Versos

"Yo no protesto pormigo porque soy muy poca cosa, reclamo porque a la fosa van las penas del mendigo. A Dios pongo por testigo de que no me deje mentir, no hace falta salir un metro fuera de la casa para ver lo que aquí nos pasa y el dolor que es el vivir." (Violeta Parra en Décimas, autobiografía en versos)

miércoles, 17 de agosto de 2011

Revuelta y Fuga. Adaptado de Mal de Amores de Ángeles Mastretta



Personajes:
Emilia Sauri (protagonista, hija de  Josefa y Diego, enamorada de Daniel)
Josefa Veytia (madre de Emilia)
Diego Sauri (padre de Emilia)
Milagros Veytia (tía de Emilia)
Doctor Cuenca (amigo de la familia)
Daniel Cuenca (hijo del doctor, novio de Emilia, luchando lejos en la Revolución)
Un herido

Relator
Esta es la historia de Emilia Sauri, que ya había llorado dos noches por el último abandono de Daniel Cuenca, su enamorado. Sus padres, Josefa y Diego, se culpaban mutuamente hasta que llega su padre insistiendo una respuesta.

Acto primero, escena 1 (Diego y Josefa)

Diego
¡Emilia! (silencio). Este Daniel es un imbécil. ¡Estoy de acuerdo contigo en que este Daniel es un imbécil!

Josefa
(Sorprendida mirando a Diego) Yo nunca he dicho que sea un imbécil. Yo digo que es muy egoísta. Que todos esos que dan en redimir a otros no saben pensar, sino, en como notarse. (Diego repite que es un imbécil). Al pobre lo mandaron a un colegio de internos, no tuvo cariño suficiente y ahora es un descobijado en busca de notoriedad. ¡Te lo dije, te lo dije…! (luego de 5 segundos, Diego comienza a llorar, ella lo acaricia).



Escena 2 (Diego, Josefa y Milagros)

(Entra Milagros suponiendo que algo andaba mal con Emilia. Diego cesa el llanto)

Milagros
(Tono de seguridad, apunta a la puerta de Emilia) ¿Está encerrada?

Josefa
(Tono de novedad) Y no encuentro las llaves de repuesto.

Milagros
Esta puerta se puede abrir de una patada.

Josefa
¡Quítate Diego!

(Diego se quita y de 5 patadas, Milagros abre la puerta. Emilia no se ve. Silencio total)

Milagros
¿No habrá escapado por el balcón?



Escena 3 (Milagros, Diego, Emilia y Josefa)

(Diego coloca cara de recelo, Josefa camina delante de su hermana y encuentra a Emilia en el suelo)

Milagros
Se ve muy cansada

Josefa
Cansada de crecer.

(Diego le besa a Emilia la frente, mira a su mujer y Josefa le devuelve la mirada)

Josefa
Hay algunos renovadores incapaces de entender lo esencial.

Milagros
(Alzando la voz) ¿Qué es lo esencial?

Josefa
Los hombres tienen pasiones, las mujeres tenemos hombres. Emilia no es un hombre. No la pueden tratar como si tuviera los sentimientos mal acomodados como ellos. (Diego se acerca a Josefa) ¡Qué ridícula fui yo! al protestar frente a ustedes mientras le tendían la cama a los muchachitos (mira a ambos). Como si fuera un chiste que Daniel le quitara la paz a Emilia.

Milagros
La paz es para los viejos y aburridos, ella quiere la dicha, que es más difícil y breve, pero mejor.

Josefa
¡Por favor no empieces con tus discursos! ¡Hace rato que no puedo con los discursos!

(Sale Josefa)



Escena 4  (Diego, Emilia y Milagros)

Diego
Tiemblo cuando se enoja contigo.

Milagros
No te aflijas. Ella sabe que tenemos razón, lo que pasa es que le cuesta mucho aceptarlo.

Diego
Yo ya no estoy tan seguro de  no haberla casado como las demás. Lo nuevo angustia.

Milagros
Más angustia lo viejo… y a propósito, más me angustia el viejo Díaz. ¿Qué si sigue tan terco como está con quedarse?, la campaña electoral es un sainete, no quiere más elecciones que la suya. Mientras más perseguidos, más radicales. Algunos ya quieren levantar las armas.

