Versos

"Yo no protesto pormigo porque soy muy poca cosa, reclamo porque a la fosa van las penas del mendigo. A Dios pongo por testigo de que no me deje mentir, no hace falta salir un metro fuera de la casa para ver lo que aquí nos pasa y el dolor que es el vivir." (Violeta Parra en Décimas, autobiografía en versos)

domingo, 27 de marzo de 2011

Nahuel


II
            Me llamo Nahuel, tengo veinte años y no sé bien cómo describirme. Al menos puedo decir que soy alto, de contextura normal, velludo, llevo bigotes, mis ojos son verdes, la nariz es recta y aguda, de color moreno que a la mínima pizca de luz se tuesta, mi pelo está entre el negro y el castaño oscuro, los pómulos se pronuncian medio centímetro más del promedio de la población, mis cejas se alinean en una recta que sube a la mitad  quiebra repentinamente para bajar al ceño, mis labios son casi pálidos casi rojos, tengo mis dientes completos, tengo un torso ancho y bien trabajado, mis glúteos son algo elevados y no me acomplejan como al muchos hombres, mis piernas son de músculos pronunciados y arqueadas. Me gusta usar lentes de sol, vestir ropas holgadas, con un estilo andino, y que nada sea muy rígido porque en un lugar como en el que vivo, sentir la ausencia de una brisa mínima de viento idiotiza. Soy universitario y ocupo en los veranos el tiempo para leer lo que en el año académico no puedo, más que todo cuentos, novelas, historias de terror, misterio, amores viejos y de tiempos coloniales. Mi medio de transporte favorito es mi bicicleta, fiel bípedo que aún no caduca. No creo en Dios. Y soy políticamente ateo. Sin embargo no me conozco completamente y la única característica que con paradoja puedo asegurar es mi timidez e inseguridad. Como no sé eso que otros hacen tan bien tomaré las palabras de quienes me conocen. Mi madre opina soy indeciso e inseguro desde que nací, pues, como siempre lo relata me demoré hasta el último día de la última semana en producir las contracciones. En el momento del parto, sólo cuando el doctor mencionó la palabra fórceps me aventuré a salir del útero de mi madre. Mi padre, en cambio, para describir mi característica ejemplifica con que no sé lo que quiero pues un hombre que ha dejado pasar tantas mujeres a mi edad no puede ser más que un inseguro, sin cojones o que sin más pensar, no gusta de las mujeres. Él es médico cirujano, se llama Gonzalo Zaijiain y me trajo a la vida cuando caminaba en los treinta y tres años.

            Como cuenta la abuela Edecia, cuando vivían en el campo y el abuelo Juvenal aún estaba con vida llegó una época en que todo se les hizo más difícil. Los negocios que hacían con los feriantes iban de mal en peor, todas las mañanas acudían a la capilla del templo a pedir por algo de prosperidad, aunque fuera un poquito. Pero nada. Cuenta ella que la mala racha llegó de pleno después que vieran la sombra de una mujer desnuda, menuda y con cola proyectándose sobre la cortina en el momento en que se alistaban para procrear. Esa noche, con el miedo, llegó el frío y se les hicieron témpano las pasiones. Durmieron con la presencia de la mujer perversa en los sueños y las onomatopeyas lloriquientas de los animales en el ambiente se les entraron a los sueños. Al día venidero la mitad del ganado fue robado, las flores del jardín se marchitaron y las verduras en cosecha salían amargas y agusanadas.
           
