Versos

"Yo no protesto pormigo porque soy muy poca cosa, reclamo porque a la fosa van las penas del mendigo. A Dios pongo por testigo de que no me deje mentir, no hace falta salir un metro fuera de la casa para ver lo que aquí nos pasa y el dolor que es el vivir." (Violeta Parra en Décimas, autobiografía en versos)

jueves, 23 de junio de 2011

Nahuel


III
Un ramo de flores de campo en la tumba se cubrió de tierra hasta que el cajón que guardaba los restos mortales de Juvenal quedó para siempre sepultado tres metros bajo superficie en el cementerio Eternidad. La lluvia se echó a limpiar el aire y a humedecer los olores del campo. De vuelta a casa y con uno menos, Edecia no sabía qué hacer y por dos días de profunda reflexión y dolor olvidó dar de comer a los hijos hasta que la que llevaba dentro a patadas le proporcionó un golpe de hambre. Hizo cazuela a la gallina más gorda que encontró y abrió las cortinas para mirar la lluvia que todavía no cesaba mientras con sus hijos almorzaban en un silencio cruel en que los llantos silenciosos salaban lo que comían y el choque del servicio con la loza trisada era el sonido que hacía más presencia que los comensales. Antes de terminar, oyeron los gritos de una mujer llamando a la puerta. Era Anita María que le había prometido el día del funeral no dejarla sola por lo menos en aquel momento. Era Domingo. Conversaron a solas mientras los niños jugaban en el patio cuando escampaba y finalmente Anita María convenció a Edecia de que los niños deberían ir a la escuela sobretodo si ella se encontraba en gravidez, puesto que era evidente solo al mirar su cara manchada y su ensanchamiento de caderas. De la raza de esta familia estoica, los tres varones eran los primeros en recibir educación en una escuela pública. Los primeros días tuvieron que asistir con la misma ropa y se resfriaron de inmediato frente a las heladas mañanas que sus cuerpos poco abrigados debían soportar. Los tres hermanos quedaron en el mismo curso, pues a pesar de que sabían leer y escribir, no había un documento que así lo certificara y Anita María estaba más ocupada en conseguirles ropa y cuadernos entre los vecinos del pueblo que en nivelarles según sus competencias. Adaptarse a un nuevo sistema se les hizo difícil a raíz de la poca costumbre a una rutina y a compartir con niños que no fueran uno de sus hermanos. No obstante, con el pasar de las semanas, la escuela les convidó la socialización con otros infantes y la presencia de Victoria ayudó a afianzar los lazos y reintegrarse en menos de tres meses a la vida de la escuela. A ellos les servía en tanto la escuela era un lugar que no tenía cómo recordarles a su padre Juvenal y en cierto aspecto fueron llenando un espacio vacío con amistades y nuevas vivencias. Edecia tuvo que pagar los costos de esta nueva etapa en la vida de sus tres hijos. Estaba preñada, viuda y pasaba las mañanas sola torturándose en cómo iba a hacerlo sin la compañía de un esposo. En ocasiones gritaba de rabia porque no encontraba alimento suficiente en la huerta para alimentar a sus hijos y demente continuaba en su histeria caminando al cementerio para reclamarle a Juvenal su estado actual, su pobreza y desdicha.

Poco a poco la barriga de Edecia fue creciendo y los tres niños evidenciaron que vendría a la familia un nuevo integrante. Llenaron de preguntas a su madre, pero ella no tenía cómo explicarles cómo se hacían los hijos ni menos con un padre muerto. “Dejen de preguntarme a mí esas cosas, es Dios el que decide estas cosas” respondía ella con fuerza.
-       ¿Cuándo va a nacer nuestro hermano, mamá?- preguntó Garcilaso.
-       ¿Y si es mujer?- sugirió Marcelo Nahuel.
-       Coman, que se les va a enfriar la comida- les interrumpió ella con fuerza, pero dolida entera.

Un viernes de aquel invierno llegó junto a los tres niños la maestra Anita María y Victoria con un canasto con comida y dos gallos gordos para comer y acompañar el escaso frito de cebollas que Edecia tenía preparado en su sartén. La dueña de casa se sintió alegre luego de tantos días de vida triste y soledad. Como nunca se soltó en un abrazo a Anita María en gesto de gratitud. Mientras los niños jugaban y comentaban las prácticas tiránicas del director de la escuela, las dos mujeres conversaron de cómo sus madres le habían enseñado a preparar cazuelas y las formas menos crueles de matar a los animales para cocinarlos; de la sal, de la cocción del agua, de los hijos, del clima, del radioteatro, de la Virgen, de Dios y el diablo, de la mujer desnuda con cola que se les apareció en la ventana cuando su esposo aún estaba con vida. No se habían dado cuenta de que poco a poco el tiempo las fue haciendo amigas. Cuando el almuerzo estuvo listo eran casi las tres de la tarde y los niños se habían quedado dormidos del hambre, sin embargo el dulce llamado de Edecia los despertó y es que desde antes de que muriera Juvenal no escuchaban a esa madre cariñosa que creyeron perdida. Mientras se servían los platos en la mesa, Anita María comunicó a Edecia el propósito de esa visita inesperada.
- ¿Sabe Edecia?, estuve conversando con el director de la escuela y me dijo que necesitaba personal de aseo. ¿Le gustaría trabajar con nosotros?
- ¿Yo?, pero como se le ocurre misia, yo nunca he trabajado, ni menos en una escuela, además que estoy embarazada y no puedo hacer mucho trajín.
- Pero véalo por el lado de que va a estar cerca de sus hijos, va a salir de la casa y pensar menos en su difunto esposo y no gratis, le van a pagar una platita que ahora no tiene y va a necesitar- inquirió la maestra indicando el vientre de Edecia.
- Tendría que pensarlo, porque dígame usted oiga, quién me va a cuidar acá el rancho pues. Yo puedo no ser nada muy letrada, pero ahora que estoy sola, no puedo tomar las decisiones sin pensarlo.
- ¡No está sola mujer! Me tiene a mí. De acuerdo. Piénselo.

