Versos

"Yo no protesto pormigo porque soy muy poca cosa, reclamo porque a la fosa van las penas del mendigo. A Dios pongo por testigo de que no me deje mentir, no hace falta salir un metro fuera de la casa para ver lo que aquí nos pasa y el dolor que es el vivir." (Violeta Parra en Décimas, autobiografía en versos)

jueves, 1 de agosto de 2013

El auxiliar

Me pasé el día de ayer viajando, desde Copiapó a Vallenar, de Vallenar a Freirina, donde estuve por el día compartiendo con los Rojas Alarcón, hasta que a las once de la noche volví a Vallenar para viajar a Santiago. Ya no sé a donde es que regreso finalmente, cinco años viajando entre dos ciudades. En un principio me sentía como visita en Santiago, de paso solamente, pero luego de cinco años he echado alguna que otra raíz en esta jungla de cemento; es tan grande que en algún pedazo de tierra por allí hay chance de anclar la vida, aunque si no es así, no importa tanto porque me basta un día en Copiapó para olvidarme del mundanal ruido y volver a ser el mismo nortino de siempre. De todas maneras, tengo un presentimiento de que pasaré buena parte de mi vida fuera de Chile, algo me depara el destino en el extranjero. Nada concreto hasta ahora, sólo un presentimiento. 

Todos me dicen que por qué no junto un poco más de dinero y viajo en avión, es que son tantas horas de viaje Diego, no te hace bien Diego. Mas para mí, viajar en bus tiene un significado, un reencuentro conmigo mismo, el fin de un semestre, el comienzo de otro, la luna, el paisaje, las ciudades que no son Santiago, sus terminales, el mar, la poesía y los auxiliares. Sí señores, sí señoras, porque si en el avión se trabaja con azafatas, los populares tenemos auxiliares, asistentes, jóvenes que se ganan la vida encima del bus, que terminan aprendiendo cada kilómetro de viaje y aunque a veces los odiemos un poco porque no nos ofrecen almohadas o frazadas de polar o nos nieguen excedernos en el peso de equipaje, hay otros que son... son... ¿cómo decirlo para que no suene como uno más de mis calores de lacho castizo? son tan considerados. Buen perfume, buen carácter, preocupados y se despiden de uno con un "que le vaya bien", me tratan de usted, de cuál es su RUT, su nombre, su número de teléfono de emergencia. El del primer tramo fue el más frío que no vale la pena más que mencionar su buena disposición de pedirme el pasaje y una despedida con gracia. 

Ignacio, mi amigo, no pudo ir a recogerme al terminal de buses vallenarino así que debí tomar un bus intercomunal para llegar a su casa. Reverberante sol aunque no daba para subir la temperatura... '¿va a Freirina? ¿y tiene vuelto de diez mil pesos? sí, suba no más, cuando se baje me paga. Aló Ignacio, estoy arriba del bus, sal a buscarme, es un bus azul, aguarda, ¿qué marca es este bus estimado chofer? Dice que Mitsubishi. Estimado chofer, disculpe que lo moleste tanto, pero me refería a la línea del bus... Expresso Norte ...perdón, Expresso Atacama, es que me puse nervioso. Pero no se preocupe, si a todos nos pasa, me bajo en Roberto Callejas por favor ...ahí lo dejaré. Flotaba en el aire una sensación de embeleco, unos átomos de oxígeno que nos acariciaban y bueno, en un momento me tuve que bajar y asesinar nuestro encuentro furtivo. No gano en describirlo porque no lo recuerdo bien, pero me subí más que a gusto al bus. Cuando pensé con lástima que nunca más nos veríamos se abrió la puerta del bus que estaba de su lado y él se bajó -yo creo que a lucirse conmigo- para retar a un impúber por no haber pagado el pasaje, alzó su voz y relató un discurso de justicia frente a ese niño que se reía impune. El único recuerdo que tengo de él es ése, de pie y con mucho que mostrar. Ahora sí, yo cruzaba la calle para no verlo nunca más. 

Pasó el día y me dieron las once de la noche en el reloj, ya estaba de vuelta en Vallenar para embarcarme a Santiago. Ignacio me llevó en el auto de su padre junto al honorable Papo. ¡Ay los auxiliares de buses!, deberían tener un himno, una oda por lo menos de reconocido poeta (no de Redolés por favor, qué artista tan malo). Este es el más bello de los tres que incluso lo memoricé, su cara respondía más a un Javier, pero su conducta y gentileza se acercaban más a un Sebastián o Jorge. Cuando subí mi equipaje y me preguntó dónde iba, supe que sería un buen viaje. ¿Su asiento es el 16? Pero está sentado en el 17. Me cambio de inmediato, discúlpame, ¿qué tonto, no? Para nada, no se preocupe hasta que lleguemos a La Serena no hay problemas, ¿cuál es su nombre? ¿y su RUT? ¿su teléfono de emergencia? ¿Terminal San Borja? Sí. Me sonrió, le sonreí. Cuando repartió las frazadas de polar ocurrió otro gesto... a todos les preguntó si querían usar la manta, a mí no... la abrió y diciendo permiso me cubrió para que no pasara frío atravesando el desierto. Quedé impregnado de magia y candor, todo el cansancio que sentía se esfumó como si nada y esperé a cada momento a que el auxiliar pasara a atender a alguien, a cerrar las cortinas o a manipular el DVD para mirar su porte, su traste, su aura inmensa. Estoy sonrojado. Me dormí finalmente hasta que un veterano se sentó a mi lado en Coquimbo y él volvió a mi lado para hacerle el cuestionario de rutina, me desesperaba la paz que sentía cuando lo miraba y él se daba cuenta de mi desesperación. No me importó. Volví a dormir hasta que a las siete de la mañana me despertara para ofrecerme desayuno. ¿Por qué tenía que terminar el viaje justo ahora y justo este viaje? Me devolvió la mochila y en mi agradecimiento y despedida dejé verle mi hondo pesar. De todas maneras sirvió, me dio confianza, me sentí dueño del mundo un momento y terminó por alimentar mi apocado ego. En la tarde me sentí seguro, orgulloso y capaz, quizás no atractivo pero pleno para cuando llegara el momento del reencuentro, quiero decir, del desencuentro en aquella reunión de mi vida santiaguina.

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