Versos

"Yo no protesto pormigo porque soy muy poca cosa, reclamo porque a la fosa van las penas del mendigo. A Dios pongo por testigo de que no me deje mentir, no hace falta salir un metro fuera de la casa para ver lo que aquí nos pasa y el dolor que es el vivir." (Violeta Parra en Décimas, autobiografía en versos)

viernes, 12 de septiembre de 2008

Desde el Cielo te sigo


Desde el Cielo te sigo


Todavía no ocurría lo más desesperante, cuando no pensaba en mi incierto porvenir, tan aventurado, oscuro e inolvidable futuro.
Es que no sucedía ni siquiera la mitad del siglo diecinueve cuando yo, Aristóteles Ikar, joven griego en los veinte años, huérfano y sumamente pobre, mendigando en la legendaria Atenas conocí qué era sentir; entonces llegaba mi zozobra en una carreta desde Italia.
Su nombre era Amadea Cattizzio…
Ansioso y demente de ver su singular cuerpo, vi a su padre, don Cistino Cattizzio, amo y señor del monopolio textil griego, gritaba feliz.
¡Oh! Amadea, hija querida, no sabes lo contento que estoy al verte otra vez.
Y entre esas palabras que le afloran de la boca a un padre, la abrazó dándome la espalda. Una mirada cristalina y penetrante me descubrió. Nada nos dijimos, pero todo en aquel caluroso ambiente de la mítica Atenas.
Ocurrían las horas cuando al ocaso la vi en la puerta de mi casa con un sirviente que se acercó disimuladamente y me dijo: mi ama desea conocerte, por lo que le ha pedido a su padre un chofer. Si quiere el trabajo, don Cistino te espera a los primeros rayos del sol.
-¡Acepto! Me llamo Aristóteles ¿Y usted? -le preguntó a él.
-Solón. –le contestó a secas.

¡Sí, sí, soy feliz! La alegría existe y yo mismo lo he comprobado. Hace dos días fui a casa de los
Cattizzio, por el trabajo de chofer y luego de una larga conversación con don Cistino, me gané el
trabajo. Comencé desde entonces.

Hasta el fin del mundo, fueron sus primeros vocablos. Y sí, la llevé al final de La Tierra.
Conociendo el amor, nos conocimos. Pero… quién pudo imaginar que dos ojos llenos de irascibilidad y
celos nos seguían. Me eran conocidos, era ese tal Solón.

Dios, sé el único que se atreva a juzgarme por lo que hice…

Lo seguí enfurecido, pero ya era tarde. Don Cistino desde el principio sospechó nuestras
intenciones y el fin del mundo fue solo el catalizador que desató lo inexorable. Nos pusimos de acuerdo
en defender lo que habíamos hecho hace pocos instante, nuestra relación incipiente; ella mataría a
Solón y yo a su padre, más ella no sabía este último punto del trato, ni yo, fue sólo defensa.
Obviamente no dejaría que el avaro de su padre me aniquilara a su antojo.

Cuando vio al viejo desangrarse por la estocada que le di en el corazón y a Solón muerto por
ella previamente, sus inocentes pensamientos no lo podían aceptar y al yo dar media vuelta, me mató.

Por eso ahora estoy frente a Dios rogándole que me comprenda y entienda los asuntos del amor
y corazón, de las pasiones humanas, de los celos y otras cosas que Él no podría captar ni medir por las
magnitudes de su tamaño. Desde ahí, que vivo en el Reino De Los Cielos, gozo esta vida eterna y
sobretodo, sigo sus pasos.

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