Diego
¡Líbranos el destino de los redentores!

Milagros
Mañana llegan de México unos enviados de Madero a intentar que Serdán renuncie a la revolución y combata con la ley.

Diego
No creo que logren algo, quién convence a ese montón de pasiones. Quiere ser héroe y eso es muy peligroso. Los héroes no traen sino dictaduras, sólo mira al gran héroe de la República, el General Díaz. ¿Me crees si te digo que tengo miedo?, una cosa es querer vivir en una sociedad tranquila digna de llamarse así, buscar justicia para otros como un modo de hallar la propia y la otra meterse en una guerra.

Milagros
Dicen que sería una guerra corta.

(Entra Josefa)



Escena  5  (Josefa, Diego, Milagros y Emilia)

Josefa
No hay guerras cortas. Empezar una guerra es como raja una almohada de plumas, por eso me gusta Madero, porque es un hombre de paz.

Diego
Se pasa de ingenuo.

Josefa
Es un buen hombre, como tú.

Diego
Con la diferencia de que a mí no se me ocurre acaudillar a nadie.

Milagros
Los dejo tan de acuerdo en ese tema y me voy a ver en que va la protesta. Es ya muy tarde.

Josefa
No vayas Milagros. Por un día que faltes no pasa nada.

Milagros
Ya falté, voy a ver en qué termina.

Emilia
(Despierta rápidamente) Quiero ir contigo.

Josefa
(Sonriendo) ¿Y tú de dónde sales?

(Diego toma una almohada rota)

Diego
La guerra es como una almohada rota, eso sólo se le puede ocurrir a Josefa.

(Silencio)

Milagros
Se me está haciendo tarde. Chao. (Sale cerrando la puerta fuertemente)



Escena 6  (Diego, Josefa, Emilia y Milagros y el herido)

Josefa
Cierra las puertas como si quisiera sellarlas para siempre.

Diego
Como si quisiera tirarlas.

Emilia
¿Me traes un pan con queso y una sopa por favor?

Josefa
¿Alubias?

Emilia
(Con cara de satisfacción) Sí, por favor.

(Josefa va por el pedido y vuelve rápidamente)

Diego
Hasta cuando vas a confundir el hambre con la tristeza, llevas dos días llorando y uno y medio es de puro hambre.

Josefa
No te quites las culpas Diego.

Diego
No las tengo, o ¿tú crees, Emilia, que tengo la culpa de que adores a Daniel?

Emilia
¿A quién se le ocurrió eso?

Diego
A tu mamá.

Emilia
¿Qué cosas se te ocurren? Él sólo tiene la cuarta parte de la culpa; otra cuarta es de mi tía Milagros por presentármelo cuando nací y de lo que queda, una cuarta es tuya porque me gustó que no te gustara y la otra es mía porque soy necia.

Diego
Esa repartición me gusta, con la cuarta parte estoy dispuesto a cargar.

Josefa
(Murmurando) No faltaba más.

(Emilia sorbe su sopa. Silencio. Se oyen golpes en la puerta)

Diego
(Siguiendo a Josefa a mirar por la ventana) Debe ser Milagros.

(Emilia corre a abrir la puerta, entra Milagros cargando a un herido, Emilia los conduce al estudio, lo examina. Milagros descompuesta. Diego llega al estudio).

Milagros
(A Josefa) Voy por el Doctor.



Escena 7 (Emilia, Diego y el herido)

Emilia
(A secas) Papá, morfina.

(Diego obedece en silencio y vuelve. Emilia examina e inyecta al herido sin dudar. Entra Josefa con un lavatorio)



Escena 8 (Josefa, Emilia, Diego y el herido)

Josefa
Milagros fue por el doctor Cuenca.

Emilia
(Casi derrotada) Dudo que haya alguna esperanza.

Diego
(Al herido) ¿Hubo más muertos?

Emilia
(Enojada) ¡¿Acaso no ves que se está muriendo?! ¡¿Cómo le preguntas eso si no puede hablar?!

(Entra Milagros con el doctor Cuenca)



Escena 9 (Emilia, Doctor Cuenca, Milagros, Josefa, Diego y el herido)

Emilia
(Al doctor) Se va a morir igual ¿para qué lo maltratas?

