Versos

"Yo no protesto pormigo porque soy muy poca cosa, reclamo porque a la fosa van las penas del mendigo. A Dios pongo por testigo de que no me deje mentir, no hace falta salir un metro fuera de la casa para ver lo que aquí nos pasa y el dolor que es el vivir." (Violeta Parra en Décimas, autobiografía en versos)

miércoles, 12 de junio de 2013

Bienaventurado yo

Tiene que haber sido el día en que me caí en la plaza de Copiapó por haber ido a donar dinero a la Teletón el año 2008, cuarto medio. En la noche me fui a dormir a la casa de Rosario y no sé cómo Óscar (entonces Darío) obtuvo mi número de celular. Yo estaba aburrido y apenas recibí el llamado de la voz de un colombiano invitándome a salir a las tantas de la noche corrí como sólo yo pude haberlo hecho en esos instantes, un adolescente buscando nuevas experiencias. 

Dentro del jeep estaba Sebastián como copiloto y de piloto iba Óscar, ingeniero en algo, excelente partido pero me adelantaba en una década casi, colombiano. Regalo para mi alma. Trato de describir e inmortalizar aquel bello evento de manera exacta, pero fue hace más de cinco años... daré, pues, algunas regalías a mi imaginación. Me preguntaron de mi vida y como es indicado en esas ocasiones, nunca debemos dar mucha información: la probabilidad de que tus amigos del chat sean asesinos o neonazis encubiertos nunca es cero. Terminamos los tres en unas dunas en que había una fiesta (típico de la zona) cerca de Viñita Azul pero nos quisimos aburrir rápido y partir... entre todos nos reconocimos y en un verdadero código de caballeros nos presentamos como si nunca nos hubiéramos visto... yo en ese tiempo tenía un Nokia 2600 y la batería duraba días. Cerca de donde alguna vez pasó el río, Sebastián se bajó a orinar y quedamos con Óscar como presos de la oscuridad y yo preso además de su acento, "obvio que lo pasé bien, más ahora que conozco a un chico tan guapo". Corría un mar dentro mío y yo quería salir corriendo, pero me contuve... a esas horas era más probable que me mataran en el camino a pie de vuelta a casa a que me mataran mis nuevos amigos en un arranque de locura. Ya estaba todo listo y decidido: Sebastián se haría el enfermo y habría que ir a dejarlo a su casa y así, al bajarse, Óscar me preguntaría si yo prefería ir a mi casa o a tomarnos algo a la suya. 

Era que no. Entro a su casa, me ofrece un jugo, el viejo truco del jugo, mientras me acomodaba en el sillón y en la tele hablaba don Francisco y seguramente mi examor platónico, Felipe Humberto Camiroaga, me voy dando cuenta de la clave, de la institución informal: los caballos. Su acento colombiano de a poco me fue presentando la casa de El Palomar. Volvió dentro de poco a Colombia para las fiestas de fin de año. 

Unos días después de aquella primera aventura, pasó algo que cambió mi vida: di la PSU. Terminé en Santiago y llevo ya casi cinco años. Pero no me adelantaré tanto. Luego del Año Nuevo, como es habitual me trasladé a Puerto Viejo, una playa sin mucha conectividad hasta ese momento por casi dos meses hasta que debí preparar el viaje y volver a Copiapó cerca de dos semanas antes de emprender rumbo. Raya para la suma: nos vimos nuevamente y el mismo jeep pasó por mí en calle Chacabuco para volver a ver los mismos caballos bajo la guía infalible de un acento colombiano recargado. Para romper el hielo me dijo su verdadero nombre con un: prefiero que me llames Óscar, Darío se me ocurrió en el camino. Antes o después de no recuerdo qué, le comuniqué que me vendría a vivir a Santiago y a estudiar lo que no le pareció mucho "¿sabes? te quería proponer pololeo, pero ahora que me dices esto no veo que tenga mucho sentido". Mi acento copiapino y mi voz gangosa se tupieron, pero mis manos supieron responder y salir del paso con impensada ciencia. Era imposible pero no por ello dejaríamos de soñar y luego cantamos y reímos y jugamos. Nunca más lo vi tan de cerca.

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