Versos

"Yo no protesto pormigo porque soy muy poca cosa, reclamo porque a la fosa van las penas del mendigo. A Dios pongo por testigo de que no me deje mentir, no hace falta salir un metro fuera de la casa para ver lo que aquí nos pasa y el dolor que es el vivir." (Violeta Parra en Décimas, autobiografía en versos)

sábado, 3 de mayo de 2014

El envoltorio de chicle

Querido, no; “querido” no porque yo te amo como se ama al amor platónico que en realidad no es amor platónico sino aquel amor imposible que eres tú y que sólo para adueñarme de un discurso menos perdedor denomino platónico. Da lo mismo, yo te amo porfiadamente y eso es lo que importa. Necesito comentarte que yo siento que el estómago y cada tripa  se me retuercen como ostiones al tacto cruel del limón cuando escribo tu nombre en mi buscador de Facebook porque temo que al ver tu foto de perfil estés como esos hombres a los que su novia obliga a colocar una imagen con ella y agradezco tanto que ese momento aún no llegue porque me quedaría como sin corazón.

Hace meses –y no exagero– que no he entrado a visitar tu muro, pues bien temo enamorarme más. Tu nombre está en la lista de “ocultar publicaciones” y así he sobrevivido a la imposibilidad. Recuerda que antes a eso cerré mi cuenta, pero apenas volví me enrrostraron tus paseos por el mundo, tus fiestas en discotecas exclusivas, tus partidos de fútbol. En los minutos que de pronto tengo libres comienzo a elucubrar qué será de ti, tu familia, tendrás sobrinos, cuántos campeonatos ganaste o perdiste en la última liga o bien, escudriño en mi memoria respecto de la última vez que soñé contigo. Me parece que de un día a otro comencé a extrañarte, cuando la posibilidad de conquistar a otro se me cayó por completo recordé tu imagen, esa imagen burlona que se parece a La media vuelta que tan bien canta Luis Miguel.

En las veces que voy en las calles y escuchando radio con mis audífonos siento que alguien grita, mi fuero interno se remece y solicita que seas tú quien me encuentra en la calle para correr a darte la mano, a abrazarte para preguntarte cómo estás y que tanto tiempo huevón y de a poco recriminarte este silencio bruto e impío, cómo se te ocurre no contestar mis correos, qué te he hecho o crees que soy de fierro para no saber de ti en meses y sobrevivirlos. No nací mujer, nací hombre y en eso no hay culpa, mucho menos la hay en quererte y sé que no debo ser el único, pero seguramente soy el que tiene más valentía, menos dignidad. Te vas porque yo quiero que te vayas, a la hora que yo quiera te detengo… Quererte es un apostolado, un medio y fin en sí mismo.

En las veces que voy en las calles mirando el suelo guardo la esperanza de que a mi espalda la sorprenda tu dedo índice reclamando mi atención, hola Diego, cómo estás, qué estás haciendo, dónde estás haciendo tu práctica; pero en las veces que voy en la calle cabizbajo mirando el suelo para que nadie descubra en mis ojos el amor que yo guardo, te recuerdo igual, cuando descubro en cada pedazo de vereda los envoltorios de Bigtime regados por la capital y evoco la jornada en que te pedí por favor que me regalaras un chicle porque había olvidado el cepillo de dientes en casa, sí dijiste, toma y me lo diste como un acto olvidable, sin gracia ni sentido, como darle cualquier huevada a cualquier huevón, pero uno de mis sentidos se anticipó a esta ausencia de ti y me hizo conservar en mi estuche el envoltorio de aquel masticable como recuerdo de aquel momento generoso. Aún no llega la hora en que bote a la basura ese papel lleno de ti. No tengo cómo escapar.

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