Versos

"Yo no protesto pormigo porque soy muy poca cosa, reclamo porque a la fosa van las penas del mendigo. A Dios pongo por testigo de que no me deje mentir, no hace falta salir un metro fuera de la casa para ver lo que aquí nos pasa y el dolor que es el vivir." (Violeta Parra en Décimas, autobiografía en versos)

domingo, 27 de marzo de 2011

Nahuel


II
            Me llamo Nahuel, tengo veinte años y no sé bien cómo describirme. Al menos puedo decir que soy alto, de contextura normal, velludo, llevo bigotes, mis ojos son verdes, la nariz es recta y aguda, de color moreno que a la mínima pizca de luz se tuesta, mi pelo está entre el negro y el castaño oscuro, los pómulos se pronuncian medio centímetro más del promedio de la población, mis cejas se alinean en una recta que sube a la mitad  quiebra repentinamente para bajar al ceño, mis labios son casi pálidos casi rojos, tengo mis dientes completos, tengo un torso ancho y bien trabajado, mis glúteos son algo elevados y no me acomplejan como al muchos hombres, mis piernas son de músculos pronunciados y arqueadas. Me gusta usar lentes de sol, vestir ropas holgadas, con un estilo andino, y que nada sea muy rígido porque en un lugar como en el que vivo, sentir la ausencia de una brisa mínima de viento idiotiza. Soy universitario y ocupo en los veranos el tiempo para leer lo que en el año académico no puedo, más que todo cuentos, novelas, historias de terror, misterio, amores viejos y de tiempos coloniales. Mi medio de transporte favorito es mi bicicleta, fiel bípedo que aún no caduca. No creo en Dios. Y soy políticamente ateo. Sin embargo no me conozco completamente y la única característica que con paradoja puedo asegurar es mi timidez e inseguridad. Como no sé eso que otros hacen tan bien tomaré las palabras de quienes me conocen. Mi madre opina soy indeciso e inseguro desde que nací, pues, como siempre lo relata me demoré hasta el último día de la última semana en producir las contracciones. En el momento del parto, sólo cuando el doctor mencionó la palabra fórceps me aventuré a salir del útero de mi madre. Mi padre, en cambio, para describir mi característica ejemplifica con que no sé lo que quiero pues un hombre que ha dejado pasar tantas mujeres a mi edad no puede ser más que un inseguro, sin cojones o que sin más pensar, no gusta de las mujeres. Él es médico cirujano, se llama Gonzalo Zaijiain y me trajo a la vida cuando caminaba en los treinta y tres años.

            Como cuenta la abuela Edecia, cuando vivían en el campo y el abuelo Juvenal aún estaba con vida llegó una época en que todo se les hizo más difícil. Los negocios que hacían con los feriantes iban de mal en peor, todas las mañanas acudían a la capilla del templo a pedir por algo de prosperidad, aunque fuera un poquito. Pero nada. Cuenta ella que la mala racha llegó de pleno después que vieran la sombra de una mujer desnuda, menuda y con cola proyectándose sobre la cortina en el momento en que se alistaban para procrear. Esa noche, con el miedo, llegó el frío y se les hicieron témpano las pasiones. Durmieron con la presencia de la mujer perversa en los sueños y las onomatopeyas lloriquientas de los animales en el ambiente se les entraron a los sueños. Al día venidero la mitad del ganado fue robado, las flores del jardín se marchitaron y las verduras en cosecha salían amargas y agusanadas.
           