Aquella tarde hubo sol y se sirvieron el almuerzo escuchando el sonido de los pájaros que venían del norte. Terminada la comida, los niños partieron a jugar con un balón que había guardado en el cuarto de los castigos. Las mujeres, mientras, empezaron a preparar el pan amasado con los ingredientes que Anita María consiguió en el pueblo cuando por fuera de casa vieron pasar varios camiones del ejército de Chile camino a la costa.
-       Andan haciendo tonteras, metiéndose en lesuras, andan todos esos que se llevan. Nosotros somos gente de campo, qué tenemos que ver con las cuestiones de la ciudad.- comentó Edecia.
-       No es eso, chata, no es eso. Es gente que lucha por lo que cree justo, por vivir en un país libre y democrático. No veo por qué el castigo a pensar deba ser morir- sugirió la profesora.
-       ¡Ay, no sé nada de eso yo oiga! Esto es el campo, somos pobres, el que quiere comer trabaja. Uno nace para trabajar el campo, con los animales y el sembrao y así uno sobrevive acá. Yo todo lo feliz que he sido lo he sido sin libro y así como me ve. Además que esos revoltosos son puros de allá de Santiago que se vinieron a esconder al campo. ¡A lo hecho pecho pues doña!
-       Comprendo su punto de vista Edecia, pero tengo la esperanza de que algún día encontrará en ellos la razón. A ellos los van a matar y nadie los podrá defender. Hagamos lo que hagamos, creamos lo que creamos, todos merecemos una defensa porque todos guardamos el derecho a equivocarnos- dijo Anita María.
-       No sé nada yo, yo veo por mis hijos y por mí misia. Y más ahora que voy a entrar a trabajar a la escuela suya pues oiga.

La pequeña escuela del pueblo se situaba sobre un terreno seco, entre árboles pobres de verde. La lluvia no lograba quitar todo el polvo que levantaba el galope vigoroso de los caballos y el día que Edecia entró a la escuela a trabajar como auxiliar de aseo hacía un frío perverso que nacía en los huesos y terminaba en los respiros de las personas. Muchas veces a la entrada yacían los restos de perros y gatos que no toleraban las bajas de temperaturas del invierno y a menudo los infantes jugaban con ellos en los recreos. Cierta mañana luego de que Edecia terminara de limpiar el baño de hombres sufrió una descompensación que la llevó al piso en un profundo desmayo del cual solo despertó horas después en la sala que los profesores tenían como lugar de reunión. Allí se encontró rodeada de Anita María y el doctor Aiko Zaijiain que estaba de paso por el pueblo y conocía a la maestra desde Santiago.
-       Debes alimentarte mejor mujer, estás en preñez y veo que te faltan kilos- dijo el médico con un acento difícil.
-       ¿Qué me pasó Dios mío santo?
-       Te desmayaste. Dice el doctor que es importante que tengas una buena alimentación porque al parecer no tomas desayuno Edecia.
-       Pero si yo nunca he tomado desayuno y mire usted que tengo a mis tres hijos de lo más bien- respondió Edecia.
-       ¡Y usted doctor parece que no es nada de acá de Chile!
-       No, yo vengo de China, estoy trabajando en este país desde hace unos años y trato de juntar el dinero para traer a mi hijo que está con mis padres.
-       Pero mire usted, si no, se ha venido a meter al lugar menos apropiado- le advirtió Edecia.
-       Pues bien me doy cuenta, todo se me hace difícil en este país. De todos modos Ozún, se vendrá conmigo como sea y con el régimen que sea- aseguró el doctor.
-       ¡Allá usted pues don! Mucho gusto, yo ahora voy a terminar de trabajar antes de que me den la una de la tarde, mire que el jefe es re malas pulgas y no le va a costar nadita ponerme patitas en la calle.
-       No Edecia, te iré a dejar a la tu casa en el auto del doctor. Él es mi amigo y no hay problemas, le va a explicar al director de que no puedes seguir trabajando por hoy, él comprenderá.
-       Es que yo no puedo oiga, a mí me gusta cumplir y sobretodo ahora que ya no tengo la plata de los comerciantes.
-       ¡Yo te estoy apoyando mujer necia! En casa te prepararé un rico charquicán. Tu hija debe estar deshaciéndose allí dentro.
-       ¿Y cómo sabe usted que es niñita mujer?
-       Se me ocurre. Intuición femenina.
-       Imposible saberlo- dijo Aiko Zaijiain cuando se subían al carro.

