Versos

"Yo no protesto pormigo porque soy muy poca cosa, reclamo porque a la fosa van las penas del mendigo. A Dios pongo por testigo de que no me deje mentir, no hace falta salir un metro fuera de la casa para ver lo que aquí nos pasa y el dolor que es el vivir." (Violeta Parra en Décimas, autobiografía en versos)

domingo, 5 de abril de 2026

Ejercicio de redacción.

Veinte de marzo de 2026. El tránsfer llegó puntual a buscarme a la casa. Aunque fui el primero de casi diez pasajeros, el trayecto hasta el aeropuerto se me hizo breve.

Estaba apacible terminando de comer un pan con palta bañado en aderezos de tres sellos de advertencia cuando llegó a mi celular una notificación de que el vuelo se había retrasado y pienso que no tuvo sentido haberme levantado tan temprano, más cuando la luz del sol está tan floja en surgir y tocar la superficie terrestre. Como es habitual, no alcancé ni quise desayunar en mi casa, dispuesto a pagar los altos e injustificados precios del aeropuerto. Heme aquí ya vitaminizado con la vitamina D3, E, el omega 3 y la dosis diaria de metformina. Sin contar con la neurobionta que desde la semana pasada me recorre a través de los caudales de mis venas, aunque no sé cuánto tiempo me va a durar. Eso es lo malo de los médicos: nunca son claros en las dosis o posología del medicamento. Le voy a preguntar aunque me cobre esta consulta.

Diría que cuando llegué al restaurante del aeropuerto había a lo más seis mesas ocupadas y entre que me tomé el desayuno y comencé a escribir justo esta palabra que estás leyendo solo quedaban seis mesas totales. Este no es un país en reconstrucción ni tampoco uno que se hubiera estado cayendo a pedazos. Quepa contarte que ya la letra está más firme y es que cuando comienzo a redactar siempre se dibuja trémula, insegura, como los primeros pasos que se dan en la mañana.

Entonces, cuando llegué a este restaurante de precios lunares había poca gente consumiendo y pensé en lanzarme a escribir una historia de cada uno, pero ahora sería imposible. Hay, de todas maneras, una monja sirviéndose un frugal desayuno que no es más que una taza, no, una taza no, un vaso de café (¿pueden beber café las hermanas?) mientras mira el celular. Admito, confieso (será la palabra más adecuada al contexto litúrgico) que siempre he querido ser amigo de una monja para que nos juntemos en mi casa a rezar el Santo Rosario o ser amigo de un sacerdote para invitarlo a cenar y hablar de la literatura religiosa, como los libros de María Olivia Mönckeberg o el que Javier Cercas escribió sobre el papa Francisco.

Esta sor está a dos mesas de distancia. Supondré que se llama Cecilia porque sus rasgos se parecen a aquellos de todas las Cecilias que he conocido. La hermana Cecilia usa unos lentes de marcos plateados, pelo cano, un velo gris con bordes blancos, como manda Dios, sin maquillaje, aunque preferiría pensar que así le gusta a ella. Me resisto.

Me resisto a la "tentación" de pararme a saludarla y conversar, así como me resistí de preguntarle al de la mesa de al lado por el libro que lleva leído hasta la mitad. Uno aprende a resistir los impulsos, los que me conocen mejor saben sobre mi afección, favoritismo, si se quiere, sobre la lengua catalana y la cultura que a ella subyace; de esto ya harán casi diez años. Hace una semana, sin embargo, descubrí que el vecino que vive detrás de mi casa, no enfrente, no a diez cuadras, ni en otra población, sino que detrás de mi casa, pongámosle, a cinco metros de mi baño trasero para dimensionar el tono de mi exageración, era catalán.

