Versos

"Yo no protesto pormigo porque soy muy poca cosa, reclamo porque a la fosa van las penas del mendigo. A Dios pongo por testigo de que no me deje mentir, no hace falta salir un metro fuera de la casa para ver lo que aquí nos pasa y el dolor que es el vivir." (Violeta Parra en Décimas, autobiografía en versos)

sábado, 10 de marzo de 2012

Una noche de viaje al norte

En mi casa de Copiapó deben estar celebrando el cumpleaños diecisiete de mi hermano y mañana habrá torta. Voy viajando hace casi más de una hora y quedan diez. Creo que es alrededor de las once de la noche y en el cielo unas nubes intentan en vano cubrir la luna llena. Fue un día de poca comida y ajetreado; en la mañana se me ocurrió viajar mientras bebía una taza de café. Fui a la universidad para matricularme y vivir un enredo colosal del por qué no estaba el documento para firmar el pagaré del FSCU, pero luego me enteré de que a nadie se le generaba el documento porque no estaban todas las notas en el sistema de MINEDUC. De vuelta a casa el bus B21 demoró más de media hora en llegar y más de cincuenta personas sufríamos los treinta y tres grados de calor de este verano sin fin. Llegando a casa hice mi mochila viajera, compré queso y pasé a visitar a la familia de Kevin. 

Voy viajando aún: el auxiliar ya registró nuestros datos y ahora nos entrega una bandeja (Habemus Comida). Para ahorrar batería apagaré el MP3, pero más que por eso lo haré porque iban a pasar una película de Jim Carrey (Todopoderoso). Su sobreactuación siempre me parece graciosa y más en un bus con pantallas planas a pesar del bajo costo del pasaje de esta vez. Retomaré la próxima parada o cuando despierte si eso llegara a ocurrir (Que Dios me escuche y el diablo se haga el sordo).

No volví a escribir en el cuaderno. Estoy directamente desde el computador. Desperté varias veces durante la noche y tengo cosas que decir: la película era buena, pero el argumento de Dios con un ser humano a quien le entrega poderes ya es poco original y trillado. Basta recordar Al diablo con el Diablo o Click con Adam Sandler. Sin embargo, vería las tres nuevamente porque me hacen tanto reír.

Es muy bueno cuando en el bus dan comida, y en este particularmente nos dieron un rico menú: fideos con salsa, ensalada de lechuga más zanahoria, pan y postre. Feliz. Desperté a las 3 de la mañana y ya estaba en Coquimbo donde tienen WiFi abierto, aunque en el San Borja también. A las 6 de la mañana y viajábamos por pleno desierto y prendí el MP3 que conservaba una raya de batería. Ni veinte minutos duró y se le apagó la voz a Violeta Parra. A las 8 de la mañana ya estaba en Copiapó y debo decir que entre las 6 y las 9 es el único momento en que uno puede decir que acá hace frío. El resto de la jornada verano puro. En mi casa no había torta. No celebraron el cumpleaños. Celebramos hoy.

viernes, 9 de marzo de 2012

El chaleco con rombos

Hace pocos días veía un programa de televisión chileno en que la periodista Pamela Jiles junto al diseñador Luciano Brancoli analizaban lo importante que era en términos de imagen tener un estilo propio de vestir en la política. Observaban el estilo de Ricardo Lagos, el de Cecilia Morel y el estilo que no tenía o que no quería tener el Presidente (mejor no lo nombro porque dicen que trae mala suerte). 

Reflexioné de lo aburrido que es andar con el cuello, corbata y el típico terno. Entonces decidí buscar mi estilo de vestimenta para el día en que trabaje en el servicio público de Chile: el chaleco con rombos con camisa o polera con cuello y pantalones de tela que transiten en el espectro del beige y el café, aunque confieso que los montgomeries me seducen bastante y que los vestiré en ocasiones de extrema solemnidad, de vejez (si el físico no me acompaña), de lluvia y en las noches de invierno con bufandas de lana blanca y guantes. El chaleco con rombos será el estilo que yo imponga dentro de la gestión pública y del giro laboral de las oficinas. Basta de hombres tiesos, empaquetados con una envoltura que no les viene, con ternos que no se distinguen entre lo gris de la ciudad. La época del chaleco con rombo viene a marcar la diferencia, compatriotas, sea con o sin manga. Prepárense para ver cómo suben en las encuesta los ministros y ministras romboides. 