Doña Edecia, doña Edecia se le quedan los niños, gritó Manuel, el portero de la escuela que se unió luego a la risotada colectiva por tal descuido. Luego en casa, el doctor Aiko Jiain pronosticó que faltaban alrededor de tres meses para el nacimiento de la nueva criatura. En el almuerzo el doctor contó su vida y de por qué prefería estar en Chile a pesar de que afuera se siguieran sintiendo los camiones rumbo al mar. Otros se detenían en el desierto. Enseñó a los niños a contar en chino mandarín y compartió las vivencias de su viaje. En la noche él debía marcharse y procuró volver cerca de tres meses para asistirla en el parto.
-       ¡Muchas gracias doctor, Dios lo bendiga!- dijo Edecia.
-       Dios no existe mamá- le dijo Nicolás.
-       ¡Cállate niño insensato- respondió su madre – te va a llevar el diablo ya sabes ya!
-       No le tengo miedo porque tampoco existe.
-       Porque no lo has visto, yo sí. Y ya silénciate mira que hoy es viernes.
-       ¡La quiero mucho mamita!- dijo Nicolás junto a un abrazo.
-       ¡Sientan hijos, Marisol se está moviendo!
-       ¿Cuál Marisol mamá?- dijeron al unísono Marcelo Nahuel y Garcilaso.
-       La que llevo acá adentro pues niños.

Una semana se anticipó Marisol en llegar a los brazos de Edecia que empezó a contar los tres meses que le había dicho el doctor. Sin embargo, cuando conversaba con Manuel sintió las contracciones que indicaban la inminencia del parto y casi por coincidencia terminó pariendo en el mismo lugar en que le asistieron el desmayo. En la semana siguiente llegó el doctor a cumplir lo pactado, encontrándose con la sorpresa de que la pequeña Marisol, cuya belleza era indiscutible, no le importaba la ciencia, sino sólo seguir sus deseos y corazonadas tal como en el futuro ello le traería el candado al destino.

Cuando Marisol llevaba un mes de vida ya era primavera y Edecia no pudo seguir trabajando los primeros dos, se aproximó una tragedia fatal. Tal situación la obligaba de cierto modo a abandonar algo el cuidado de los otros hijos. Eran épocas de inmensa pobreza puesto que sólo se sustentaba con la caridad de su amiga Anita María y de lo poco que quién sabía por qué y cómo no estaba entregando como lo hacía antes con tanto amor. Fue en un miércoles nefasto en que a la una de la tarde cuando terminaba Edecia de cocer las papas asomó un grito a la puerta de Manuel, el portero de la escuela que le preguntó por qué los niños no habían ido a las clases y que todos estaban muy preocupados porque los tres hermanos jamás habían faltado a aprender.

Después de horas de búsqueda y ya en casa, una piedra envuelta en un papel azotó en la puerta dejando un gran ruido que despertó a Marisol. Eran las diez de la noche cuando Anita María le leyó a Edecia el cruel mensaje: “Tus hijos estarán bien. Llora, llora mucho porque no los volverás a ver jamás. Si vas a la policía, los matamos.”
A pesar de que fueron a ver quién había lanzado la piedra con el mensaje, no encontraron a nadie.
-       ¿Por qué?- sollozaba Edecia.
-       Llora, llora no más- atinó Anita María.

viernes, 20 de mayo de 2011

De mis muertos


Tengo ganas de mirar el piso y llorar.
Tengo ganas de lo imposible
Como resucitar muertos y echar el tiempo atrás.

Tengo ganas de revolcarme, de abrirme el cuerpo
De ver el cielo vacío y gritar un dolor ciego.

Tengo un pedazo de alma intranquila
Como el ave que no sabe volar,
Tengo una ruta sin ser recorrida,
Pero peor, una rabia a lo natural.

Oscura muerte que al infinito los lleva.
Madrastra memoria que recuerdos me das
Tengo tristeza incurable en las venas
Como una frágil medicina, que surte su efecto y luego se va.

Del vil cementerio yo salí con los ojos mojados
Dejando su cuerpo en un ancho solar,
Y hoy como si ayer hubiera sido,
Extraño su todo, su esencia inmortal. 

martes, 5 de abril de 2011

El ángel de la guarda


Todos tenemos un ángel de la guarda. Me imagino que a ellos no les gusta ver a sus protegidos tristes, confundidos, amargados.

No conozco al mío, pero sé que existe y que lo quiero.
A veces lo descubro velándome el sueño
Y a veces le siento una caricia leve en mi rostro triste.
Cuando cansado me dejo caer, siento cómo me asiste
Y cómo se esconde cuando por la rabia me dejo vencer.

