Ridículo me parece el debate entre veranistas e inviernistas: el calor extremo versus el frío extremo. Mi clima natural es el caluroso; siempre lo he preferido frente a las enfermedades y dolores que acompañan a las épocas frías. Pero ¿qué obtendría abanderándome por alguna estación del año? ¿Someteríamos a plebiscito cuál estación es la que se debe vivir durante el año? Así de absurdo suena este debate pueril en las redes sociales.
Digamos que aquello se votara; yo votaría por el verano porque es la estación que nos demuestra que la Tierra está viva: los árboles se cubren de verde, los hielos se derriten para formar ríos y asegurar el transcurso de la vida en montañas, valles y mares. Votaría verano porque disminuyen las enfermedades respiratorias; porque me enamoran el olor y el dulce sabor de los duraznos y las sandías; porque es posible caminar de noche en polera; porque las playas vuelven a recibir a sus bañistas y abundan los piqueros, junto a la alegría de los más pequeños armando castillos de arena inundables frente al azul marino y a un sol de justicia.
Vendrían entonces los inviernistas a destacar la introspección del invierno, a enaltecer la bondad de un té caliente bajo la lluvia (¿se imaginan que fuera té de hoja con canela, además?). Vendrían a convencerme de que el invierno garantiza no achicharrarse bajo la inclemencia del sol y sus rayos ultravioletas; de las bondades de dormir a lo cucharita; del suelo tapizado de hojas cafés; de una sopaipilla bañada en almíbar; de la alegría de saber que el cielo está vivo y regala sus gotas a los árboles, nieve a las montañas y agua a los animales sedientos.
¿Ven? Ambas estaciones tienen un lado amable que se ha de saber disfrutar. Es la misma Tierra, la misma naturaleza, que en su sano equilibrio se manifiesta para recordarnos que no ganamos nada intentando disociarnos de una de sus estaciones, porque somos parte de ella; y tratar de escapar de sus ciclos es renunciar a reconocer nuestra propia naturaleza balanceada y cíclica.
También es cierto que los extremos se presentan en las estaciones: veranos cada vez más calurosos, donde proliferan los incendios forestales, e inviernos inclementes en que todo resulta más destructivo. Si la humanidad destruye la Tierra, la Tierra buscará destruir a la humanidad, porque todo busca un balance; en todo se manifiesta la ley de acción y reacción. Por tanto, antes de abanderarnos por una estación para castigar a la otra, ¿por qué no nos preguntamos qué estamos haciendo, desde lo colectivo y lo individual, para hacer de la estación que no nos gusta un tránsito más llevadero? ¿Reciclo, planto y riego árboles, utilizo energías renovables, reduzco mi consumo de combustibles fósiles, soy eficiente en mi uso del agua, me educo en materia de cambio climático? ¿Cuál es mi aporte para hacer de la casa de todos un lugar más amable y habitable?
Quien rechaza una estación se niega a sí mismo y vive en desequilibrios energéticos. No podemos elegir entre invierno y verano: no controlamos la naturaleza, pero sí podemos reconocer y aprender a disfrutar sus ciclos —que también son nuestros ciclos— y saber recibir lo que el planeta nos regala: una gota de lluvia, el canto de un ave, la inédita belleza de una flor, el grito estentóreo de un trueno o un tumbo, el dulzor de una fruta de estación, el calor de una cazuela o el alivio de un abrazo en invierno. Si tenemos los sentidos vivos, abramos sus receptores para maravillarnos con esta Tierra que palpita, salta, canta y baila mientras se mueve alrededor del sol, se deja bañar por la luz de la luna y nos muestra día a día la dimensión de su sabiduría.
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