Versos

"Yo no protesto pormigo porque soy muy poca cosa, reclamo porque a la fosa van las penas del mendigo. A Dios pongo por testigo de que no me deje mentir, no hace falta salir un metro fuera de la casa para ver lo que aquí nos pasa y el dolor que es el vivir." (Violeta Parra en Décimas, autobiografía en versos)

lunes, 24 de septiembre de 2012

Caminando en línea recta

Camino en línea recta, no doblo por lugares que no corresponde. Desconfío del concepto de la diagonal y de las calles con curvas. Para ir a la escuela me bajaba en una esquina de la micro -nunca a mitad de cuadra- y a lo más cruzaba la calle con roja si no venían vehículos muy cerca. No conté nunca los pasos, pero sí el tiempo en que me demoraba en llegar al colegio a través de calle Yerbas Buenas, desde Rodríguez hasta Chañarcillo. Diez minutos máximos con paso provinciano, veloz para mí cuatro años atrás. Me guiaba por los cerros... llegando al cerro Capi estaba cerca de casa, llegando al cerro La Cruz me aproximaba a la entrada/salida norte de Copiapó.

Las calles en formato damero, veredas estrechas, arriba el sol y por abajo la luz reverberante si es que no había neblina. El escenario era agradable en los otoños e inviernos, pero en primavera y verano parecía que uno fuera a caerse al suelo del calor, en las micros la temperatura acosaba y los abrigos o chalecos terminaban por acabar con la gentileza de los ciudadanos. Así me pasaba a mí, no era fácil lidiar con el polvo, el sol y la vida de desierto. Pero hoy extraño todo eso... nunca dimensioné todo lo peor que era el smog del aire santiaguino, sus fríos dolorosos y mis consiguientes dolores de pecho, las manos frías y los huesos de los pies más parecidos a fierros recién salidos de un congelador. Para qué hablar de las calles y de cuando tuve que ir a hacer trámites universitarios a Diagonal Paraguay, en que si no me perdí fue por mero sentido de supervivencia. Esa la superé porque me la aprendí de memoria, mas cuando tuve que ir a vivir a Recoleta y me encontré con la Diagonal José María Caro, literalmente perdí el norte. Tomaba la micro y me bajaba con todos en el Metro. El Metro, pese a ser un concepto radicalmente nuevo, fue lo que más se asemejó a las calles en línea recta, todo muy claro e imposible perderse. No, jamás hice parar a los trenes: fue lo primero que me advirtieron. Pero mi aire de copiapino debió verse en cuando miraba los últimos pisos de los edificios, hasta hoy lo hago porque se me hace inevitable, mi paso cada vez es más lento. Pero ya no me importa, hasta los santiguinos no saben cómo usar el Metro ni hacia dónde deben caminar aún si tienen puntos de referencia evidentes como el Cerro San Cristóbal o el Renca. 

Caminaba en línea recta, es verdad. Anduve en micro desde pequeño y hasta hoy lo hago cuando voy a Copiapó o bien ando en bicicleta. Me sé los nombres de las calles, el de las tiendas, y todos los recorridos del transporte público. Acá hago lo mismo, mis caminos son siempre iguales, doblo cuando corresponde y odio los atajos. Y así hago todo en la vida, tomo decisiones cuando estoy seguro de haber pisado donde corresponde, cuando no siempre me siento inseguro. Se debe doblar sólo cuando el final de camino es visible y pues bien, ahora sé que he sido descubierto o al menos lo sospecho con evidencias de sobra; Matías ha dado con mis escritos. ¿Cómo lo descubrí? Caminando en línea recta, mirando hacia los lados y sus respectivas señales, hace poco vi la meta al final del camino. Creo que es tiempo de virar hacia Matías. 

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