Versos

"Yo no protesto pormigo porque soy muy poca cosa, reclamo porque a la fosa van las penas del mendigo. A Dios pongo por testigo de que no me deje mentir, no hace falta salir un metro fuera de la casa para ver lo que aquí nos pasa y el dolor que es el vivir." (Violeta Parra en Décimas, autobiografía en versos)

viernes, 1 de febrero de 2013

Agua para las diucas

No dejo que el aburrimiento se apodere tan rápido de mí. Me gusta hacer cosas, actividades con los demás, relacionarme con el medioambiente y días atrás, antes de que sucumbiera al tedio del verano y sus altas temperaturas en Copiapó acudí a poner manos a la obra y a la tierra.

Esperé que bajara la temperatura a eso de las seis de la tarde cuando comienza el viento a volar y a jugar con las ramas de los árboles. Corté una tabla y la dejé aproximadamente de unos diez por treinta centímetros. Luego le hice algunos orificios para atravesar un alambre y dejarla firme encima de la reja. En aquella superficie pretendía dejar un poto de botella con agua y unas migas de pan para que bebieran y se alimentaran las diucas que vienen madrugada a madrugada a despertarnos con sus melódicos cantos. Cuando ya estaba todo el aparataje dispuesto, me di cuenta de que en mi casa no tenía botellas desechables para cortar -sería un despropósito ecológico usar las retornables- y fui al cerro a buscar algunas, tristemente porque muchas personas sin consciencia de la necesidad de habitar en un medioambiente protegido y protector, suelen botar las botellas vacías a la calle, al cerro, en donde se les acabe el bebestible, pésimo pues. Como soy estudiante de Administración Pública y la eficiencia es un concepto más que integrado a mi quehacer -ya casi un valor- quise "matar" varios pájaros de un tiro y cogiendo un balde me fui al cerro vecino para recoger de sus suelos alrededor de 10 botellas y otras 15 aplastadas e inutilizables para tirarlas a la basura. Llegando a casa las lavé porque quién sabe qué cosas tenían dentro o por qué bocas pasaron... una vez limpias, corté el poto de una, la llené con agua y las puse en lo alto para que las diucas tuvieran menos sed. 

Quedaban nueve botellas y hasta ese momento no se me ocurrió más que llenarlas de tierra para plantar alguna semilla de fácil acceso, y como las energías me embargaban en ese momento, hice lo primero que se me vino a la mente y partí con un vetusto carro de feria a buscar rocas de grandes tamaños al mismo cerro -se las pedí prestadas- para que cuando se me pasara el dolor de riñones, las acomodara encima de la plataforma que cubre el sector del alcantarillado cuya utilidad ocurrió diez años atrás y consistía en evitar que mi hermana entonces de dos años se tropezara y se fuera de bruces contra la tapa de cemento de la alcantarilla. Pero hasta hace una semana, esa plataforma no tenía otro uso más que el de la costumbre y le di un uso, le agregué valor porque acomodé piedra por piedra para darle forma de hipotenusa y hacer que el agua cayera desde arriba cuando regara las mismas botellas con tierra de semillas de fácil acceso. En los huecos que se formaron entre roca y roca fui dejando algunos cactus que había traído a casa anteriormente y para agregar belleza al mini paisaje aproveché de llevar la chefleras de mi mamá a escena, sus piedras de fantasía -las que me cedió sin problemas- y un recipiente de vidrio que le saqué imprudentemente para llenarlo con agua y en la superficie prender pequeñas velas en las noches. Cuando prendí las velas en la noche un vecino no esperó en hacerme llegar el comentario de que sólo faltaba la Virgen María y un crucifijo. Por lo menos no pasó desapercibida mi creación. 

No sé bien cuando, pero ocurrió esta semana, fui al cerro a ver si encontraba una botella de cinco litros para  darle agua al Felipe Camiroaga -el perro del barrio, aclaro- y felizmente no encontré, pero sí se pusieron en mi camino unas matas de aloe vera tiradas, aún con vida y posibles de replantarse. Qué me dijeron a mí que cuando solucioné el tema del agua de Felipe, corrí a buscar las plantitas para dejarlas en la tierra que hay entre la vereda y la solera fuera de mi casa, ahora están creciendo o hacen el intento de sobrevivir. Todas las seis de la tarde me dejo caer en el antejardín para regar, sacar los papeles de embeleco que la gente sin corazón tira al suelo, darle agua a Felipe y dejar un trozo de pan y agua a las diuquitas que vienen todos los días a coquetear y seducir a la canarita de los vecinos. 

1 comentario:

  1. I do not know how to use Wordpress nor Blogengine, because I have alwhays used Blogger and I recomend it at all. I guess you just must copy and paste all of your post from your old blog to your new one at the post cretaor.

    Have a nice Monday!

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