            Inicialmente mis tíos eran tres y con mi mamá hacían cuatro hermanos. El mayor se llamaba Nicolás y en el tiempo de la mala suerte contaba ocho años a su espalda. Era un niño gracioso y hábil en la aritmética a pesar de que no acudía a la escuela como tampoco lo hizo su padre, su madre, sus abuelos ni tatarabuelos. La única escuela que tuvo esta estirpe fue la vida con sus crueldades, sus curiosas maravillas y los desencantos de la naturaleza. Como los animales, hicieron de la supervivencia un lema y sumado a las distintas habilidades de cada integrante del clan pudieron con la pobreza y con los vicios del hacinamiento.  Nicolás era un pequeño robusto y de ojos almendrados, escéptico y todo lo que le contaban lo comprobaba; fue así como a su escasa edad se hizo ateo sin saberlo porque que le dijeran que Dios lo estaba mirando no le constaba y entonces no le temía. Decía ante la mirada despreocupada de sus padres que en la vida todo pasaba por algo y la lluvia, el calor, el viento, las aves de temporadas hacían presencia con cierta periodicidad y no significaba el enojo, tristeza o alegría de ningún Dios y de nada que no pudiera verse, tocarse o al menos olerse. La habilidad lógica del pequeño ayudó al padre a llevar una contabilidad básica de los animales y frutos y a calcular con poco error cuándo pondría la gallina, pariría la vaca, cuántos huevos pondría la pata según su edad o cuántas gallinas necesitaba un gallo para apaciguar sus pasiones. También calculaba con éxito las temporadas para plantar tal o cual hortaliza. Rápidamente ayudó a los padres en los negocios y advirtió que el margen de utilidad que se adquiría por las ventas era muy poco y que cambiar un ternero por una docena de gallinas carecía de sensatez alguna.
            Garcilaso era el segundo hijo de la abuela Edecia y su talento era la lectura y escritura. Él tampoco fue a la escuela y no recibió ninguna otra educación que la crianza improvisada de sus padres y su propia habilidad autodidacta. Un día en que sufrió una reprimenda atroz de manos de su padre por enseñarle a los polluelos recién salidos a mantener la respiración bajo el agua y matarlos de pura inocencia y buena intención, encontró en la pieza de los castigados un libro con una portada que mostraba a una pareja de pequeños encima de un cubo mirando atentamente un texto. Lo abrió y de puro instinto asoció los sonidos primeros de las palabras con una figura que con el tiempo y práctica de la escritura entendería que se llamaban letras. Entonces comprendió la lógica de las letras y las palabras. Enseñó a leer su madre primero ya que luego de intentarlo con Juvenal descubrió el significado de la ignorancia y el orgullo. Tenía sólo seis años y complementó con Nicolás el conocimiento recién descubierto de modo que mientras el segundo enseñaba a leer y escribir, el primogénito le retroalimentaba con contar las vacas y sumar y restar los polluelos a los que le quitó la vida sin culpa alguna. Garcilaso se entretenía leyendo en voz altas los libros, revistas y diarios que encontraba en la pieza de los castigos que eran llevados por la caridad a esa casa pero no eran tan agradecidos como los canastos de alimentos no perecibles traídos de la ciudad por un grupo de gentes con buena voluntad. De este grupo que iba al campo cada seis meses destacaba una mujer a la que llamaban Anita María de unos cincuenta años y que dedicó su vida entera a enseñar en una escuela básica y a la caridad, no tenía hijos porque consideraba que hacer niños por llenar una matriz emocional era un acto de profundo egoísmo más todavía si miraba el mundo lleno de guerras, de rencores sin fundamento en que se fomentaba el nacionalismo. Además de sus gatos tiernos sólo crió a una pequeña que veía todos los días a solas en la esquina del paradero pidiendo dinero, moquillenta siempre y llena de cicatrices lamidas por unos perros que parecían sus únicos protectores. Parecía tener unos cinco años y haber sido abandonada hace pocas semanas. Se acercó y la niña lloró atemorizada por la extraña, pero la insistencia de Anita María logró hacerla entrar en la poca razón que tenía y la llevó a una comisaría para dejarla. Con olor a cigarrillos, funcionarios serios y limitados por la realidad institucional del país intentó buscar alguna solución pero la policía y todo tipo de fuerza armada estaba más preocupada de detener comunistas o subversivos que a atender casos de riesgo social a lo que se referían como algo irremediable y ya casi natural. Fue así como luego de una corta meditación y tres respiraciones profundas decidió criar a la pequeña como hija y frente a los asuntos legales sólo le bastó unos miles de pesos. Era soborno, pero prefería sobornar que dejar a la niña a merced de la nada. Desde entonces fue su hija, la bautizó como Victoria y los actos de entrega y amor de Anita María catalizaron la voz de Victoria a decirle mamá.
            Entraba la primavera y entonces el grupo de beneficencia hizo la visita semestral al rancho de Edecia y Juvenal. Anita María asistió junto a Victoria la que en frente de tanta libertad y naturaleza se soltó de su mano y salió a correr, a oler, a querer saltar para tomar el sol, a jugar con los animales con quienes siempre estableció una comunicación efectiva así como lo hizo con los gatos de su casa. En su búsqueda ya casi inútil porque vio a la niña feliz y jugando con Nicolás, se detuvo bajo la sombra de un árbol cuando escuchó media incrédula, media emocionada la voz de un pequeño Garcilaso recitando con el alma un poema de Gabriela Mistral que encontró en un diario roído de ratones. Anita María quiso conocerlo pero temió ser invasora frente a los sentimientos profundos de Edecia y Juvenal. Grabó en su memoria la voz de Garcilaso y en la hora de almorzar el niño bajó de su escondite al que había dado un orden de biblioteca e improvisado tragaluz para leer en luna llena. Tanta era su pasión que a veces desobedecía para ser castigado y terminar aquel anaquel lleno de tantas historias. Casi impulsada por su curiosidad, fingió ir al baño para encontrar al niño, sin embargo, Garcilaso había salido por otro acceso y en vez de abordar al pequeño encontró a otro que nadie conocía dadas sus descripciones saliendo del baño.
-¿Cómo te llamas pequeño?- inquirió Anita María
-No sé señorita Anita- respondió el fantasma con voz de Garcilaso que luego de besarla salió corriendo para desaparecer.