Doctor Cuenca
Eso nunca se dice. Ayúdame.

(Sin saber qué hacer, salen Milagros y Josefa. Emilia acaricia a su enfermo, Diego estaba anonadado, dejan al enfermo durmiendo)



Escena 10  (Emilia, Doctor Cuenca y el herido)

Emilia
(Urgida) ¿Puedo salir?

Doctor Cuenca
Claro que sí.

(Emilia corre al baño y empieza a vomitar. El doctor la sigue, entra Josefa)



Escena 11 (Josefa, Doctor Cuenca)

Doctor Cuenca
¿La niña está vomitando? (Josefa asiente, el doctor prende un cigarro) Hay que vomitar mucho para convertirse en médico, pero la niña tiene talento y pasión. Denle comida. (A Josefa) ¿Me puedes traer una infusión?

(Sale Josefa y Diego busca un trago, entra Milagros y Diego le sirve un vaso)



Escena 12  (Milagros, Doctor Cuenca, Diego)

Milagros
Ahora de remate quiere ser médico (toma un trago)

Doctor Cuenca
Emilia decidió cambiar sus clases de chelo por las de medicina. Como vi sus aptitudes la ayudé y dio resultado, es muy buena. Complementó con sus conocimientos boticarios.

Diego
Me siento como un cornudo. Se le va a cumplir, doctor, el sueño de tener una hija médica.

Doctor Cuenca
Ojala y fuera mi hija, no me dio la sangre.

(Entra Josefa, le pone llave al portón)


Escena 13 (Josefa y Doctor Cuenca)

Josefa
Mejor así para que no entren más heridos doctor.

Doctor Cuenca
Pero yo tengo que irme.

Josefa
Lo siento mucho pero está muy peligroso afuera.

(Entra Emilia, sale el doctor y Josefa)



Escena 14 (Emilia, Doctor Cuenca, Daniel Cuenca)

Emilia
Voy a ver a mi enfermo.

(Vela al enfermo por algunos segundos, se queda dormida. Los demás también se van a dormir. Empieza a sonar la puerta como si la estuvieran abriendo. Emilia mira por la ventana. Entra Daniel a su cuarto. Se miran y no se hablan. Se besan y abrazan, pero no se hablan. Entra el doctor y abraza a su hijo)

Doctor Cuenca
Cuando amanezca se habla. (Sale)

(Emilia y Daniel siguen en su encuentro)




Acto segundo, escena 1 (Todos los personajes, a excepción del herido)

Relator
Luego de la apasionada noche, los Sauri  están ya casi terminando el desayuno.

Daniel
Y como ya habrán sabido, vengo a llevarme a quien quiera irse conmigo.

Doctor Cuenca
Ya yo no quiero que tengan ustedes más preocupaciones de las que ya hay. Mi presencia en este lugar solamente trae más en qué pensar y yo se lo agradezco mucho, pero es hora de que me vaya.

(Se despiden todos)

Doctor Cuenca
(Abrazando a Emilia) Los médicos no sabemos más de lo que vamos sabiendo con la vida. (La suelta)

(Daniel toma del brazo a su papá y mirando a Emilia, caminan hacia la puerta)

Daniel
Ya tú sabes

Emilia
¿Irás a la guerra?

Daniel
No habrá guerra.

(Se van, cierran la puerta y el telón)

FIN

jueves, 28 de julio de 2011

Fideos a la Terra Nostra

Ingredientes:

  • Fideos
  • Tomates
  • Ajo
  • Albahaca
  • Laurel
  • Morrón
  • Ají
  • Orégano
  • Cebolla
  • Zanahoria
  • Sal
  • Azúcar
  • Aceite
Preparación. 
Cocine los fideos con laurel y albahaca. Para la salsa, haga lo siguiente. Fría con poca aceite, sal y azúcar en un sartén la cebolla en juliana. Agregue el orégano, ajo y ají cacho de cabra, ambos picados y a gusto propio. Una vez rallados los tomates agréguelos al sartén, agregue más azúcar para que la mezcla pierda la acidez. Añada el morrón también en juliana, albahaca y laurel. Si desea añada también un poco de salsa en sobre. Cuando haya hervido la mezcla, entonces sirva y disfrute. Si su plato desprende una esencia de tierra en su boca, pues entonces lo logró. 

lunes, 18 de julio de 2011

Hecho el amor

Y así mis manos se entregan al arte,
Para decirte te quiero, para diluirse
Bajo cielos de lunas y enfrentarte;
Aunque vea mil infiernos encima venirse.