            Inicialmente mis tíos eran tres y con mi mamá hacían cuatro hermanos. El mayor se llamaba Nicolás y en el tiempo de la mala suerte contaba ocho años a su espalda. Era un niño gracioso y hábil en la aritmética a pesar de que no acudía a la escuela como tampoco lo hizo su padre, su madre, sus abuelos ni tatarabuelos. La única escuela que tuvo esta estirpe fue la vida con sus crueldades, sus curiosas maravillas y los desencantos de la naturaleza. Como los animales, hicieron de la supervivencia un lema y sumado a las distintas habilidades de cada integrante del clan pudieron con la pobreza y con los vicios del hacinamiento.  Nicolás era un pequeño robusto y de ojos almendrados, escéptico y todo lo que le contaban lo comprobaba; fue así como a su escasa edad se hizo ateo sin saberlo porque que le dijeran que Dios lo estaba mirando no le constaba y entonces no le temía. Decía ante la mirada despreocupada de sus padres que en la vida todo pasaba por algo y la lluvia, el calor, el viento, las aves de temporadas hacían presencia con cierta periodicidad y no significaba el enojo, tristeza o alegría de ningún Dios y de nada que no pudiera verse, tocarse o al menos olerse. La habilidad lógica del pequeño ayudó al padre a llevar una contabilidad básica de los animales y frutos y a calcular con poco error cuándo pondría la gallina, pariría la vaca, cuántos huevos pondría la pata según su edad o cuántas gallinas necesitaba un gallo para apaciguar sus pasiones. También calculaba con éxito las temporadas para plantar tal o cual hortaliza. Rápidamente ayudó a los padres en los negocios y advirtió que el margen de utilidad que se adquiría por las ventas era muy poco y que cambiar un ternero por una docena de gallinas carecía de sensatez alguna.
            Garcilaso era el segundo hijo de la abuela Edecia y su talento era la lectura y escritura. Él tampoco fue a la escuela y no recibió ninguna otra educación que la crianza improvisada de sus padres y su propia habilidad autodidacta. Un día en que sufrió una reprimenda atroz de manos de su padre por enseñarle a los polluelos recién salidos a mantener la respiración bajo el agua y matarlos de pura inocencia y buena intención, encontró en la pieza de los castigados un libro con una portada que mostraba a una pareja de pequeños encima de un cubo mirando atentamente un texto. Lo abrió y de puro instinto asoció los sonidos primeros de las palabras con una figura que con el tiempo y práctica de la escritura entendería que se llamaban letras. Entonces comprendió la lógica de las letras y las palabras. Enseñó a leer su madre primero ya que luego de intentarlo con Juvenal descubrió el significado de la ignorancia y el orgullo. Tenía sólo seis años y complementó con Nicolás el conocimiento recién descubierto de modo que mientras el segundo enseñaba a leer y escribir, el primogénito le retroalimentaba con contar las vacas y sumar y restar los polluelos a los que le quitó la vida sin culpa alguna. Garcilaso se entretenía leyendo en voz altas los libros, revistas y diarios que encontraba en la pieza de los castigos que eran llevados por la caridad a esa casa pero no eran tan agradecidos como los canastos de alimentos no perecibles traídos de la ciudad por un grupo de gentes con buena voluntad. De este grupo que iba al campo cada seis meses destacaba una mujer a la que llamaban Anita María de unos cincuenta años y que dedicó su vida entera a enseñar en una escuela básica y a la caridad, no tenía hijos porque consideraba que hacer niños por llenar una matriz emocional era un acto de profundo egoísmo más todavía si miraba el mundo lleno de guerras, de rencores sin fundamento en que se fomentaba el nacionalismo. Además de sus gatos tiernos sólo crió a una pequeña que veía todos los días a solas en la esquina del paradero pidiendo dinero, moquillenta siempre y llena de cicatrices lamidas por unos perros que parecían sus únicos protectores. Parecía tener unos cinco años y haber sido abandonada hace pocas semanas. Se acercó y la niña lloró atemorizada por la extraña, pero la insistencia de Anita María logró hacerla entrar en la poca razón que tenía y la llevó a una comisaría para dejarla. Con olor a cigarrillos, funcionarios serios y limitados por la realidad institucional del país intentó buscar alguna solución pero la policía y todo tipo de fuerza armada estaba más preocupada de detener comunistas o subversivos que a atender casos de riesgo social a lo que se referían como algo irremediable y ya casi natural. Fue así como luego de una corta meditación y tres respiraciones profundas decidió criar a la pequeña como hija y frente a los asuntos legales sólo le bastó unos miles de pesos. Era soborno, pero prefería sobornar que dejar a la niña a merced de la nada. Desde entonces fue su hija, la bautizó como Victoria y los actos de entrega y amor de Anita María catalizaron la voz de Victoria a decirle mamá.