Ángel de la guarda, dulce compañía desampárame cuando no merezca tu amparo, cuando tengas ganas de conquistar más ángeles o cuando no te guste el programa de radio que escucho. Si no te gusta mi ideología apolítica puedes no tolerarme y pedir cambiar de protegido porque a veces tampoco yo me soporto y creo que no es justo que un buen ser como tú tenga que entender a mi mal humor y figura de compungido. Tienes libertad. No soy tu jefe. Soy tu amigo y comprendo que a veces te aburras de mí. Dile a Dios que siempre te voy a necesitar porque vivo en la indefensión, pero que estoy grande y me he vuelto malagradecido, te llamo y te quiero cuando voy de noche en las calles arriesgando mi vida, cuando estoy en aprietos. Pero me olvido de darte las gracias cuando tengo logros y dicha. No merezco, definitivamente que no, que me protejas ni que seas tan bueno. Tengo una pieza desastrosa en la que duermo y jamás me he preocupado de tenerte un asiento decente para que mires las osadías que cometo en las noches, para que te sacrifiques oliendo mis sueños y esperando que llegue el sol. ¿Te vas cuando amanece? ¿Duermes, chato? ¿Cómo te llamas? Yo te daré un nombre porque los que salen el las revistas del esoterismo son difíciles de recordar. Samuel. ¿Por qué no se alzan en huelga? ¿Cómo les paga Dios?

Ángel de la guarda, dulce compañía
No me desampares ni de noche ni de día,
Ni en la hora de mi muerte. Amén.

Claramente que esa es la ofensa más oprobiosa que podríamos hacerle a ustedes. ¿Qué nos creemos? Pecamos de sol a sol, de punta a cabo, no lo reconocemos, hacemos daño y además pedimos protección divina por toda la vida sin dar nada a cambio. Samuel, ángel de la guarda y dulce compañía, gracias por tus cuidados, por tu comprensión y por luchar en las noches con los malos espíritus que me quieren dañar. Y más gracias porque a pesar de que te doy la posibilidad de irte, de hacer tu vida, me has demostrado lealtad de perro fiel. No te vas y sigo sintiendo en mi serenidad tu presencia en el gorjeo de las aves de la tarde. Sólo prométeme que si un día te marchas, me vas a buscar el día en que me muera y te me hagas visible para ser buenos amigos por el resto de la eternidad. ¿Cuál es tu edad? En ocasiones, cuando veo luces blancas y fugaces, digo que eres tú y quieres jugar. Creo haberte visto una vez en la playa y a propósito, disculpa por traerte a un lugar tan inhóspito y no habernos quedado en mi linda ciudad del norte. Ojalá que hayas hecho nuevas amistades como las he hecho yo y puedas jugar con los otros ángeles de la guarda de mis amigos, de mis compañeros de la universidad. Y en el amor, espero que tengas mejor suerte que la poca y nada que he tenido yo. Tal vez ya te he visto y te he mirado mucho, no te incomodes, así soy yo. Tengo debilidad ante los seres bellos. ¿Cómo lo haces en el Metro si hay literalmente no cabe ni un alma como para poner a todos los ángeles de la guarda de todos los pasajeros? Comprendo. Algunos son ángeles de la guarda, pero como no lo podemos saber, creemos que son seres humanos como nosotros. Eso es. ¿Estudias la misma carrera que yo? Porque debes entrar a todas las clases que tomo. Un ángel que estudia Administración Pública. Tengo profesores y amigos que no creen en ti, ni en sus ángeles guardianes, al menos yo sí creo y eso es una razón para que estés feliz. Dale mis palabras de aliento a los ángeles de los ateos… en algún momento se aferrarán a la vida y volverán del lado de Dios padre (pero Dios, sin iglesias ni pastores).
Ángel de la guarda que te llamas Samuel
Dulce compañía como el noble sabor de una nuez
Me has protegido desde antes de nacer
Me abrazaste cuando desconsolado yo lloré.
Sea noche o sea día, seas hombre o mujer
Eres amplia melodía, con tu arpa sabor a miel
Gracias por las dichas concedidas
Gracias por saberme comprender.

domingo, 27 de marzo de 2011

Nahuel


II
            Me llamo Nahuel, tengo veinte años y no sé bien cómo describirme. Al menos puedo decir que soy alto, de contextura normal, velludo, llevo bigotes, mis ojos son verdes, la nariz es recta y aguda, de color moreno que a la mínima pizca de luz se tuesta, mi pelo está entre el negro y el castaño oscuro, los pómulos se pronuncian medio centímetro más del promedio de la población, mis cejas se alinean en una recta que sube a la mitad  quiebra repentinamente para bajar al ceño, mis labios son casi pálidos casi rojos, tengo mis dientes completos, tengo un torso ancho y bien trabajado, mis glúteos son algo elevados y no me acomplejan como al muchos hombres, mis piernas son de músculos pronunciados y arqueadas. Me gusta usar lentes de sol, vestir ropas holgadas, con un estilo andino, y que nada sea muy rígido porque en un lugar como en el que vivo, sentir la ausencia de una brisa mínima de viento idiotiza. Soy universitario y ocupo en los veranos el tiempo para leer lo que en el año académico no puedo, más que todo cuentos, novelas, historias de terror, misterio, amores viejos y de tiempos coloniales. Mi medio de transporte favorito es mi bicicleta, fiel bípedo que aún no caduca. No creo en Dios. Y soy políticamente ateo. Sin embargo no me conozco completamente y la única característica que con paradoja puedo asegurar es mi timidez e inseguridad. Como no sé eso que otros hacen tan bien tomaré las palabras de quienes me conocen. Mi madre opina soy indeciso e inseguro desde que nací, pues, como siempre lo relata me demoré hasta el último día de la última semana en producir las contracciones. En el momento del parto, sólo cuando el doctor mencionó la palabra fórceps me aventuré a salir del útero de mi madre. Mi padre, en cambio, para describir mi característica ejemplifica con que no sé lo que quiero pues un hombre que ha dejado pasar tantas mujeres a mi edad no puede ser más que un inseguro, sin cojones o que sin más pensar, no gusta de las mujeres. Él es médico cirujano, se llama Gonzalo Zaijiain y me trajo a la vida cuando caminaba en los treinta y tres años.