Fría es la noche que a la luna alta sostiene;
fuerte el invierno que entume las almas
Mas siempre lo oscuro se hace día perenne
Y para mi primavera, no hay frío que valga.

Mi amor como un manto generoso te envuelve,
Se vuelve un abrazo en tu cuerpo dorado,
Y absorto contemplas mi dulce tornado
Que quita las hojas del otoño imprudente.

Mira. Bien sabes mirar. Ve los días inmensos, la lluvia, el sol.
Contempla como la vida se impone a la muerte en un segundo.
Siente esta poesía ebria, sus dedos, su aliento, su modo atroz.
Toma mi mano. Besa mis labios. Quema mi carne. Conquista el mundo.

Grita, gime, retén, explota, desmáyate como un último encuentro.
Goza, llora, toca mi ser entero, este escalofrío sienta tu piel;
Hazlo que mi sudor es agua bendita que Dios da a tu cuerpo.
El impulso de tu cadera el dolor lo hace amor, y el amor al sexo lo hace miel.

Que no se detenga esta lucha vibrante, esta danza nutre mi bien.
Es canción melodiosa que sale de mis oídos, el sabor de tu lengua.
Y el vaivén eterno mis manos lleva a tu cabeza haciendo ayer, el ayer.
Ni tus ríos inmensos, ni el sabor de tu piel, a mi calor su ira le menguan;
Apaciguan, tan sólo, mi somas y aumentan mi consciencia de ser.

Taladra mi alma en la guerra sexual, abre tus ojos, mírame, taládrame el ver.
Grita, déjame tu aliento sentir, tu saliva probar, destruye el universo.
Tú, que en mi mirada te hiciste eterno, en tu orgasmo, insisto, mírame bien.
Yo, en mis adentros estoy hecho el amor y de amor me hice verso también.

Sea noche o sea el sol, sobre tu alma mi alma se echa a dormir;
Y como después de la muerte, no hay comienzo ni hay fin.

jueves, 23 de junio de 2011

Nahuel


III
Un ramo de flores de campo en la tumba se cubrió de tierra hasta que el cajón que guardaba los restos mortales de Juvenal quedó para siempre sepultado tres metros bajo superficie en el cementerio Eternidad. La lluvia se echó a limpiar el aire y a humedecer los olores del campo. De vuelta a casa y con uno menos, Edecia no sabía qué hacer y por dos días de profunda reflexión y dolor olvidó dar de comer a los hijos hasta que la que llevaba dentro a patadas le proporcionó un golpe de hambre. Hizo cazuela a la gallina más gorda que encontró y abrió las cortinas para mirar la lluvia que todavía no cesaba mientras con sus hijos almorzaban en un silencio cruel en que los llantos silenciosos salaban lo que comían y el choque del servicio con la loza trisada era el sonido que hacía más presencia que los comensales. Antes de terminar, oyeron los gritos de una mujer llamando a la puerta. Era Anita María que le había prometido el día del funeral no dejarla sola por lo menos en aquel momento. Era Domingo. Conversaron a solas mientras los niños jugaban en el patio cuando escampaba y finalmente Anita María convenció a Edecia de que los niños deberían ir a la escuela sobretodo si ella se encontraba en gravidez, puesto que era evidente solo al mirar su cara manchada y su ensanchamiento de caderas. De la raza de esta familia estoica, los tres varones eran los primeros en recibir educación en una escuela pública. Los primeros días tuvieron que asistir con la misma ropa y se resfriaron de inmediato frente a las heladas mañanas que sus cuerpos poco abrigados debían soportar. Los tres hermanos quedaron en el mismo curso, pues a pesar de que sabían leer y escribir, no había un documento que así lo certificara y Anita María estaba más ocupada en conseguirles ropa y cuadernos entre los vecinos del pueblo que en nivelarles según sus competencias. Adaptarse a un nuevo sistema se les hizo difícil a raíz de la poca costumbre a una rutina y a compartir con niños que no fueran uno de sus hermanos. No obstante, con el pasar de las semanas, la escuela les convidó la socialización con otros infantes y la presencia de Victoria ayudó a afianzar los lazos y reintegrarse en menos de tres meses a la vida de la escuela. A ellos les servía en tanto la escuela era un lugar que no tenía cómo recordarles a su padre Juvenal y en cierto aspecto fueron llenando un espacio vacío con amistades y nuevas vivencias. Edecia tuvo que pagar los costos de esta nueva etapa en la vida de sus tres hijos. Estaba preñada, viuda y pasaba las mañanas sola torturándose en cómo iba a hacerlo sin la compañía de un esposo. En ocasiones gritaba de rabia porque no encontraba alimento suficiente en la huerta para alimentar a sus hijos y demente continuaba en su histeria caminando al cementerio para reclamarle a Juvenal su estado actual, su pobreza y desdicha.

