Querido amigo:
Hace un mes las lágrimas y la confusión inundaron las vidas de quienes hoy te rendimos sentido homenaje. Desde ese momento hemos ido perfeccionando tu memoria, reconstruyéndola con los relatos de tu vida, tus planes, miedos y motivaciones.
En este mes, aún envuelto en el dolor de un adiós imposible, me sostengo en el recuerdo del alegre colega cuya presencia nunca pasó desapercibida por más que lo intentara; en tu disposición a mantener largas conversaciones, en la excelente voluntad para salir a terreno cuando se necesitaba, en tu manera de alegrarle la vida a la gente con una palabra o chiste, en la gentileza que siempre ofreció tu sonrisa. Fuiste un funcionario entrañable y único, jamás nadie podría igualar tu espíritu jovial ni la energía que emanaba de tus palabras, tu capacidad de hacer de lo cotidiano una fiesta, una carcajada, una fuente incombustible de amistad y buena onda; tan incombustible que me parecía que vivirías para siempre. No creo que haya errado tanto, ¿sabes?, porque te convertiste en un ser legendario y las leyendas nunca mueren básicamente porque nadie las ve despedirse ni perecer. Por eso, no te despido, sino te invito a seguir acompañándome en la alegría que me da honrarte y en el dolor de la nostalgia. Para mí, las estrellas del rock and roll viven eternamente.
Mi primer recuerdo es el del Marco Presidente del Club Deportivo de la Dirección Regional. Llegaste a Vallenar a conversar sobre la necesidad de que los colegas aportáramos dinero para la organización y realización de las Olimpiadas Regionales. Quién iba a pensar que tu directiva sería la última en organizar una Olimpiada en Copiapó.
Luego, viene a mi mente el colega con el que siempre se hacía agradable salir a fiscalizar, en las conversaciones se fueron dando las confianzas hasta que un día me regalaste una bolsa de té cuando te la pedí y luego yo te di una cuando te hizo falta; ahí supe que había nacido nuestra amistad, de lo simple y cotidiano, de lo inocente de encontrarnos en el pan con palta, de tus sagrados quince minutos de colación, de compartir en las movilizaciones, de contarnos chismes, de respetar y valorar nuestras
diferencias, sin juicios, sin prejuicios. Es que quién no podría hacerse tu amigo, qué fácil se hacía quererte, irrepetible Marco.
Poco a poco, dejaste de encajar con la rutina grisácea del trabajo, me contaste que renunciarías y emprenderías nuevos desafíos; ya no querías seguir en un lugar que no te hacía feliz y apagaba tu alegría. El 02 de mayo de 2022 no fui a trabajar y al mediodía recibí la llamada de un número desconocido: eras tú. “Diego, este es mi número, guárdalo y no se los des a nadie, hoy renuncié al Servicio pero seguimos en contacto” me dijiste. El 2023, después de un buen tanto de no saber de ti me llegó un mensaje de Whatsapp de un número extranjero, eras tú contándome que te habías ido a vivir a Sídney. Tampoco te despediste al salir de Chile, entonces, ¿por qué tengo que hacerlo yo ahora? Eso es prueba de que nuestra amistad no está marcada por el adiós y eso la hace eterna, capaz de sortear tiempo y espacio.
Marco, Flaco, Flaco de las Cavernas como escuché por ahí, Marc Antoni, compañero, colega, amigo y confidente, siempre quisiste pasar desapercibido, piola, pero nunca se te dio, a decir verdad; la notoriedad y la luz te han acompañado siempre y cómo no, si con tu nombre de cónsul romano, de cantantes y tus apellidos de personajes históricos estabas condenado a la visibilidad de una estrella del rock and roll. Pudo haber sido tu karma: querer siempre vivir como un hombre invisible y partir de este mundo con tanta consonancia y buena prensa. Y cómo no, haciéndote esperar.
Todas las llamadas, los paseos en bicicleta, los audios y los saludos se convierten ahora en una especie de código sagrado, en sueños, en pruebas de fe, en claves que cada uno sabrá interpretar, como, por ejemplo, que me encuentre con tu RUT en los sistemas del trabajo, en encontrarte en los personajes de mis lecturas, en esa rabia que me da escuchar la palabra Australia o canguro, en los domicilios que fiscalizamos juntos. En las casualidades más imposibles estará guardada tu presencia, tu voz, tu amor por la vida.
Gracias por ser mi amigo, por querer mantenerme presente en tu vida más allá de las fronteras y la distancia. Desde mi corazón te pido las disculpas que pude haber quedado debiendo y acepto las tuyas porque sé que nunca puede haber rencor entre dos amigos; ni en la vida, ni en la muerte. Me quedo, con el “Gracias al Señor”, con el
“¡Siguienteee!” con tu pasión taurina por la vida y las fiestas, con tu determinación, con la vida feliz que tuviste en Australia, con todo lo que iré recordando en el camino del duelo y con la bonita experiencia de haber coincidido en esta vida.
Anda, amigo Marc, ahora que ni las fronteras, ni el tiempo, ni el espacio existen en tu plano, a conocer todos los lugares que no alcanzaste en éste; el Sudeste asiático, Japón, Nueva Zelanda, Dubai, Hong Kong y más. Ya cruzaste la última de las fronteras, ya no hay nada que te pueda detener.
Hasta pronto.
Iglesia Catedral de Copiapó, 28 de diciembre de 2024.
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