De vuelta al humilde comedor, Anita María al fin ubicó al niño Garcilaso original y lo saludó con un poema de su mentora Gabriela Mistral. En la segunda estrofa el niño se unió junto a Victoria: ¡Piececitos heridos por los guijarros todos, ultrajados de nieves y lodos!. La conexión fue inmediata y decidió Anita María hablar con sus padres para matricular a los pequeños en la escuela rural, pero Juvenal se negó. La profesora hizo presión en el grupo de caridad para aumentar las frecuencias de visitas al campo con el pretexto de que la pobreza en el área se radicalizaría en poco tiempo cosa que escapaba a una excusa y con el poco tiempo se hizo evidente. El grupo rechazó la iniciativa debido a que eran personas ocupadas y el paseo como le llamaban a las visitas les demandaba mucho tiempo y diligencia. En tal contexto Anita María, que era una mujer muy pensante y lista, agotó las posibilidades para encontrar un puesto en la escuela rural más cercana a la familia de Juvenal y Edecia en donde le alcanzara para vivir con Victoria y sus gatos. No fue fácil salir de la ciudad que a pesar de significar tensión, autoritarismo, contaminación y peligro a pesar de que se asegurase lo contrario, también significaba comodidad, accesibilidad, agua potable y electricidad. No obstante Anita María siempre prefirió la confortabilidad de un sillón con un chocolate caliente y un libro en sus ojos más que en sus manos, con sus gatos ronroneando y ver sus árboles crecer cada día más para albergar a las aves de la temporada. Cuando tuvo que tomar el papel de madre inculcó aquel hábito de la lectura en su hija y le decía que la magia de un libro está en que al leerlo las palabras toman voz y te cuentan una historia que jamás imaginarías, si no me crees, pues oye lo que me narran a mí… y de ese modo se aventuraba a leerle cuentos infantiles de diversos autores y a enseñarle que después de todo, la magia si existía. En su casa no existía el televisor ni los espacios sin luz del sol. Los fines de semana se levantaba temprano para sacar del huerto tomates maduros y del gallinero unos huevos frescos para cocinarle a Victoria un desayuno nutritivo el cual debía consumir sin despotricar. Luego la dejaba ir a jugar con sus amigos y cuando volvía antes de lo previsto jugaba con los animales y les enseñaba a los gatos a cazar ratones y a no comerse a los polluelos recién salidos del cascarón. Y así, mientras tanto, con la luz del sol preparaba el almuerzo escuchando la radio para no pensar en su difunto esposo al cual amó siempre con lealtad y firmeza ante los últimos hálitos que le impuso el cáncer. A pesar de ser profesora con un sueldo escaso Anita María gozaba de una casa amplia con patio suficiente para tener un huerto, conejos, gallinas y algunas cabras; vivía en un lugar acomodado de la ciudad del cual para ir a clases a enseñar debía atravesar la ciudad en microbús y comprobar cada día que paradójicamente el golpe de estado no había mejorado mucho las cosas; los pobres más pobres e infelices y los ricos más ricos y ciegos. Su difunto esposo era médico y había podido juntar los ahorros suficientes a Anita María para que pudiera tener una vejez digna.
Llena de valor, Anita María puso la casa a la venta y subió desde su sillón favorito hasta el último conejo a un camión que la llevaría al campo. Con un pañuelo blanco dijo adiós al recuerdo de su amado y el sol de la mañana de sábado le golpeó la cara. Ya establecida en el campo, Anita María se las arregló para comunicarse con Garcilaso y proveerle de lectura. El niño segundo de Edecia y Juvenal ayudó a sus padres a mejorar el trato con los feriantes y otros personeros que llegaban a comprar verduras y animales, lleno de las palabras precisas y los usos de buena crianza de la ciudad, Garcilaso entregó sin querer a sus padres las herramientas para tener buenos tratos con los clientes. Empero, eran los malos tiempos por culpa de la mujer que se proyectó hace no pocas noches en la cortina de los abuelos y ni la aritmética ni las palabras certeras ayudaron contra la mala racha que ya empezaba. Mucho más ayudó el tercer hijo Marcelo Nahuel.
Marcelo Nahuel tenía cinco años de edad en la época de la mala suerte. Era el niño favorito de Juvenal porque su ternura inmensa e inocencia lograron despertar los amores de padre en ese hombre básico que entregaba su cariño proveyendo y dando castigos porque no sabía cómo acariciar a nadie ni tampoco sabía hablar con mucha fluidez. El pequeño Marcelo Nahuel constituía un artista en bruto, pasaba sus horas bailando con los perros, cantando, riendo, abrazando con o sin hambre y no lloraba. Todo le parecía cómico y protagonizaba los actos de inocencia más enternecedores. Una noche hizo tropezar a Juvenal y hacerle caer encima de un perro lo que llenó al abuelo de ira que estaba dispuesto a tomar al niño del cuello y dejarlo morado, mas el niño Marcelo Nahuel se acercó a acariciar el rostro del padre pues pensaba que éste último quería jugar a que él era su padre y que el perro malvado lo había herido. Entonces Juvenal sintió en su estómago algo parecido a un impulso que no pudo verbalizar, se llenó de vergüenza y de sus ojos salía agua salada mientras el pequeño tomaba pasto y tierra para darle de comer al hombre luego de que la bestia intentara comérselo. Juvenal se quedó sentado tratando de explicarse lo que estaba sintiendo y pasó más de media hora cuando el pequeño Marcelo Nahuel dio un bostezo poderoso y cayó rendido en las faldas de su padre.
Cuando llegó el tiempo de la mala suerte a casa y Juvenal sintió que moriría pronto, Marcelo Nahuel sirvió sin saberlo como un instrumento de alegría y esperanza, pero más ayudó a su madre Edecia cuando ésta supo que estaba en estado de preñez nuevamente. Juvenal murió solo en la pieza de los castigos porque pensó que allí por lo menos los niños no lo encontrarían y sin saber que tendría una hija. Puso en las manos de mujer suficiente dinero para que llevara a los pequeños al circo y no le vieran morir. Se despidió de ella diciéndole que la quería y dándole las gracias por soportarlo a pesar del pan y de la cebolla. A sus hijos los abrazó y les pidió que se portaran bien y fueran buenos hijos con Edecia. A Marcelo Nahuel lo besó en la frente y el niño casi se queda en casa con su padre, le preguntó por qué no iba con ellos al circo y él le respondió que debía ir a cosechar el choclo. Yo me quedo entonces a mirarte respondió el niño y su padre con una inusitada astucia le solicitó que fuera, que se riera y memorizara los chistes de los payasos para decírselos una vez de vuelta en casa. Fueron al circo. Juvenal subió a la pieza de los castigos y se sorprendió cuando vio las repisas con libros ordenados por tamaño, pero más anonadado estuvo cuando escuchó la voz de Garcilaso en otro niño que no conocía leyendo una biblia en voz alta ahora y en la hora de nuestra muerte, amén. Juvenal cayó al piso luego de que su corazón se tensionara por vez última y quedara tieso dentro. Se convirtió en un cuerpo sin alma y sin conciencia. El fantasma perdió su forma humana y desapareció dejando caer la biblia junto al cuerpo del recién finado. 