Poco a poco la barriga de Edecia fue creciendo y los tres niños evidenciaron que vendría a la familia un nuevo integrante. Llenaron de preguntas a su madre, pero ella no tenía cómo explicarles cómo se hacían los hijos ni menos con un padre muerto. “Dejen de preguntarme a mí esas cosas, es Dios el que decide estas cosas” respondía ella con fuerza.
-       ¿Cuándo va a nacer nuestro hermano, mamá?- preguntó Garcilaso.
-       ¿Y si es mujer?- sugirió Marcelo Nahuel.
-       Coman, que se les va a enfriar la comida- les interrumpió ella con fuerza, pero dolida entera.

Un viernes de aquel invierno llegó junto a los tres niños la maestra Anita María y Victoria con un canasto con comida y dos gallos gordos para comer y acompañar el escaso frito de cebollas que Edecia tenía preparado en su sartén. La dueña de casa se sintió alegre luego de tantos días de vida triste y soledad. Como nunca se soltó en un abrazo a Anita María en gesto de gratitud. Mientras los niños jugaban y comentaban las prácticas tiránicas del director de la escuela, las dos mujeres conversaron de cómo sus madres le habían enseñado a preparar cazuelas y las formas menos crueles de matar a los animales para cocinarlos; de la sal, de la cocción del agua, de los hijos, del clima, del radioteatro, de la Virgen, de Dios y el diablo, de la mujer desnuda con cola que se les apareció en la ventana cuando su esposo aún estaba con vida. No se habían dado cuenta de que poco a poco el tiempo las fue haciendo amigas. Cuando el almuerzo estuvo listo eran casi las tres de la tarde y los niños se habían quedado dormidos del hambre, sin embargo el dulce llamado de Edecia los despertó y es que desde antes de que muriera Juvenal no escuchaban a esa madre cariñosa que creyeron perdida. Mientras se servían los platos en la mesa, Anita María comunicó a Edecia el propósito de esa visita inesperada.
- ¿Sabe Edecia?, estuve conversando con el director de la escuela y me dijo que necesitaba personal de aseo. ¿Le gustaría trabajar con nosotros?
- ¿Yo?, pero como se le ocurre misia, yo nunca he trabajado, ni menos en una escuela, además que estoy embarazada y no puedo hacer mucho trajín.
- Pero véalo por el lado de que va a estar cerca de sus hijos, va a salir de la casa y pensar menos en su difunto esposo y no gratis, le van a pagar una platita que ahora no tiene y va a necesitar- inquirió la maestra indicando el vientre de Edecia.
- Tendría que pensarlo, porque dígame usted oiga, quién me va a cuidar acá el rancho pues. Yo puedo no ser nada muy letrada, pero ahora que estoy sola, no puedo tomar las decisiones sin pensarlo.
- ¡No está sola mujer! Me tiene a mí. De acuerdo. Piénselo.