Una salvedad muy importante es que el chaleco con rombos viste mejor en generaciones jóvenes que en las más perpetuadas en el poder. No sería lo mismo ver a Kast o a Giorgio Jackson con rombos y pantalón de tela que ver a Chadwick con los mismos. También el tema pasa por la estética y la edad. A pesar de que avisto las críticas al estilo por parecer hijos de mamá y papá del barrio alto, el mateo del curso o que la forma es menos importante que el fondo, éste es un cambio en que se merece innovar e incentivar, lo que llega a ser incluso instrumental: a la gente que no haga bien su trabajo la obligaremos a volver al incómodo terno. 

Antes de concluir debo decir que: mi moda sugiere zapatos color café de preferencia carentes de cordón; el día en que envejezca y el rombo no me venga vestiré permanentemente el montgomery y en los días de calor una camisa o polera con manga corta y pantalón de tela, aunque si llego a ser un adulto mayor como don Héctor Noguera, jamás dejaré el rombo. 

Lamentablemente, no he pensado en vestimentas de mujeres en la administración pública, aunque lamentaría mucho que siguieran vistiendo estilos burócratas y uniformes como el de Matthei y Bachelet cuando el mundo de la moda les entrega más alternativas que vestir. 

Finalmente, creo que llegó la hora de romper las reglas que regulan y moldean la "informalidad" de ir a la oficina. Me declaro opositor a la vestimenta del presidente y a esas chaquetas rojas que visten en terreno. Las y los chilenos merecemos una clase dirigente guapa y bien vestida o que al menos hagan el intento; en ello Pamela Jiles tiene meridiana razón: como aspecto de forma y superficial, la vestimenta en política o gestión pública tiene un potencial no explotado ni explorado. E insisto, lectoras y lectores: la gestión pública juvenil tiene mucho en que innovar y mucha moda por imponer. ¡Que viva el rombo!



Mi encuentro con Giselle: el almuerzo.


Almorzamos humitas junto a Kela, Diego y Nacho. Estuvo muy rica la comida en esa casa. Le comenté a Giselle que escribiría acerca de nuestra reunión de amigos y que le tomaría fotos de improvisto. La temperatura en ese día llegó a los 34 grados y todo indicaba que, literalmente, no sería una jornada productiva. Antes de comer y mientras se preparaba el almuerzo conversamos del verano en Copiapó, de los lugares a los que fuimos y de cómo estaba la familia. Ella decía que quería tirarse un piquero en la playa, en una piscina porque no había tenido la oportunidad de ir a algún balneario y con esa temperatura cualquiera quisiera lo mismo.

Luego de comer comentamos anécdotas y penaduras. Les dije que en este verano en la casa donde creció mi mamá se habían presentado sucesos sobrenaturales y conté cada una de las historias que no lograron atemorizar a nadie y cómo no recordar, querida Giselle, la vez que mientras transmitía la tele el rescate de los 33 Héroes de Atacama una mano invisible tomaba una polera blanca de una pila de ropa para arrugarla y dejarla caer. Yo lo vi, ella lo vio y es un hecho innegable. También recordamos a nuestra niña Dana que vio un hombre en el baño y tantos otros terrores de cuando como buenos amigos compartimos el hogar haciendo familia sin sangre.

Siempre vistiendo un vestido rosado se dirigió a la mesa y quién sabe de dónde sacó unos chocolates para derretirlos dentro del microondas. Así, me dijo, se derriten más rápido porque a Baño María se gasta mucho gas. Tomó unos moldes con los que hacía las figuras con chocolate fundido el cual se ponía al refrigerador. En invierno será éxito de ventas. Lo sé.