martes, 1 de marzo de 2011

Shame by Robbie Williams and Gary Barlow



Look those two guys...
Look how they give each other a filled emotions message. That's the way we gotta make it, that!
It's amazing how they transmit and interpret something made of guilt, regret, love, memories, forgiveness, anguish. A poem.
All I can say: these are sights too known for me. Totally designed to dedicate. Greetings 

Well there's 3 version of this story, mine, and yours and then the truth.
And we can put it down to circumstance our childhood then our youth.
Out of sentimental gain I wanted you to feel my pain,
But it came back return to sender.

I read your mind and tried to call,
My tears could fill the Albert hall.
Is this the sound of sweet surrender?

What a shame we never listened.
I told you through the television.
And all that went away was the price we paid.
People spend a life time this way.
Oh what a shame.

So I got busy throwing everybody underneath the bus.
Oh, and with your poster 30 foot high at the back of Toy-R-Us.
I wrote a letter in my mind but the words were so unkind about a man I can't remember.

I don't recall the reasons why.
I must have meant them at the time.
Is this the sound of sweet surrender?

What a shame we never listened.
I told you through the television.
And all that went away was the price we paid.
People spend a life time this way and that's how they stay.

Words come easy when they're true.
Words come easy when they're true.

So I got busy throwing everybody underneath the bus.
Oh, and with your poster 30 foot high at the back of Toy-R-Us.
Now we can put it down to circumstance our childhood then our youth.

What a shame we never listened
I told you through the television
And all that went away was the price we paid
People spend a lifetime this way
And that’s how they stay
Oh what a shame.
People spend a lifetime this way
Oh what a shame
Such a shame, what a shame

lunes, 21 de febrero de 2011

Del Festival de Viña del Mar

Tengo algo que decir del Festival de la Canción de Viña del Mar. Que se abra la tribuna.