Aquella tarde hubo sol y se sirvieron el almuerzo escuchando el sonido de los pájaros que venían del norte. Terminada la comida, los niños partieron a jugar con un balón que había guardado en el cuarto de los castigos. Las mujeres, mientras, empezaron a preparar el pan amasado con los ingredientes que Anita María consiguió en el pueblo cuando por fuera de casa vieron pasar varios camiones del ejército de Chile camino a la costa.
-       Andan haciendo tonteras, metiéndose en lesuras, andan todos esos que se llevan. Nosotros somos gente de campo, qué tenemos que ver con las cuestiones de la ciudad.- comentó Edecia.
-       No es eso, chata, no es eso. Es gente que lucha por lo que cree justo, por vivir en un país libre y democrático. No veo por qué el castigo a pensar deba ser morir- sugirió la profesora.
-       ¡Ay, no sé nada de eso yo oiga! Esto es el campo, somos pobres, el que quiere comer trabaja. Uno nace para trabajar el campo, con los animales y el sembrao y así uno sobrevive acá. Yo todo lo feliz que he sido lo he sido sin libro y así como me ve. Además que esos revoltosos son puros de allá de Santiago que se vinieron a esconder al campo. ¡A lo hecho pecho pues doña!
-       Comprendo su punto de vista Edecia, pero tengo la esperanza de que algún día encontrará en ellos la razón. A ellos los van a matar y nadie los podrá defender. Hagamos lo que hagamos, creamos lo que creamos, todos merecemos una defensa porque todos guardamos el derecho a equivocarnos- dijo Anita María.
-       No sé nada yo, yo veo por mis hijos y por mí misia. Y más ahora que voy a entrar a trabajar a la escuela suya pues oiga.

La pequeña escuela del pueblo se situaba sobre un terreno seco, entre árboles pobres de verde. La lluvia no lograba quitar todo el polvo que levantaba el galope vigoroso de los caballos y el día que Edecia entró a la escuela a trabajar como auxiliar de aseo hacía un frío perverso que nacía en los huesos y terminaba en los respiros de las personas. Muchas veces a la entrada yacían los restos de perros y gatos que no toleraban las bajas de temperaturas del invierno y a menudo los infantes jugaban con ellos en los recreos. Cierta mañana luego de que Edecia terminara de limpiar el baño de hombres sufrió una descompensación que la llevó al piso en un profundo desmayo del cual solo despertó horas después en la sala que los profesores tenían como lugar de reunión. Allí se encontró rodeada de Anita María y el doctor Aiko Zaijiain que estaba de paso por el pueblo y conocía a la maestra desde Santiago.
-       Debes alimentarte mejor mujer, estás en preñez y veo que te faltan kilos- dijo el médico con un acento difícil.
-       ¿Qué me pasó Dios mío santo?
-       Te desmayaste. Dice el doctor que es importante que tengas una buena alimentación porque al parecer no tomas desayuno Edecia.
-       Pero si yo nunca he tomado desayuno y mire usted que tengo a mis tres hijos de lo más bien- respondió Edecia.
-       ¡Y usted doctor parece que no es nada de acá de Chile!
-       No, yo vengo de China, estoy trabajando en este país desde hace unos años y trato de juntar el dinero para traer a mi hijo que está con mis padres.
-       Pero mire usted, si no, se ha venido a meter al lugar menos apropiado- le advirtió Edecia.
-       Pues bien me doy cuenta, todo se me hace difícil en este país. De todos modos Ozún, se vendrá conmigo como sea y con el régimen que sea- aseguró el doctor.
-       ¡Allá usted pues don! Mucho gusto, yo ahora voy a terminar de trabajar antes de que me den la una de la tarde, mire que el jefe es re malas pulgas y no le va a costar nadita ponerme patitas en la calle.
-       No Edecia, te iré a dejar a la tu casa en el auto del doctor. Él es mi amigo y no hay problemas, le va a explicar al director de que no puedes seguir trabajando por hoy, él comprenderá.
-       Es que yo no puedo oiga, a mí me gusta cumplir y sobretodo ahora que ya no tengo la plata de los comerciantes.
-       ¡Yo te estoy apoyando mujer necia! En casa te prepararé un rico charquicán. Tu hija debe estar deshaciéndose allí dentro.
-       ¿Y cómo sabe usted que es niñita mujer?
-       Se me ocurre. Intuición femenina.
-       Imposible saberlo- dijo Aiko Zaijiain cuando se subían al carro.

