Versos

"Yo no protesto pormigo porque soy muy poca cosa, reclamo porque a la fosa van las penas del mendigo. A Dios pongo por testigo de que no me deje mentir, no hace falta salir un metro fuera de la casa para ver lo que aquí nos pasa y el dolor que es el vivir." (Violeta Parra en Décimas, autobiografía en versos)

lunes, 6 de octubre de 2014

La casa de mis tías

Siento pena por los niños y niñas que son hijos únicos por una razón muy simple y obvia: sus hijos no tendrán tíos, tías, primos y primas. Realmente una lástima, no concibo la vida sin ellos. Es que a veces necesitamos a alguien más que a la mamá y papá, algún primo que sea cómplice porque tu hermano se ha vuelto muy acusete para ganarse algún permiso o a veces necesitamos a algún tío o tía que pueda darnos aquello que a los papás no les parece porque hacerlo significa restar disciplina a la crianza. 

Por ejemplo, mis tíos en los asados familiares siempre me compraban helados y papalotes o me regalaban dinero para que me lo gastara en lo que quisiera (adivinen, podía estar treinta minutos haciendo esperar a los dueños de un negocio para finalmente comprar una papa frita. Hoy no es muy distinto). En fin, en los tíos encontramos siempre el espacio de flexibilidad que no existe en la relación altamente jerárquica y rígida entre papá/mamá e hijos. Los tíos y tías regalonean a sus sobrinos, y cuando quieren vengarse de sus hermanos, nos cuentan acerca de los hechos que avergonzaron a nuestras madres y padres en sus infancias ¿y por qué te reta tanto porque te sacaste un rojo si él/ella era porro y se quedó repitiendo como tres veces? Dile eso cuando te rete.

Me cuesta dejar de decir "la casa de mi abuelo" y comenzar a llamarla "la casa de mi tía Nidia, la casa de mi tía Cristina"; años de costumbre. Es una casa humilde, grande y por la que han pasado a mi parecer y pobre cálculo, cerca de cien almas contando desde el día en que mi bisabuela y bisabuelo compraron la casa de Pedro León Gallo y la convirtieron en un negocio de carbón. Es una casa esquina de adobe con una mezcla de paja y barro en su fachada, una entrada lóbrega suena fuerte cuando ponemos un pie en el piso de tablas, uno adivina cuando vienen a abrir la puerta y con un poco más de costumbre adivinamos quién se paró a abrir la puerta en caso de conocer la cadencia de sus caminadas. Tiene un sólo piso a simple vista, pero en realidad esta casa tiene dos pisos y es la única que conozco en que entramos al segundo piso y no al primero: el resultado de vivir en una ciudad construida en cerros. La casa de mis tías tiene un patio grande que se distingue por sus pajareras y el canto de los inseparables, por el taller de soldadura de mi abuelo, por los gallineros de mi tía Cristina. La sala o living si se le quiere llamar es muy linda, elegante pero a mí me da un miedo inmenso, creé un trauma porque ahí ha habido dos velorios y a mí la muerte me causa trauma, todo un tema. No la entiendo, ¿para qué morir, para qué?

Mi tía Cristina y Nidia son hermanas mayores de mi padre, son un ejemplo de hermanas, se acompañan, se apoyan, se quieren y se respetan tanto que se tratan de usted. La mayoría de las veces van juntas a todos lados, como cuando van a visitar a mi tía Sylvia que en realidad es tía de ellas, de mí es tía abuela. Ellas son la casa, con sus tazas de té y sus adorables manías (antes no encontraba razón lógica de mi carácter maniático hasta que las fui conociendo un poco más), sus dichos y sentido simple y bello de la vida. A mi abuelo Lalo le gustaba criar inseparables y les tenía unas jaulas bellas en el patio, ahora que él ya no está se puede decir que además de una numerosa familia dejó un  tierno legado, sus dos hijas, perfecta metáfora de los inseparables de mi abuelo. 

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