       En realidad el festival como evento no tiene la culpa del odio que se me despierta en su contra. Es la tele o el tele como dicen en otras familias. Una verdadera invasión de los canales, las mismas tomas, las mismas personas y los mismos teatreros de siempre que van gratis a sentarse a la primera fila. Por lo menos ahora va un canal a transmitir. Que la reina del festival, que los animadores, que se den el beso en la boca, que el monstruo, que la Toti, que el glamur, que la Luli (jajajjaja) y la Adriana Barrientos (jajjajaj), que la Marengo (jajajaja), la nota de Ítalo Pasalacua, los vestidos de la animadora, la obertura, la gaviota, Antonio Vodanovic, los humoristas, el reitin, etcéteras y etcéteras de más mierda.

       Por otra parte la gente y el festival. Cuál es mejor, el de Viña del Mar, el de Iquique, el de La Serena, el del Huaso de Olmué, el de La Moneda. Respondiendo a las mismas basuras de preguntas de los periodistas de farándula como con quién vino, a qué hora llega, qué vestido se va a poner, y la guerra de los matinales, la teleserie de marzo, la modelo y el futbolista, que mi hijo es tan bueno para el fútbol y mi niña, vecina quiere ir a la escuela de modelaje, si yo le he dicho que no coma tanto, que camine recta y por último que se ponga una enciclopedia en la cabeza y en un dos por tres, santo remedio, ya está caminando como la Cecilia Bolocco. Si es tan dige ella, como habla, como camina, su pelo, su ropa, si definitivamente es la reina de Chile, y a propósito, tan bien que lo haría conduciendo el festival con el Rafa o con el Felipe, le juro veci que no sé con cuál quedarme. No hay como las misses de otros países, allá en Colombia por ejemplo las operan, las maquillan y le hacen de todo con tal de que sean las mejores, no como acá en Chile.Ya vecina, se me hizo tarde, otro día copuchamos, me voy a entrar a ver el festival y mañana comentamos otro poquito.

       Era el mediodía del 20 de Febrero, mi mamá encendió el televisor, digámoslo, ya por inercia o porque debe prestarle atención a esta hija postiza que tanto la entretiene y distrae. Yo tomaba un desayuno de vacaciones en el comedor y estuve obligado a consumir farándula y S.Q.P. Estaba el panel de chistosos entre los cuales, como siempre se destacaba una niña gritona que no se sabía bien si está siempre caliente o simplemente sus padres la hicieron con la voz de necesitada, también adornaban la pantalla con fondo viñamarino la esposa del animador del certamen, la Adriana Barrientos, Ítalo Pasalacua, la alcaldesa de la udienta ciudad y otros animadores sin relevancia. Los animadores no hallaban forma efectiva de hacer que la tía Toti (como llaman a Virginia) o pelara a los invitados o dijera que tuvo un romance con Roberto Carlos. Entonces la casi primera dama del evento musical interfiere. Oiga tía Toti, ¿cómo cree que lo ha hecho Chilevisión con el Festival de Viña, siente que es mejor que Canal 13? y la udienta responde como político y nunca quedas mal, quedas mal con nadie. Qué estupenda luce usted este año alcaldesa, inquirió un tipo; qué se hizo, hizo un régimen (jajajaja). Un no largo manifestó la edil, como de abuelita sabia y metiche; les digo altiro que el régimen no sirve de nada, me operé con un doctor muy bueno y les doy enseguida el nombre y le mando muchos saludos al médico Jaime Guzmán. Debió haber habido un silencio en el estudio, pero la ignorancia de la Merino no captó la historicidad de la talla al parecer, o bien en su casa ese nombre es tan repetido como un rezo que decirlo para ella, debe ser como decir Dios o Sí. Siguió hablando tonteras con voz de sensual y fumadora. No obstante, la conversación siguió y ella dijo que para mantenerse así como estaba (en mi opinión, un poco menos horrible) había que más allá de operarse el cuerpo, operarse la cabeza y que ella lo había hecho. Y una voz del set que al parecer sabía quién fue el lloriqueado y endiosado Jaime Guzmán, a modo de chiste gritó: ¡¿Y con el mismo doctor?! Todo siguió como si nada hubiera pasado. Más y más farándula y picantería se entraban en mis oídos.

jueves, 17 de febrero de 2011

Nahuel

I



          Había renunciado a escribir esta historia porque la vida me parecía aburrida, en especial la mía. No digo que haya dejado de serlo; que juzguen otros. El once de enero con los ojos semi abiertos, modorra en los pasos y hablando en voz tediosa llegué de la habitación a la suerte de estar de la casa de veraneo. Desde el pasillo se pronosticaba un día despejado, el sol peligroso reflejándose en las aguas azules del océano y quizá un inocente temblor que asustara a la concurrencia masiva como todos los fines de semanas. Pero pasando el umbral de la puerta encontré una razón suficiente para renunciar a la renuncia de contar lo siguiente. 