Doña Edecia, doña Edecia se le quedan los niños, gritó Manuel, el portero de la escuela que se unió luego a la risotada colectiva por tal descuido. Luego en casa, el doctor Aiko Jiain pronosticó que faltaban alrededor de tres meses para el nacimiento de la nueva criatura. En el almuerzo el doctor contó su vida y de por qué prefería estar en Chile a pesar de que afuera se siguieran sintiendo los camiones rumbo al mar. Otros se detenían en el desierto. Enseñó a los niños a contar en chino mandarín y compartió las vivencias de su viaje. En la noche él debía marcharse y procuró volver cerca de tres meses para asistirla en el parto.
-       ¡Muchas gracias doctor, Dios lo bendiga!- dijo Edecia.
-       Dios no existe mamá- le dijo Nicolás.
-       ¡Cállate niño insensato- respondió su madre – te va a llevar el diablo ya sabes ya!
-       No le tengo miedo porque tampoco existe.
-       Porque no lo has visto, yo sí. Y ya silénciate mira que hoy es viernes.
-       ¡La quiero mucho mamita!- dijo Nicolás junto a un abrazo.
-       ¡Sientan hijos, Marisol se está moviendo!
-       ¿Cuál Marisol mamá?- dijeron al unísono Marcelo Nahuel y Garcilaso.
-       La que llevo acá adentro pues niños.

Una semana se anticipó Marisol en llegar a los brazos de Edecia que empezó a contar los tres meses que le había dicho el doctor. Sin embargo, cuando conversaba con Manuel sintió las contracciones que indicaban la inminencia del parto y casi por coincidencia terminó pariendo en el mismo lugar en que le asistieron el desmayo. En la semana siguiente llegó el doctor a cumplir lo pactado, encontrándose con la sorpresa de que la pequeña Marisol, cuya belleza era indiscutible, no le importaba la ciencia, sino sólo seguir sus deseos y corazonadas tal como en el futuro ello le traería el candado al destino.

Cuando Marisol llevaba un mes de vida ya era primavera y Edecia no pudo seguir trabajando los primeros dos, se aproximó una tragedia fatal. Tal situación la obligaba de cierto modo a abandonar algo el cuidado de los otros hijos. Eran épocas de inmensa pobreza puesto que sólo se sustentaba con la caridad de su amiga Anita María y de lo poco que quién sabía por qué y cómo no estaba entregando como lo hacía antes con tanto amor. Fue en un miércoles nefasto en que a la una de la tarde cuando terminaba Edecia de cocer las papas asomó un grito a la puerta de Manuel, el portero de la escuela que le preguntó por qué los niños no habían ido a las clases y que todos estaban muy preocupados porque los tres hermanos jamás habían faltado a aprender.

Después de horas de búsqueda y ya en casa, una piedra envuelta en un papel azotó en la puerta dejando un gran ruido que despertó a Marisol. Eran las diez de la noche cuando Anita María le leyó a Edecia el cruel mensaje: “Tus hijos estarán bien. Llora, llora mucho porque no los volverás a ver jamás. Si vas a la policía, los matamos.”
A pesar de que fueron a ver quién había lanzado la piedra con el mensaje, no encontraron a nadie.
-       ¿Por qué?- sollozaba Edecia.
-       Llora, llora no más- atinó Anita María.

viernes, 20 de mayo de 2011

De mis muertos


Tengo ganas de mirar el piso y llorar.
Tengo ganas de lo imposible
Como resucitar muertos y echar el tiempo atrás.

Tengo ganas de revolcarme, de abrirme el cuerpo
De ver el cielo vacío y gritar un dolor ciego.

Tengo un pedazo de alma intranquila
Como el ave que no sabe volar,
Tengo una ruta sin ser recorrida,
Pero peor, una rabia a lo natural.

Oscura muerte que al infinito los lleva.
Madrastra memoria que recuerdos me das
Tengo tristeza incurable en las venas
Como una frágil medicina, que surte su efecto y luego se va.

Del vil cementerio yo salí con los ojos mojados
Dejando su cuerpo en un ancho solar,
Y hoy como si ayer hubiera sido,
Extraño su todo, su esencia inmortal.