            Como cuenta la abuela Edecia, cuando vivían en el campo y el abuelo Juvenal aún estaba con vida llegó una época en que todo se les hizo más difícil. Los negocios que hacían con los feriantes iban de mal en peor, todas las mañanas acudían a la capilla del templo a pedir por algo de prosperidad, aunque fuera un poquito. Pero nada. Cuenta ella que la mala racha llegó de pleno después que vieran la sombra de una mujer desnuda, menuda y con cola proyectándose sobre la cortina en el momento en que se alistaban para procrear. Esa noche, con el miedo, llegó el frío y se les hicieron témpano las pasiones. Durmieron con la presencia de la mujer perversa en los sueños y las onomatopeyas lloriquientas de los animales en el ambiente se les entraron a los sueños. Al día venidero la mitad del ganado fue robado, las flores del jardín se marchitaron y las verduras en cosecha salían amargas y agusanadas.
           
            Inicialmente mis tíos eran tres y con mi mamá hacían cuatro hermanos. El mayor se llamaba Nicolás y en el tiempo de la mala suerte contaba ocho años a su espalda. Era un niño gracioso y hábil en la aritmética a pesar de que no acudía a la escuela como tampoco lo hizo su padre, su madre, sus abuelos ni tatarabuelos. La única escuela que tuvo esta estirpe fue la vida con sus crueldades, sus curiosas maravillas y los desencantos de la naturaleza. Como los animales, hicieron de la supervivencia un lema y sumado a las distintas habilidades de cada integrante del clan pudieron con la pobreza y con los vicios del hacinamiento.  Nicolás era un pequeño robusto y de ojos almendrados, escéptico y todo lo que le contaban lo comprobaba; fue así como a su escasa edad se hizo ateo sin saberlo porque que le dijeran que Dios lo estaba mirando no le constaba y entonces no le temía. Decía ante la mirada despreocupada de sus padres que en la vida todo pasaba por algo y la lluvia, el calor, el viento, las aves de temporadas hacían presencia con cierta periodicidad y no significaba el enojo, tristeza o alegría de ningún Dios y de nada que no pudiera verse, tocarse o al menos olerse. La habilidad lógica del pequeño ayudó al padre a llevar una contabilidad básica de los animales y frutos y a calcular con poco error cuándo pondría la gallina, pariría la vaca, cuántos huevos pondría la pata según su edad o cuántas gallinas necesitaba un gallo para apaciguar sus pasiones. También calculaba con éxito las temporadas para plantar tal o cual hortaliza. Rápidamente ayudó a los padres en los negocios y advirtió que el margen de utilidad que se adquiría por las ventas era muy poco y que cambiar un ternero por una docena de gallinas carecía de sensatez alguna.
            Garcilaso era el segundo hijo de la abuela Edecia y su talento era la lectura y escritura. Él tampoco fue a la escuela y no recibió ninguna otra educación que la crianza improvisada de sus padres y su propia habilidad autodidacta. Un día en que sufrió una reprimenda atroz de manos de su padre por enseñarle a los polluelos recién salidos a mantener la respiración bajo el agua y matarlos de pura inocencia y buena intención, encontró en la pieza de los castigados un libro con una portada que mostraba a una pareja de pequeños encima de un cubo mirando atentamente un texto. Lo abrió y de puro instinto asoció los sonidos primeros de las palabras con una figura que con el tiempo y práctica de la escritura entendería que se llamaban letras. Entonces comprendió la lógica de las letras y las palabras. Enseñó a leer su madre primero ya que luego de intentarlo con Juvenal descubrió el significado de la ignorancia y el orgullo. Tenía sólo seis años y complementó con Nicolás el conocimiento recién descubierto de modo que mientras el segundo enseñaba a leer y escribir, el primogénito le retroalimentaba con contar las vacas y sumar y restar los polluelos a los que le quitó la vida sin culpa alguna. Garcilaso se entretenía leyendo en voz altas los libros, revistas y diarios que encontraba en la pieza de los castigos que eran llevados por la caridad a esa casa pero no eran tan agradecidos como los canastos de alimentos no perecibles traídos de la ciudad por un grupo de gentes con buena voluntad. De este grupo que iba al campo cada seis meses destacaba una mujer a la que llamaban Anita María de unos cincuenta años y que dedicó su vida entera a enseñar en una escuela básica y a la caridad, no tenía hijos porque consideraba que hacer niños por llenar una matriz emocional era un acto de profundo egoísmo más todavía si miraba el mundo lleno de guerras, de rencores sin fundamento en que se fomentaba el nacionalismo. Además de sus gatos tiernos sólo crió a una pequeña que veía todos los días a solas en la esquina del paradero pidiendo dinero, moquillenta siempre y llena de cicatrices lamidas por unos perros que parecían