17 de Febrero 2011

17.02.2011. 00.00 hrs Copiapó

       Parece que no fuera cierto, que un día nos metimos en un mal sueño y no podemos salir. Y que en un trance repentino nos hallamos mirando fotos, haciéndote recuerdo. Sintiendo que de a poco el llanto ya no sale y al revés, queriéndolo sacar de rabia mientras las horas pasan por encima nuestro y en la bicicleta no te detienes a abrir la reja. Frustración.  Se acabó tu etapa con nosotros. Y sea como sea y cual sea el espacio en el que estás ahora, quisiera darte a conocer que estoy agradecido con la vida por haberte conocido y haber compartido estos últimos años. Yo no quisiera hacerte un puro recuerdo, pero debo reconciliarme con  la vida y la muerte por mi bien ya que he comprendido que donde manda capitán, no manda marinero. Te quise y te quiero mucho. Cuídanos. Varias cosas... pero en especial: ¡Gracias!
                                                                          Lucas

P.D.: cuando pueda tomarme una copa o vaso de tinto, lo haré en tu nombre y en silencio.

miércoles, 26 de enero de 2011

Millaray


La Milla es una fruta roja y extasiada
Que come sandías a la hora de almuerzo.
Que ríe, canta y juega
De mucho amor y de muchos sueños.

La Milla es una perrita que da alegría
En las tardes que se nublan,
La compañera, nunca enmudecida
Saca del baúl su chistosa melancolía.

Mi prima que se llama Millaray
Se convirtió en una buena amiga.
Reaccionaria anda la pobre
Luchando por sus resfríos y la fantasía.

Ella sufre y lo dice,
Pero no lo queremos saber.
Ella llora en las noches
En que recuerda un lejano ayer.

Está nerviosa esta negra
Nos alegra con su tragedia y alevosía
Se cortó la chasquilla mi perra
¡Es tan cómica esta niña!

Cien palabras

       Sí, éramos tan felices. Solíamos andar con las uñas sucias, la cara embetunada en barro y las axilas hediondas a cebolla infantil. Siempre usábamos la misma ropa. Nuestra madre era una vieja amable y gorda, con cara de oso moreno, como del norte. Cada vez que el papi volvía de la feria se bajaba a jugar una pichanga con el Mano y yo, mientras mi mami le calentaba su comida. Hubo un día en que eso no pasó más: la mamá se había ganado la lotería y la nueva casa se nos llenó de mentirosos. Ya no fuimos más felices.

miércoles, 27 de octubre de 2010

La tía abuela


Ella es Sylvia Castillo.
Una tía de amistades,
Es más como una abuela mía,
Que la tía de mi padre.

Ella es una mujer aguerrida,
Una hembra que aunque cansada, respira.
Una hembra compleja, pero que logra
Resolverse siempre antes del que la analiza.

Da amistades y las quita.
Una dama madura que todo enseña,
Que ama a las yerbas de su casta,
Y a mí me hace sentir dentro de ella.

La Silví observa y mira,
Desde sus lentes que la hacen entera.
Y me comenta cosas que yo no veo,
Porque las narra con una ternura inmensa.

Qué más quiero que escribirle este poema,
Que darle un abrazo, una sonrisa.
Quiero decirle que me sincero
Y que no la considero
Como una tía abuela, sino
Como a una tía amiga.

Copiapó

Del frío cruel al que los libros me trajeron,
Me escapo ahora al norte, al sol, al desierto.
Me voy contento en este viaje
Que me retorna a la tierra en que me crió,
Junto a mis hermanos
Y juntó a mis padres.

De verano es un horno caliente
Que derrite los ánimos de las gentes.
Y de invierno es un padre que abriga,
En las mañanas a sus gentes vecinas.

Es Febrero abrasador
Es Agosto abrazador.

Es un pueblo seco y sin mares,
Con cielos claros y nubes en soledades,
Es café y no tiene excentricidades.
Copiapó, pueblos en los arenales.

Es un pedazo de tierra árida,
En que el minero de la vida.
Es temblor, es viento seco, corazón.
Es siempre Sol, es siempre Copiapó.

El Dios triste por Gabriela Mistral

Mirando la alameda de otoño lacerada,
la alameda profunda de vejez amarilla,
como cuando camino por la hierba segada
busco el rostro de Dios y palpo su mejilla.

Y en esta tarde lenta como una hebra de llanto
por la alameda de oro y de rojez yo siento
un Dios de otoño, un Dios sin ardor y sin canto
¡y lo conozco triste, lleno de desaliento!

Y pienso que tal vez Aquel tremendo y fuerte
Señor, al que cantara de locura embriagada,
no existe, y que mi Padre que las mañanas vierte
tiene la mano laxa, la mejilla cansada.

Se oye en su corazón un rumor de alameda
de otoño: el desgajarse de la suma tristeza.
Su mirada hacia mí como lágrima rueda
y esa mirada mustia me inclina la cabeza.