Creo que nos sentamos al sillón a ver las aplicaciones de nuestros smartphones y a enviarnos música por Bluetooth, conversamos de su familia, de los amigos en común, los sobrinos y en algunos años estaremos con menos tiempo pero con más ganas hablando de los hijos, de la vida y el trabajo, recordando momentos como el de ayer en que Kela nos repetía insistentemente pero con mucha razón: vayan a buscar el té y el azúcar. Y fue mi culpa porque en el almuerzo pedí azúcar para las humitas que algunas familias acostumbran a consumir saladas. Todo estaba donde su mamá, una mujer que a los setenta años conservaba intacto sus capacidades y sentido del humor, hasta el punto de que años atrás se dedicase a asustar a sus hijos cuando salían del baño esperándolos detrás de la puerta con tenebrosas morisquetas. Y contando esas anécdotas y el pasar de la tarde nos olvidamos de ir a buscar el azúcar y el té para la hora de onces. Tenía razón de mujer madura cuando decía: "van a dar las ocho y no vamos a tener con qué comer."
Sebastián o Nacho como lo llamamos sus amigos estaba concentrado en el diseño e implementación de su compostera y cometí el error de fingir una entrevista grabada cuando tenía la posibilidad de hacerlo. El hombre se siente cómodo frente a las cámaras a pesar de que lo niega. Explica y comunica estructuradamente lo que desea transmitir. Deseo que todo su esfuerzo naturista llegue a buen puerto y que disfrute como lo hago yo cuando consumo los frutos de mis plantas y árboles. Es un hombre de buenos sentimientos que tiene una gata Romina y varios perros cómicos entre los que destacan el Trasher y la Antonia (todos muy miedosos por lo demás).

Cuando llegamos a la hora de tomar el té ya había llegado Humberto, padre de Sebastián, con el pan que compraba a la pasada, en algún lugar que deba haber por la vuelta a casa desde el trabajo. Fue todo muy ameno: yo hice la palta, Kela preparó atún con cebolla y tomates. Alguien calentó el agua en el hervidor y se cumplió la profecía: no había azúcar ni té.

Cuando se solucionó el asunto del no té y de la no azúcar llegó un primo de Sebastián cuyo estado de ánimo fluía entre lo compungido y lo relajado diciendo que la abuela estaba enojada porque pensaba que él andaba en los pasos del mal. Puede ser o puede no ser y mientras yo pensaba en esa vaga dicotomía la gente se fue parando de la mesa, era de noche. Me paré muy agradecido y nos sentamos a leer el correo electrónico y las redes sociales cuando decidí que era hora de volver. Me acompañaron a tomar la micro y al subirme terminó una bella jornada junto a una de mis mejores amigas en que la risa y la actuación son el factor común.

martes, 21 de febrero de 2012

Un amigo como James Wilson


Es oficial. Dentro de poco se cumplirán dos semanas de la crónica de nuestra muerte anunciada en que FOX comunicara por fin su decisión de poner fin a la serie que mataba el ocio de tantas y tantos a lo largo de 8 temporadas. Nuestras sospechas, housers, tomaron asidero en la realidad. El fin llegará el 21 de Mayo y no de Diciembre como dijeron los mayas. Y es en total medida injusto e irrespetuoso que no rindamos, cuando es debido, un homenaje a los personajes que nos inspiraron. 
Mi elegido es el doctor James Wilson, oncólogo del Princeton Plainsboro. A lo largo de la serie este ser de buenos sentimientos ha funcionado como el ángel hegeliano de la serie, en que se comporta como la voz de la conciencia de House y, no obstante, cede a las tentaciones e invitaciones de su amigo, no conoce de rencor al menos no en plazos muy largos, perdona, busca la armonía, lo vimos llorar a lágrima viva a su novia Amber, medió entre House y Cuddy, etc. En estos momentos de poca verborrea sólo puedo decir buenas palabras al describir la características de este personaje, uno de los más pulcros y de sentimientos transparentes, con menos toxicidad. Si leyó la entrada anterior debería sospechar que de ser guionista, de una forma u otra le hubiera juntado con la doctora Cameron: la pareja perfecta, ética, responsable, pero de escaso conflicto que es justamente lo que está evitando una serie que ha tropezado con el abismo de la baja audiencia. 
Me aventuraría a asegurar que la serie dará un fin típico según  ha sido la tendencia: fidelidad a base de balas a su mejor amigo, incluso cuando le destruya la vida o lo deje sin licencia de practicar la medicina. Podría osar a decir que Wilson formará parte de la escena final. Sea como sea siempre ha estado allí y no será la ocasión para que así no suceda. Recreo la escena en mi mente: House y Wilson saliendo del hospital luego de que el primero dijera Everybody lies y el otro asintiera. Suena clisé, pero no deja de ser un clásico para indicar cierres de etapas con los protagonistas saliendo de un lugar y la cámara con tomas desde atrás y en lo alto. 
Chase y Foreman han sido fieles pero no guardan en sus características la nobleza que envuelve las conductas de Wilson ni la sanidad de sus sentimientos. ¡Gran actor Robert Sean Leonard: gracias inmensas para ti! De algún modo u otro volveremos a la realidad se llore cuanto se llore. 