sus únicos protectores. Parecía tener unos cinco años y haber sido abandonada hace pocas semanas. Se acercó y la niña lloró atemorizada por la extraña, pero la insistencia de Anita María logró hacerla entrar en la poca razón que tenía y la llevó a una comisaría para dejarla. Con olor a cigarrillos, funcionarios serios y limitados por la realidad institucional del país intentó buscar alguna solución pero la policía y todo tipo de fuerza armada estaba más preocupada de detener comunistas o subversivos que a atender casos de riesgo social a lo que se referían como algo irremediable y ya casi natural. Fue así como luego de una corta meditación y tres respiraciones profundas decidió criar a la pequeña como hija y frente a los asuntos legales sólo le bastó unos miles de pesos. Era soborno, pero prefería sobornar que dejar a la niña a merced de la nada. Desde entonces fue su hija, la bautizó como Victoria y los actos de entrega y amor de Anita María catalizaron la voz de Victoria a decirle mamá.
            Entraba la primavera y entonces el grupo de beneficencia hizo la visita semestral al rancho de Edecia y Juvenal. Anita María asistió junto a Victoria la que en frente de tanta libertad y naturaleza se soltó de su mano y salió a correr, a oler, a querer saltar para tomar el sol, a jugar con los animales con quienes siempre estableció una comunicación efectiva así como lo hizo con los gatos de su casa. En su búsqueda ya casi inútil porque vio a la niña feliz y jugando con Nicolás, se detuvo bajo la sombra de un árbol cuando escuchó media incrédula, media emocionada la voz de un pequeño Garcilaso recitando con el alma un poema de Gabriela Mistral que encontró en un diario roído de ratones. Anita María quiso conocerlo pero temió ser invasora frente a los sentimientos profundos de Edecia y Juvenal. Grabó en su memoria la voz de Garcilaso y en la hora de almorzar el niño bajó de su escondite al que había dado un orden de biblioteca e improvisado tragaluz para leer en luna llena. Tanta era su pasión que a veces desobedecía para ser castigado y terminar aquel anaquel lleno de tantas historias. Casi impulsada por su curiosidad, fingió ir al baño para encontrar al niño, sin embargo, Garcilaso había salido por otro acceso y en vez de abordar al pequeño encontró a otro que nadie conocía dadas sus descripciones saliendo del baño.
-¿Cómo te llamas pequeño?- inquirió Anita María
-No sé señorita Anita- respondió el fantasma con voz de Garcilaso que luego de besarla salió corriendo para desaparecer.
De vuelta al humilde comedor, Anita María al fin ubicó al niño Garcilaso original y lo saludó con un poema de su mentora Gabriela Mistral. En la segunda estrofa el niño se unió junto a Victoria: ¡Piececitos heridos por los guijarros todos, ultrajados de nieves y lodos!. La conexión fue inmediata y decidió Anita María hablar con sus padres para matricular a los pequeños en la escuela rural, pero Juvenal se negó. La profesora hizo presión en el grupo de caridad para aumentar las frecuencias de visitas al campo con el pretexto de que la pobreza en el área se radicalizaría en poco tiempo cosa que escapaba a una excusa y con el poco tiempo se hizo evidente. El grupo rechazó la iniciativa debido a que eran personas ocupadas y el paseo como le llamaban a las visitas les demandaba mucho tiempo y diligencia. En tal contexto Anita María, que era una mujer muy pensante y lista, agotó las posibilidades para encontrar un puesto en la escuela rural más cercana a la familia de Juvenal y Edecia en donde le alcanzara para vivir con Victoria y sus gatos. No fue fácil salir de la ciudad que a pesar de significar tensión, autoritarismo, contaminación y peligro a pesar de que se asegurase lo contrario, también significaba comodidad, accesibilidad, agua potable y electricidad. No obstante Anita María siempre prefirió la confortabilidad de un sillón con un chocolate caliente y un libro en sus ojos más que en sus manos, con sus gatos ronroneando y ver sus árboles crecer cada día más para albergar a las aves de la temporada. Cuando tuvo que tomar el papel de madre inculcó aquel hábito de la lectura en su hija y le decía que la magia de un libro está en que al leerlo las palabras toman voz y te cuentan una historia que jamás imaginarías, si no me crees, pues oye lo que me narran a mí… y de ese modo se aventuraba a leerle cuentos infantiles de diversos autores y a enseñarle que después de todo, la magia si existía. En su casa no existía el televisor ni los espacios sin luz del sol. Los fines de semana se levantaba temprano para sacar del huerto tomates maduros y del gallinero unos huevos frescos para cocinarle a Victoria un desayuno nutritivo el cual debía consumir sin despotricar. Luego la dejaba ir a jugar con sus amigos y cuando volvía antes de lo previsto jugaba con los animales y les enseñaba a los