Y ensayo otra plegaria para este Dios doliente,
plegaria que del polvo del mundo no ha subido:
"Padre, nada te pido, pues te miro a la frente
y eres inmenso, ¡inmenso!, pero te hallas herido".

martes, 27 de julio de 2010

La Noche

Era la noche, estrellada y azul marina.
Era la noche, pedazo de su boca tibia.
Era la noche, el cielo, con su nariz de aguja.
Era la noche, con luna, con su voz aguda.

Era la noche, valiente,
de brazos abiertos y su vista muda.
Era la noche, con su encanto de amor en ruta.
Era la noche, con su canto de locura.

Era la noche, de poesía toda;
Sin embargo, estaba oscura.

lunes, 6 de julio de 2009

En veces como ésta...


En veces como esta, me dan ganas de querer enamorarme
De enamorarme de este Santiago, de sus noches frías y bohemias, de su lujuria y simplicidad, caer de repente a amar un libro.
Entrar en esta tómbola de elucubraciones semovientes. Vivir cada partícula de capital, llorarme unas buenas lágrimas de soledad. Pero vivirlas. Despertar desorientado, extrañando mi tierra ahora tan lejana. Perderme, perderme en la selva del metro, de sus transantiagos, de sus peruanos, de la delincuencia y de esta fiebre de chanchos aterrante. Qué mágico fue empezar a vivir con miedo. Qué majestuoso ser parte del smog, de las caras amargadas que transitan sin ganas. Qué oportuno fue llegar, qué bien me hizo esta maldad santiaguina, esta que ayuda a desarrollar pizcas de valentía. Qué bueno no haberme quedado y haber llegado para saber que estoy pocas veces arrepentido. Ver árboles, sentir abrazos, creer en Dios, decir te quiero porque es más probable que llegue muerto y no vivo. Que me descuarticen, me secuestren o que un borracho me vuele los sesos en un atropello.
En veces como esta me quisiera emborrachar con un kilómetro de tabaco, quisiera revolcarme impunemente con un amor prohibido, ser irresponsable y actuar pensando que mañana es el fin de todo. Ser un poco invencible y un poco irresponsable. Transformarme de una vez por todas en ese viejo que va dentro mío, el harapiento. El melancólico que pierde el tiempo en su tonta poesía. En su vida sin vida y desacelerada. Quiero ser crítica provocativa que traiga sus muros abiertos. Quiero que siempre esté esa esperanza de ti que me alienta tener ganas de no tener ganas de cesar los hálitos. Quiero de todos modos quemar esta cama y sus sábanas con olor a sueños y sólo sueños. Quiero a mis hijos en un par de segundos y comenzar a vivir sin culpas y públicamente.

jueves, 2 de abril de 2009

El amor por Violeta Parra




Más van pasando los años 
las cosas son muy distintas 
lo que fue vino hoy es tinta 
lo que fue piel hoy es paño 
lo que fue cierto hoy engaño. 
Todo es penuria y quebranto 
de las leyes yo me espanto 
lo paso muy confundida 
y es grande torpeza mía 
buscar alivio en mi canto.

Los tiempos se van volando 
y van cambiando las cosas. 
Crecí en el trigo melosa 
la siembra fue castigando 
fue la cosecha mermando 
la esperanza quedó trunca. 
La gente no sabe nunca 
lo que mañana la espera... 
lo que mañana la espera 
la gente no sabe nunca.

Entré al clavel del amor 
cegada por sus colores 
me ataron los resplandores 
de tan preferida flor. 
Ufano de mi pasión 
dejó sangrando una herida 
que lloro muy conmovida 
en el huerto del olvido.
 Clavel no ha correspondido. 
¡Qué lágrimas tan perdidas!

La vida me da recelo 
me espanta la indiferencia 
la mano de la inclemencia 
me ha echado este nudo ciego.
La fuerza me ha consumido 
y me ha atormentado el alma 
pa'mí lo que llaman calma 
es vocablo sin sentido.
El sol reseca el barbecho 
lo deja como la espina 
me clava con negra inquina 
si piso este duro lecho.

Camino por un momento 
las calles a la sin rumbo 
veo que estoy en el mundo 
sin más que el alma en el cuerpo.
Miserias y alevosías 
anudan mis pensamientos 
entre las aguas y el viento 
me pierdo en la lejanía.
No lloro yo por llorar 
sino por hallar sosiego. 
Mi llorar es como un ruego 
que nadie quiere escuchar.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Gracias a la vida


Gracias a la vida,

que me ha dado tanto;

me dio dos luceros

que cuando los abro

perfecto distingo

lo negro del blanco,

y en el alto cielosu fondo estrellado,

y en las multitudes

al hombre que yo amo.

Gracias a la vida,

que me ha dado tanto;

me ha dado el oído

que en todo su ancho

graba, noche y día,

grillos y canarios,

martillos, turbinas,

ladridos, chubascos,

y la voz tan tierna

de mi bien amado.


