él no nace para amar,
sino para hacer reír
y después para morir,
mendigando, sin hogar.
En este mundo de olvido
todo cuanto luce y brilla
es espuma que en la orilla
se desvanece sin ruido.
Se rompe en la adversidad
el corazón solitario
como un roble centenario
que azota la tempestad.
En esta vida sin calma
todos cumplen su condena:
llevar oculta una pena 
en lo más hondo del alma.
El hombre aquí es un alud
que, con variada fortuna,
rodando va de la cuna
al fondo del ataúd. 
Yo como muchos caí
en profundo precipicio,
y en las tinieblas del vicio
desesperado, me hundí. 
La taberna fue mi hogar, 
ese sitio oscuro y cruel
adonde va todo aquel
que sufre y quiere olvidar.
En ella perdí el talento
y el mundo que me abandonó,
y el artista mendigó
por las calles su alimento.
Voy errante por el mundo
a solas con mi congoja,
sin encontrar quien recoja
mi beso de moribundo.
Perdónale su pasado, 
madre santa, al pobre hijo
a quien el mundo maldijo
cuando lo vio desgraciado.
Y antes que la tierra fría
trague ansiosa mis despojos,
ven a cerrarme los ojos
desde el cielo, madre mía. 

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