gatos a cazar ratones y a no comerse a los polluelos recién salidos del cascarón. Y así, mientras tanto, con la luz del sol preparaba el almuerzo escuchando la radio para no pensar en su difunto esposo al cual amó siempre con lealtad y firmeza ante los últimos hálitos que le impuso el cáncer. A pesar de ser profesora con un sueldo escaso Anita María gozaba de una casa amplia con patio suficiente para tener un huerto, conejos, gallinas y algunas cabras; vivía en un lugar acomodado de la ciudad del cual para ir a clases a enseñar debía atravesar la ciudad en microbús y comprobar cada día que paradójicamente el golpe de estado no había mejorado mucho las cosas; los pobres más pobres e infelices y los ricos más ricos y ciegos. Su difunto esposo era médico y había podido juntar los ahorros suficientes a Anita María para que pudiera tener una vejez digna.
Llena de valor, Anita María puso la casa a la venta y subió desde su sillón favorito hasta el último conejo a un camión que la llevaría al campo. Con un pañuelo blanco dijo adiós al recuerdo de su amado y el sol de la mañana de sábado le golpeó la cara. Ya establecida en el campo, Anita María se las arregló para comunicarse con Garcilaso y proveerle de lectura. El niño segundo de Edecia y Juvenal ayudó a sus padres a mejorar el trato con los feriantes y otros personeros que llegaban a comprar verduras y animales, lleno de las palabras precisas y los usos de buena crianza de la ciudad, Garcilaso entregó sin querer a sus padres las herramientas para tener buenos tratos con los clientes. Empero, eran los malos tiempos por culpa de la mujer que se proyectó hace no pocas noches en la cortina de los abuelos y ni la aritmética ni las palabras certeras ayudaron contra la mala racha que ya empezaba. Mucho más ayudó el tercer hijo Marcelo Nahuel.
Marcelo Nahuel tenía cinco años de edad en la época de la mala suerte. Era el niño favorito de Juvenal porque su ternura inmensa e inocencia lograron despertar los amores de padre en ese hombre básico que entregaba su cariño proveyendo y dando castigos porque no sabía cómo acariciar a nadie ni tampoco sabía hablar con mucha fluidez. El pequeño Marcelo Nahuel constituía un artista en bruto, pasaba sus horas bailando con los perros, cantando, riendo, abrazando con o sin hambre y no lloraba. Todo le parecía cómico y protagonizaba los actos de inocencia más enternecedores. Una noche hizo tropezar a Juvenal y hacerle caer encima de un perro lo que llenó al abuelo de ira que estaba dispuesto a tomar al niño del cuello y dejarlo morado, mas el niño Marcelo Nahuel se acercó a acariciar el rostro del padre pues pensaba que éste último quería jugar a que él era su padre y que el perro malvado lo había herido. Entonces Juvenal sintió en su estómago algo parecido a un impulso que no pudo verbalizar, se llenó de vergüenza y de sus ojos salía agua salada mientras el pequeño tomaba pasto y tierra para darle de comer al hombre luego de que la bestia intentara comérselo. Juvenal se quedó sentado tratando de explicarse lo que estaba sintiendo y pasó más de media hora cuando el pequeño Marcelo Nahuel dio un bostezo poderoso y cayó rendido en las faldas de su padre.
Cuando llegó el tiempo de la mala suerte a casa y Juvenal sintió que moriría pronto, Marcelo Nahuel sirvió sin saberlo como un instrumento de alegría y esperanza, pero más ayudó a su madre Edecia cuando ésta supo que estaba en estado de preñez nuevamente. Juvenal murió solo en la pieza de los castigos porque pensó que allí por lo menos los niños no lo encontrarían y sin saber que tendría una hija. Puso en las manos de mujer suficiente dinero para que llevara a los pequeños al circo y no le vieran morir. Se despidió de ella diciéndole que la quería y dándole las gracias por soportarlo a pesar del pan y de la cebolla. A sus hijos los abrazó y les pidió que se portaran bien y fueran buenos hijos con Edecia. A Marcelo Nahuel lo besó en la frente y el niño casi se queda en casa con su padre, le preguntó por qué no iba con ellos al circo y él le respondió que debía ir a cosechar el choclo. Yo me quedo entonces a mirarte respondió el niño y su padre con una inusitada astucia le solicitó que fuera, que se riera y memorizara los chistes de los payasos para decírselos una vez de vuelta en casa. Fueron al circo. Juvenal subió a la pieza de los castigos y se sorprendió cuando vio las repisas con libros ordenados por tamaño, pero más anonadado estuvo cuando escuchó la voz de Garcilaso en otro niño que no conocía leyendo una biblia en voz alta ahora y en la hora de nuestra muerte, amén. Juvenal cayó al piso luego de que su corazón se tensionara por vez última y quedara tieso dentro. Se convirtió en un cuerpo sin alma y sin conciencia. El fantasma perdió su forma humana y desapareció dejando caer la biblia junto al cuerpo del recién finado. 