            Entraba la primavera y entonces el grupo de beneficencia hizo la visita semestral al rancho de Edecia y Juvenal. Anita María asistió junto a Victoria la que en frente de tanta libertad y naturaleza se soltó de su mano y salió a correr, a oler, a querer saltar para tomar el sol, a jugar con los animales con quienes siempre estableció una comunicación efectiva así como lo hizo con los gatos de su casa. En su búsqueda ya casi inútil porque vio a la niña feliz y jugando con Nicolás, se detuvo bajo la sombra de un árbol cuando escuchó media incrédula, media emocionada la voz de un pequeño Garcilaso recitando con el alma un poema de Gabriela Mistral que encontró en un diario roído de ratones. Anita María quiso conocerlo pero temió ser invasora frente a los sentimientos profundos de Edecia y Juvenal. Grabó en su memoria la voz de Garcilaso y en la hora de almorzar el niño bajó de su escondite al que había dado un orden de biblioteca e improvisado tragaluz para leer en luna llena. Tanta era su pasión que a veces desobedecía para ser castigado y terminar aquel anaquel lleno de tantas historias. Casi impulsada por su curiosidad, fingió ir al baño para encontrar al niño, sin embargo, Garcilaso había salido por otro acceso y en vez de abordar al pequeño encontró a otro que nadie conocía dadas sus descripciones saliendo del baño.
-¿Cómo te llamas pequeño?- inquirió Anita María
-No sé señorita Anita- respondió el fantasma con voz de Garcilaso que luego de besarla salió corriendo para desaparecer.
De vuelta al humilde comedor, Anita María al fin ubicó al niño Garcilaso original y lo saludó con un poema de su mentora Gabriela Mistral. En la segunda estrofa el niño se unió junto a Victoria: ¡Piececitos heridos por los guijarros todos, ultrajados de nieves y lodos!. La conexión fue inmediata y decidió Anita María hablar con sus padres para matricular a los pequeños en la escuela rural, pero Juvenal se negó. La profesora hizo presión en el grupo de caridad para aumentar las frecuencias de visitas al campo con el pretexto de que la pobreza en el área se radicalizaría en poco tiempo cosa que escapaba a una excusa y con el poco tiempo se hizo evidente. El grupo rechazó la iniciativa debido a que eran personas ocupadas y el paseo como le llamaban a las visitas les demandaba mucho tiempo y diligencia. En tal contexto Anita María, que era una mujer muy pensante y lista, agotó las posibilidades para encontrar un puesto en la escuela rural más cercana a la familia de Juvenal y Edecia en donde le alcanzara para vivir con Victoria y sus gatos. No fue fácil salir de la ciudad que a pesar de significar tensión, autoritarismo, contaminación y peligro a pesar de que se asegurase lo contrario, también significaba comodidad, accesibilidad, agua potable y electricidad. No obstante Anita María siempre prefirió la confortabilidad de un sillón con un chocolate caliente y un libro en sus ojos más que en sus manos, con sus gatos ronroneando y ver sus árboles crecer cada día más para albergar a las aves de la temporada. Cuando tuvo que tomar el papel de madre inculcó aquel hábito de la lectura en su hija y le decía que la magia de un libro está en que al leerlo las palabras toman voz y te cuentan una historia que jamás imaginarías, si no me crees, pues oye lo que me narran a mí… y de ese modo se aventuraba a leerle cuentos infantiles de diversos autores y a enseñarle que después de todo, la magia si existía. En su casa no existía el televisor ni los espacios sin luz del sol. Los fines de semana se levantaba temprano para sacar del huerto tomates maduros y del gallinero unos huevos frescos para cocinarle a Victoria un desayuno nutritivo el cual debía consumir sin despotricar. Luego la dejaba ir a jugar con sus amigos y cuando volvía antes de lo previsto jugaba con los animales y les enseñaba a los gatos a cazar ratones y a no comerse a los polluelos recién salidos del cascarón. Y así, mientras tanto, con la luz del sol preparaba el almuerzo escuchando la radio para no pensar en su difunto esposo al cual amó siempre con lealtad y firmeza ante los últimos hálitos que le impuso el cáncer. A pesar de ser profesora con un sueldo escaso Anita María gozaba de una casa amplia con patio suficiente para tener un huerto, conejos, gallinas y algunas cabras; vivía en un lugar acomodado de la ciudad del cual para ir a clases a enseñar debía atravesar la ciudad en microbús y comprobar cada día que paradójicamente el golpe de estado no había mejorado mucho las cosas; los pobres más pobres e infelices y los ricos más ricos y ciegos. Su difunto esposo era médico y había podido juntar los ahorros suficientes a Anita María para que pudiera tener una vejez digna.