Gracias a la vida,

que me ha dado tanto;

me ha dado el sonido

y el abecedario.

Con él, las palabras

que pienso y declaro:

"madre", "amigo",
"hermano" y "luz", alumbrando

la ruta del alma

del que estoy amando.


Gracias a la vida,

que me ha dado tanto;

me ha dado la marcha

de mis pies cansados.

Con ellos anduve

ciudades y charcos,

playas y desiertos,

montañas y llanos,

y la casa tuya,

tu calle y tu patio.


Gracias a la vida,

que me ha dado tanto;

me dio el corazón,

que agita su marco

cuando miro el fruto

del cerebro humano,

cuando miro al bueno

tan lejos del malo,

cuando miro el fondo

de tus ojos claros.


Gracias a la vida,

que me ha dado tanto;

me ha dado la risa

y me ha dado el llanto.

Así yo distingo

dicha de quebranto,

los dos materiales

que forman mi canto;

y el canto de ustedes,

que es el mismo canto;

y el canto de todos,

que es mi propio canto.

Gracias a la vida,

que me ha dado tanto.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Desde el Cielo te sigo


Desde el Cielo te sigo


Todavía no ocurría lo más desesperante, cuando no pensaba en mi incierto porvenir, tan aventurado, oscuro e inolvidable futuro.
Es que no sucedía ni siquiera la mitad del siglo diecinueve cuando yo, Aristóteles Ikar, joven griego en los veinte años, huérfano y sumamente pobre, mendigando en la legendaria Atenas conocí qué era sentir; entonces llegaba mi zozobra en una carreta desde Italia.
Su nombre era Amadea Cattizzio…
Ansioso y demente de ver su singular cuerpo, vi a su padre, don Cistino Cattizzio, amo y señor del monopolio textil griego, gritaba feliz.
¡Oh! Amadea, hija querida, no sabes lo contento que estoy al verte otra vez.
Y entre esas palabras que le afloran de la boca a un padre, la abrazó dándome la espalda. Una mirada cristalina y penetrante me descubrió. Nada nos dijimos, pero todo en aquel caluroso ambiente de la mítica Atenas.
Ocurrían las horas cuando al ocaso la vi en la puerta de mi casa con un sirviente que se acercó disimuladamente y me dijo: mi ama desea conocerte, por lo que le ha pedido a su padre un chofer. Si quiere el trabajo, don Cistino te espera a los primeros rayos del sol.
-¡Acepto! Me llamo Aristóteles ¿Y usted? -le preguntó a él.
-Solón. –le contestó a secas.

¡Sí, sí, soy feliz! La alegría existe y yo mismo lo he comprobado. Hace dos días fui a casa de los
Cattizzio, por el trabajo de chofer y luego de una larga conversación con don Cistino, me gané el
trabajo. Comencé desde entonces.

Hasta el fin del mundo, fueron sus primeros vocablos. Y sí, la llevé al final de La Tierra.
Conociendo el amor, nos conocimos. Pero… quién pudo imaginar que dos ojos llenos de irascibilidad y
celos nos seguían. Me eran conocidos, era ese tal Solón.

Dios, sé el único que se atreva a juzgarme por lo que hice…

Lo seguí enfurecido, pero ya era tarde. Don Cistino desde el principio sospechó nuestras
intenciones y el fin del mundo fue solo el catalizador que desató lo inexorable. Nos pusimos de acuerdo
en defender lo que habíamos hecho hace pocos instante, nuestra relación incipiente; ella mataría a
Solón y yo a su padre, más ella no sabía este último punto del trato, ni yo, fue sólo defensa.
Obviamente no dejaría que el avaro de su padre me aniquilara a su antojo.

Cuando vio al viejo desangrarse por la estocada que le di en el corazón y a Solón muerto por
ella previamente, sus inocentes pensamientos no lo podían aceptar y al yo dar media vuelta, me mató.

Por eso ahora estoy frente a Dios rogándole que me comprenda y entienda los asuntos del amor
y corazón, de las pasiones humanas, de los celos y otras cosas que Él no podría captar ni medir por las
magnitudes de su tamaño. Desde ahí, que vivo en el Reino De Los Cielos, gozo esta vida eterna y
sobretodo, sigo sus pasos.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Tus ojos, esclavos moros por Delmira Agustini





En tu frialdad se emboscaban
Los grandes esclavos moros;
Negros y brillando en oros
De lejos me custodiaban

Y devorantes soñaban
En mí no sé qué tesoros…
Tras el cristal de los lloros
Guardaban y amenazaban

Ritmaban alas angélicas,
Ritmaban manos luzbélicas
Sus dos pantallas extrañas;

Y al yo ,mirarlos por juego
Sus alabardas de fuego
Llegaron a mis entrañas.