Me di cuenta porque tenía una bandera independentista colgando de su ventana, pero el prejuicio dictaba que lo más probable era que fuera de algún cubano pobre que la encontró por ahí y la dejó al sol para que luego desteñida la Senyera simulara blanco y azul. Hace uno o dos domingos pasé en vehículo por fuera de su casa y lo encontré. Después de presentarme supe que se llamaba Francesc, como Francesc Orella, el protagonista de Merlí. No sé si fue la emoción, muy justificada por lo demás, pero pensé que allí había una amistad en ciernes, un nicho, un algo meritorio de crecer. 

El jueves quise ir a saludarlo, invitarlo a casa con su esposa, tender puentes, abrir caminos, use el eufemismo que guste (la monja Cecilia se está parando, creo que ya se va). No sólo quise ir a saludarlo, sino que fui a saludarlo. No. Debo emplear otro término. Porque saludar es una acción que ocurre cuando el objeto recibe el saludo y eso no sucedió.

Desde que llamé a su puerta sólo crucé conversación con un veterano que no parlava el català, era más bien un señor peruano que quedó de anunciarme, pero la respuesta de Francesc no llegó. Pasaron cinco minutos, tiempo suficiente para evaluar si Francesc había sido notificado de mi presencia. El señor incaico se limitó a decir que el catalán, en realidad le dijo "el español" (seguro se llevan mal), estaba enfermodel estómago, lo que evidentemente, para alguien con mi inteligencia social, sonó a embuste. Todas mis buenas intenciones se cayeron al suelo; Francesc no quería ser mi amigo. Probablemente debe ser un arrancado (prófugo) porque no sonaba que un catalán estuviese viviendo en las faldas de un cerro del Desierto de Atacama. Pasó colado el prejuicio, nuevamente.

Por eso me resisto a la emoción y pulsión de hacerme amigos o de ir, en este caso, a saludar a la sor Cecilia. El rechazo me deprime y turba, aunque una sierva del Señor por obligación debería saludarme y acceder a una compañía espiritual, pero yo no fuerzo a nadie a mi presencia, quizás sólo a este lápiz y cuaderno a recibir mi pensamiento. Ya están llamando a embarcar.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Descargo

Siempre que vuelvo de lejos y de varios días me encuentro con tu mirada, que no se resiste a buscarme. Ella me escudriña en los ojos no sé qué información, querrá saber si soy el mismo, si aún te pertenezco, si se apagó la luz que me solía encender el saber que estabas por ahí cerquita de mí. 

¡Ay, qué mala manera de comunicarnos! Porque te lo diría todo con tal de dejarte tranquilo y decirte que en las noches aún me es posible imaginarte al lado. Pero yo no quiero que me hablen tus ojos, no me interesan porque ellos no tienen voz para pronunciar mi nombre ni labios para besar los míos.

domingo, 18 de enero de 2026

La Tierra no elige bandos

Ridículo me parece el debate entre veranistas e inviernistas: el calor extremo versus el frío extremo. Mi clima natural es el caluroso; siempre lo he preferido frente a las enfermedades y dolores que acompañan a las épocas frías. Pero ¿qué obtendría abanderándome por alguna estación del año? ¿Someteríamos a plebiscito cuál estación es la que se debe vivir durante el año? Así de absurdo suena este debate pueril en las redes sociales.

Digamos que aquello se votara; yo votaría por el verano porque es la estación que nos demuestra que la Tierra está viva: los árboles se cubren de verde, los hielos se derriten para formar ríos y asegurar el transcurso de la vida en montañas, valles y mares. Votaría verano porque disminuyen las enfermedades respiratorias; porque me enamoran el olor y el dulce sabor de los duraznos y las sandías; porque es posible caminar de noche en polera; porque las playas vuelven a recibir a sus bañistas y abundan los piqueros, junto a la alegría de los más pequeños armando castillos de arena inundables frente al azul marino y a un sol de justicia.