Llena de valor, Anita María puso la casa a la venta y subió desde su sillón favorito hasta el último conejo a un camión que la llevaría al campo. Con un pañuelo blanco dijo adiós al recuerdo de su amado y el sol de la mañana de sábado le golpeó la cara. Ya establecida en el campo, Anita María se las arregló para comunicarse con Garcilaso y proveerle de lectura. El niño segundo de Edecia y Juvenal ayudó a sus padres a mejorar el trato con los feriantes y otros personeros que llegaban a comprar verduras y animales, lleno de las palabras precisas y los usos de buena crianza de la ciudad, Garcilaso entregó sin querer a sus padres las herramientas para tener buenos tratos con los clientes. Empero, eran los malos tiempos por culpa de la mujer que se proyectó hace no pocas noches en la cortina de los abuelos y ni la aritmética ni las palabras certeras ayudaron contra la mala racha que ya empezaba. Mucho más ayudó el tercer hijo Marcelo Nahuel.
Marcelo Nahuel tenía cinco años de edad en la época de la mala suerte. Era el niño favorito de Juvenal porque su ternura inmensa e inocencia lograron despertar los amores de padre en ese hombre básico que entregaba su cariño proveyendo y dando castigos porque no sabía cómo acariciar a nadie ni tampoco sabía hablar con mucha fluidez. El pequeño Marcelo Nahuel constituía un artista en bruto, pasaba sus horas bailando con los perros, cantando, riendo, abrazando con o sin hambre y no lloraba. Todo le parecía cómico y protagonizaba los actos de inocencia más enternecedores. Una noche hizo tropezar a Juvenal y hacerle caer encima de un perro lo que llenó al abuelo de ira que estaba dispuesto a tomar al niño del cuello y dejarlo morado, mas el niño Marcelo Nahuel se acercó a acariciar el rostro del padre pues pensaba que éste último quería jugar a que él era su padre y que el perro malvado lo había herido. Entonces Juvenal sintió en su estómago algo parecido a un impulso que no pudo verbalizar, se llenó de vergüenza y de sus ojos salía agua salada mientras el pequeño tomaba pasto y tierra para darle de comer al hombre luego de que la bestia intentara comérselo. Juvenal se quedó sentado tratando de explicarse lo que estaba sintiendo y pasó más de media hora cuando el pequeño Marcelo Nahuel dio un bostezo poderoso y cayó rendido en las faldas de su padre.
Cuando llegó el tiempo de la mala suerte a casa y Juvenal sintió que moriría pronto, Marcelo Nahuel sirvió sin saberlo como un instrumento de alegría y esperanza, pero más ayudó a su madre Edecia cuando ésta supo que estaba en estado de preñez nuevamente. Juvenal murió solo en la pieza de los castigos porque pensó que allí por lo menos los niños no lo encontrarían y sin saber que tendría una hija. Puso en las manos de mujer suficiente dinero para que llevara a los pequeños al circo y no le vieran morir. Se despidió de ella diciéndole que la quería y dándole las gracias por soportarlo a pesar del pan y de la cebolla. A sus hijos los abrazó y les pidió que se portaran bien y fueran buenos hijos con Edecia. A Marcelo Nahuel lo besó en la frente y el niño casi se queda en casa con su padre, le preguntó por qué no iba con ellos al circo y él le respondió que debía ir a cosechar el choclo. Yo me quedo entonces a mirarte respondió el niño y su padre con una inusitada astucia le solicitó que fuera, que se riera y memorizara los chistes de los payasos para decírselos una vez de vuelta en casa. Fueron al circo. Juvenal subió a la pieza de los castigos y se sorprendió cuando vio las repisas con libros ordenados por tamaño, pero más anonadado estuvo cuando escuchó la voz de Garcilaso en otro niño que no conocía leyendo una biblia en voz alta ahora y en la hora de nuestra muerte, amén. Juvenal cayó al piso luego de que su corazón se tensionara por vez última y quedara tieso dentro. Se convirtió en un cuerpo sin alma y sin conciencia. El fantasma perdió su forma humana y desapareció dejando caer la biblia junto al cuerpo del recién finado. 

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