miércoles, 8 de febrero de 2012

La extrañamos doctora Cameron



Estaba en la cocina y ya pensaba ciertas formas de comenzar esta nueva entrada al blog Sol de Mediodía / Midday sun. Siempre que hago eso creo frases geniales, pero al sentarme a escribir descubro que las he olvidado. Al menos el título se me ocurrió en la mañana y se quedó en mi cabeza. Creo que iba a empezar con algo como... 
Al fin llegué a la octava temporada de House M.D. y nunca sentí tanto la ausencia de un personaje como el de la doctora Allison Cameron luego de su salida en la sexta temporada de la serie. Y lo digo pues siento que al ver los primeros capítulos de la temporada ocho en que no hallo por lado alguno a Taub, Chase, Hadley o a Cuddy el espacio que dejó Cameron aún no se puede llenar; hasta su ex marido anda de cama en cama sin encontrar alguien con quien complementar su existencia. De no ser por Foreman ya nadie pondría al nunca bien ponderado Gregory en su lugar, a pesar de que siempre se sale con las suyas. 
Sé que Cuddy no volverá, en la séptima temporada le tomé cariño a esta directora del hospital Princeton-Plainsboro reflejo del paradigma de la mujer libre del siglo XXI, no obstante, la salida de la serie de Lisa Edelstein fue tan anunciada como su irrevocable postura de no volver por más dinero. La audiencia se resignó de antes. No volvió y se la extraña; Foreman es algo débil como director (sólo he visto hasta Charity Case) y sigue siendo hasta el momento un discípulo de las maestrías houssianas. Todos y todas esperábamos que Cuddy saldara cuentas con House, que le diera un tiro en su pierna defectuosa o que lo llevase a juicio, pero son cosas en que la realidad pesó más que la ficción. Se fue y no volverá. En contraste, la salida de mi favorita doctora Cameron fue algo difusa, blurry, no hubo claridad de si sus apariciones sería en episodios específicos o si continuaba en la siguiente temporada. Ni la prensa hollywoodense sabía cuáles serían las jugadas de Fox hasta que en la séptima temporada ya no se vio más el nombre de Jennifer Morrison en los créditos. Era el fin de uno de los personajes que más enriquecían la serie según mi punto de vista, o más bien, era el personaje que entregaba lo que yo espero de una buena serie. Se iba la doctora que cuestionaba las decisiones técnicas y maquiavelianas de su jefe con argumentos morales, la que lloraba la muerte de sus pacientes, la que no presumió jamás de su calidad médica, la elegida por Cuddy para reemplazarla, casada-viuda-casada-divorciada, tan distinta de Hadley y Cuddy (para qué decir de Amber), la que perdonó al áspero Foreman luego de que le robara su artículo y lo trató de amigo a pesar de las malas respuestas del actual director de Princeton-Plainsboro, etcétera (ella sí era un largo etcétera).
No creo -es más, me niego- a que hubiese cumplido el fin de su ciclo en la serie. Yo, abiertamente, la extraño y aún espero que vuelva y que vuelva a dirigir el hospital (ni más ni menos). Si es que se cumple la profecía del fin de House M.D. espero un final con Cameron incluida. Incluso con la resurrección de Kutner y Amber.