Vendrían entonces los inviernistas a destacar la introspección del invierno, a enaltecer la bondad de un té caliente bajo la lluvia (¿se imaginan que fuera té de hoja con canela, además?). Vendrían a convencerme de que el invierno garantiza no achicharrarse bajo la inclemencia del sol y sus rayos ultravioletas; de las bondades de dormir a lo cucharita; del suelo tapizado de hojas cafés; de una sopaipilla bañada en almíbar; de la alegría de saber que el cielo está vivo y regala sus gotas a los árboles, nieve a las montañas y agua a los animales sedientos.

¿Ven? Ambas estaciones tienen un lado amable que se ha de saber disfrutar. Es la misma Tierra, la misma naturaleza, que en su sano equilibrio se manifiesta para recordarnos que no ganamos nada intentando disociarnos de una de sus estaciones, porque somos parte de ella; y tratar de escapar de sus ciclos es renunciar a reconocer nuestra propia naturaleza balanceada y cíclica.

También es cierto que los extremos se presentan en las estaciones: veranos cada vez más calurosos, donde proliferan los incendios forestales, e inviernos inclementes en que todo resulta más destructivo. Si la humanidad destruye la Tierra, la Tierra buscará destruir a la humanidad, porque todo busca un balance; en todo se manifiesta la ley de acción y reacción. Por tanto, antes de abanderarnos por una estación para castigar a la otra, ¿por qué no nos preguntamos qué estamos haciendo, desde lo colectivo y lo individual, para hacer de la estación que no nos gusta un tránsito más llevadero? ¿Reciclo, planto y riego árboles, utilizo energías renovables, reduzco mi consumo de combustibles fósiles, soy eficiente en mi uso del agua, me educo en materia de cambio climático? ¿Cuál es mi aporte para hacer de la casa de todos un lugar más amable y habitable?

Quien rechaza una estación se niega a sí mismo y vive en desequilibrios energéticos. No podemos elegir entre invierno y verano: no controlamos la naturaleza, pero sí podemos reconocer y aprender a disfrutar sus ciclos —que también son nuestros ciclos— y saber recibir lo que el planeta nos regala: una gota de lluvia, el canto de un ave, la inédita belleza de una flor, el grito estentóreo de un trueno o un tumbo, el dulzor de una fruta de estación, el calor de una cazuela o el alivio de un abrazo en invierno. Si tenemos los sentidos vivos, abramos sus receptores para maravillarnos con esta Tierra que palpita, salta, canta y baila mientras se mueve alrededor del sol, se deja bañar por la luz de la luna y nos muestra día a día la dimensión de su sabiduría.

martes, 13 de enero de 2026

In memoriam (Copiapó, 28 de diciembre de 2024)

Querido amigo:

Hace un mes las lágrimas y la confusión inundaron las vidas de quienes hoy te rendimos sentido homenaje. Desde ese momento hemos ido perfeccionando tu memoria, reconstruyéndola con los relatos de tu vida, tus planes, miedos y motivaciones.

En este mes, aún envuelto en el dolor de un adiós imposible, me sostengo en el recuerdo del alegre colega cuya presencia nunca pasó desapercibida por más que lo intentara; en tu disposición a mantener largas conversaciones, en la excelente voluntad para salir a terreno cuando se necesitaba, en tu manera de alegrarle la vida a la gente con una palabra o chiste, en la gentileza que siempre ofreció tu sonrisa. Fuiste un funcionario entrañable y único, jamás nadie podría igualar tu espíritu jovial ni la energía que emanaba de tus palabras, tu capacidad de hacer de lo cotidiano una fiesta, una carcajada, una fuente incombustible de amistad y buena onda; tan incombustible que me parecía que vivirías para siempre. No creo que haya errado tanto, ¿sabes?, porque te convertiste en un ser legendario y las leyendas nunca mueren básicamente porque nadie las ve despedirse ni perecer. Por eso, no te despido, sino te invito a seguir acompañándome en la alegría que me da honrarte y en el dolor de la nostalgia. Para mí, las estrellas del rock and roll viven eternamente.

