Me paso momentos sin tiempo detenido en la
belleza que imprimes a tus fotos, todas ellas colgadas en los lugares menos
adecuados para evocar en poesía, el Internet, las redes sociales, los perfiles,
conceptos tan superficiales y frívolos que no logran encajar del todo en
pantallas y no en un cuadro, en celulares y no en el álbum de fotos familiar,
el frío azul de tus ojos y el fresco aliento que escapa a tu sonrisa.
Aunque parezca sereno, me inquieta pensar y
convencerme que detrás de la estampa alegre pero inorgánica que rodea tus
postales, se alojan miles de dejos de nostalgia, de esa necesidad de estar
pisando la tierra que es de uno, de esa certeza de saber que cuando vuelvas a
casa estarán los tuyos comiendo, viendo televisión, limpiando el patio,
cocinando, durmiendo la siesta o bajando las bolsas del supermercado mientras
las mascotas se divierten con el lápiz que alguien botó o se alborotan para
recibirte y llenarte de lamidos.
Yo no quiero que vuelvas, quiero que crezcas
ganándole al miedo de hacer de tus sueños un hecho, un proyecto en ejecución. Y
no quiero que vuelvas porque de hacerlo dejaría de drogarme en la ilusión de un
amor posible, es que sabes, la distancia evita el peso de la realidad, el sonar
cansino de las pisadas, las voces que prefieren disfrazarse de sí cuando son un
no, un abrazo mal dado o recibido con una desproporción que hiera. Que vuelvas,
no podría sino matarme el deseo infundado de ver contigo la teleserie, de tomar
el té en una sagrada rutina, pensar en hijos, familia de extensas generaciones
que prueben al mundo lo grandioso de nuestro amor y poder.
Quédate allá y vuelve a la vez, aunque sea en
una ilusión real y breve como el aleteo de un picaflor feliz, aunque fuera a
través del calor del viento o del canto de la tierra cuando tiembla, sea como
sea, que pueda sentirlo, que pueda vivirlo y convencerme para luego rebatirlo
porque es imposible, dicen, que un hombre como yo acceda a otro como tú aunque
fuera en el sueño de una hormiga o aunque fuera la idea de una abeja.