Nota: de los hombres mi personaje favorito es Wilson. En otra ocasión escribiré de los aspectos de su bondad y amistad de hierro. A estos temas debería dedicarse la prensa farandulera de Chile, a éstos.

lunes, 6 de febrero de 2012

Los garbanzos de Nacho y Kela.



No tenía planeado ir a visitarlo. Me juntaría con Giselle en mi casa luego de que ella terminara de cuidar a unos niños consumidores del canal de Disney. Habían pasado meses de que no iba a verme. Un evento desagradable sucedió en mi casa y debí correr a avisarle que era mejor que no llegara, que nos juntaramos a conversar en otro lugar. Teníamos poco dinero para ir a comer a un local. Nada que hacer más que conversar hasta que nos diera un hambre real. Le dije: ¿Vamos donde el Nacho? Me respondió: espera, déjame llamarlo. Yo di unas vueltas en su bicicleta cuando de regreso me avisa que Nacho no contesta. "Vamos no más, no creo que se enoje, si ese hombre es bondad pura" me apresuré. Caminamos por Conchalí hasta llegar a la casa de Nacho que había preparado garbanzos a la hora de almuerzo cerca de las cinco de la tarde. Me ofreció los garbanzos más deliciosos que probé en mi vida. 
De vuelta a casa entré a Facebook y en mi estado le di las gracias. Miren si no está lleno de bondad este muchacho que me reveló la receta sin más ni más.
Paso uno: dejar remojando los garbanzos la noche anterior. En una olla se debe dejar un litro de agua hervida junto a los garbanzos y darles cocción de 20 minutos. En otra olla se debe cocer en un litro y medio de agua, zapallo a gusto más una taza y media de arroz. Indicador: el arroz cocido. En un (y no una) sartén se fríe una cebolla grande a pluma, medio pimenton rojo en forma cúbica y dos dientes de ajo. 
Paso dos: aunar todo en una misma olla y dar cocción por diez minutos sin dejar de revolver para evitar que la mezcla se adhiera a la superficie de su continente. Ponga sal a gusto (ojalá que le guste poco, la sal). Disfrute acompañando de ají color. 
Días atrás le pedí autorización para compartir la receta en el blog. Me dijo sí, aunque me aclaró que la receta era más bien de su mamá Kela. Me repetí la porción.

sábado, 21 de enero de 2012

Que no te vayas Enero


Que no se vaya Enero sin la rudeza de la noche
donde enciende la pasión de vientos y calores.
Quédate Enero unos días más a mi lado,
y no me niegues los brazos abiertos dando amores.

Que no se haga Febrero con el hambre de su aliento,
que no sea un mendigo reptante cuando te hagas treinta y uno.
No me hagas la guerra con tu sol inmenso buen Enero,
no sin llevar conmigo su escudo ni el beso oportuno.

Cien poemas y cien canciones entonaría si cedieras,
si antes del fin me abrieses el sentimiento obstuso.
El mes favorito mío si no fueras nunca treinta y uno.

domingo, 15 de enero de 2012

La Gabriela




Este poema lo oí en una serie de un canal chileno. El capítulo se llama La Gabriela en donde actúa Ximena Rivas protagonizando la vida de Gabriela Mistral. Personalmente me gustó el episodio en que se citaba ciertos poemas de la poeta; sin embargo, aparecieron otros que no sé si son de la autoría de Mistral porque busco sin encontrar. En todo caso son versos muy mistralianos y lo más probable es que sean de ella. [Totalmente recomendable] 
http://www.taringa.net/posts/tv-peliculas-series/3426090/Gabriela-Mistral---La-Gabriela-TVRip-TVN-_-Libros.html


"Como una enamorada estoy pensando
cómo será el momento en que yo caiga
con mi cuello sobre tu brazo.
Cómo te  miraré, cómo me mirarás
Amo, amo, amo.
Es decir, tengo hecha miel la sangre
Hechos música los suspiros.
Es la segunda vez que Dios pasa esa puerta;
La primera fue cuando nací
Y ahora que por amor vuelvo a ser nueva como un recién nacido."