Mi primer recuerdo es el del Marco Presidente del Club Deportivo de la Dirección Regional. Llegaste a Vallenar a conversar sobre la necesidad de que los colegas aportáramos dinero para la organización y realización de las Olimpiadas Regionales. Quién iba a pensar que tu directiva sería la última en organizar una Olimpiada en Copiapó.

Luego, viene a mi mente el colega con el que siempre se hacía agradable salir a fiscalizar, en las conversaciones se fueron dando las confianzas hasta que un día me regalaste una bolsa de té cuando te la pedí y luego yo te di una cuando te hizo falta; ahí supe que había nacido nuestra amistad, de lo simple y cotidiano, de lo inocente de encontrarnos en el pan con palta, de tus sagrados quince minutos de colación, de compartir en las movilizaciones, de contarnos chismes, de respetar y valorar nuestras diferencias, sin juicios, sin prejuicios. Es que quién no podría hacerse tu amigo, qué fácil se hacía quererte, irrepetible Marco.

Poco a poco, dejaste de encajar con la rutina grisácea del trabajo, me contaste que renunciarías y emprenderías nuevos desafíos; ya no querías seguir en un lugar que no te hacía feliz y apagaba tu alegría. El 02 de mayo de 2022 no fui a trabajar y al mediodía recibí la llamada de un número desconocido: eras tú. “Diego, este es mi número, guárdalo y no se los des a nadie, hoy renuncié al Servicio pero seguimos en contacto” me dijiste. El 2023, después de un buen tanto de no saber de ti me llegó un mensaje de Whatsapp de un número extranjero, eras tú contándome que te habías ido a vivir a Sídney. Tampoco te despediste al salir de Chile, entonces, ¿por qué tengo que hacerlo yo ahora? Eso es prueba de que nuestra amistad no está marcada por el adiós y eso la hace eterna, capaz de sortear tiempo y espacio.

Marco, Flaco, Flaco de las Cavernas como escuché por ahí, Marc Antoni, compañero, colega, amigo y confidente, siempre quisiste pasar desapercibido, piola, pero nunca se te dio, a decir verdad; la notoriedad y la luz te han acompañado siempre y cómo no, si con tu nombre de cónsul romano, de cantantes y tus apellidos de personajes históricos estabas condenado a la visibilidad de una estrella del rock and roll. Pudo haber sido tu karma: querer siempre vivir como un hombre invisible y partir de este mundo con tanta consonancia y buena prensa. Y cómo no, haciéndote esperar.

Todas las llamadas, los paseos en bicicleta, los audios y los saludos se convierten ahora en una especie de código sagrado, en sueños, en pruebas de fe, en claves que cada uno sabrá interpretar, como, por ejemplo, que me encuentre con tu RUT en los sistemas del trabajo, en encontrarte en los personajes de mis lecturas, en esa rabia que me da escuchar la palabra Australia o canguro, en los domicilios que fiscalizamos juntos. En las casualidades más imposibles estará guardada tu presencia, tu voz, tu amor por la vida.

Gracias por ser mi amigo, por querer mantenerme presente en tu vida más allá de las fronteras y la distancia. Desde mi corazón te pido las disculpas que pude haber quedado debiendo y acepto las tuyas porque sé que nunca puede haber rencor entre dos amigos; ni en la vida, ni en la muerte. Me quedo, con el “Gracias al Señor”, con el “¡Siguienteee!” con tu pasión taurina por la vida y las fiestas, con tu determinación, con la vida feliz que tuviste en Australia, con todo lo que iré recordando en el camino del duelo y con la bonita experiencia de haber coincidido en esta vida.

Anda, amigo Marc, ahora que ni las fronteras, ni el tiempo, ni el espacio existen en tu plano, a conocer todos los lugares que no alcanzaste en éste; el Sudeste asiático, Japón, Nueva Zelanda, Dubai, Hong Kong y más. Ya cruzaste la última de las fronteras, ya no hay nada que te pueda detener.

Hasta pronto.

Iglesia Catedral de Copiapó, 28 de diciembre de 2024.