martes, 1 de marzo de 2011

Shame by Robbie Williams and Gary Barlow



Look those two guys...
Look how they give each other a filled emotions message. That's the way we gotta make it, that!
It's amazing how they transmit and interpret something made of guilt, regret, love, memories, forgiveness, anguish. A poem.
All I can say: these are sights too known for me. Totally designed to dedicate. Greetings 

Well there's 3 version of this story, mine, and yours and then the truth.
And we can put it down to circumstance our childhood then our youth.
Out of sentimental gain I wanted you to feel my pain,
But it came back return to sender.

I read your mind and tried to call,
My tears could fill the Albert hall.
Is this the sound of sweet surrender?

What a shame we never listened.
I told you through the television.
And all that went away was the price we paid.
People spend a life time this way.
Oh what a shame.

So I got busy throwing everybody underneath the bus.
Oh, and with your poster 30 foot high at the back of Toy-R-Us.
I wrote a letter in my mind but the words were so unkind about a man I can't remember.

I don't recall the reasons why.
I must have meant them at the time.
Is this the sound of sweet surrender?

What a shame we never listened.
I told you through the television.
And all that went away was the price we paid.
People spend a life time this way and that's how they stay.

Words come easy when they're true.
Words come easy when they're true.

So I got busy throwing everybody underneath the bus.
Oh, and with your poster 30 foot high at the back of Toy-R-Us.
Now we can put it down to circumstance our childhood then our youth.

What a shame we never listened
I told you through the television
And all that went away was the price we paid
People spend a lifetime this way
And that’s how they stay
Oh what a shame.
People spend a lifetime this way
Oh what a shame
Such a shame, what a shame

lunes, 21 de febrero de 2011

Del Festival de Viña del Mar

Tengo algo que decir del Festival de la Canción de Viña del Mar. Que se abra la tribuna.

       En realidad el festival como evento no tiene la culpa del odio que se me despierta en su contra. Es la tele o el tele como dicen en otras familias. Una verdadera invasión de los canales, las mismas tomas, las mismas personas y los mismos teatreros de siempre que van gratis a sentarse a la primera fila. Por lo menos ahora va un canal a transmitir. Que la reina del festival, que los animadores, que se den el beso en la boca, que el monstruo, que la Toti, que el glamur, que la Luli (jajajjaja) y la Adriana Barrientos (jajjajaj), que la Marengo (jajajaja), la nota de Ítalo Pasalacua, los vestidos de la animadora, la obertura, la gaviota, Antonio Vodanovic, los humoristas, el reitin, etcéteras y etcéteras de más mierda.

       Por otra parte la gente y el festival. Cuál es mejor, el de Viña del Mar, el de Iquique, el de La Serena, el del Huaso de Olmué, el de La Moneda. Respondiendo a las mismas basuras de preguntas de los periodistas de farándula como con quién vino, a qué hora llega, qué vestido se va a poner, y la guerra de los matinales, la teleserie de marzo, la modelo y el futbolista, que mi hijo es tan bueno para el fútbol y mi niña, vecina quiere ir a la escuela de modelaje, si yo le he dicho que no coma tanto, que camine recta y por último que se ponga una enciclopedia en la cabeza y en un dos por tres, santo remedio, ya está caminando como la Cecilia Bolocco. Si es tan dige ella, como habla, como camina, su pelo, su ropa, si definitivamente es la reina de Chile, y a propósito, tan bien que lo haría conduciendo el festival con el Rafa o con el Felipe, le juro veci que no sé con cuál quedarme. No hay como las misses de otros países, allá en Colombia por ejemplo las operan, las maquillan y le hacen de todo con tal de que sean las mejores, no como acá en Chile.Ya vecina, se me hizo tarde, otro día copuchamos, me voy a entrar a ver el festival y mañana comentamos otro poquito.

       Era el mediodía del 20 de Febrero, mi mamá encendió el televisor, digámoslo, ya por inercia o porque debe prestarle atención a esta hija postiza que tanto la entretiene y distrae. Yo tomaba un desayuno de vacaciones en el comedor y estuve obligado a consumir farándula y S.Q.P. Estaba el panel de chistosos entre los cuales, como siempre se destacaba una niña gritona que no se sabía bien si está siempre caliente o simplemente sus padres la hicieron con la voz de necesitada, también adornaban la pantalla con fondo viñamarino la esposa del animador del certamen, la Adriana Barrientos, Ítalo Pasalacua, la alcaldesa de la udienta ciudad y otros animadores sin relevancia. Los animadores no hallaban forma efectiva de hacer que la tía Toti (como llaman a Virginia) o pelara a los invitados o dijera que tuvo un romance con Roberto Carlos. Entonces la casi primera dama del evento musical interfiere. Oiga tía Toti, ¿cómo cree que lo ha hecho Chilevisión con el Festival de Viña, siente que es mejor que Canal 13? y la udienta responde como político y nunca quedas mal, quedas mal con nadie. Qué estupenda luce usted este año alcaldesa, inquirió un tipo; qué se hizo, hizo un régimen (jajajaja). Un no largo manifestó la edil, como de abuelita sabia y metiche; les digo altiro que el régimen no sirve de nada, me operé con un doctor muy bueno y les doy enseguida el nombre y le mando muchos saludos al médico Jaime Guzmán. Debió haber habido un silencio en el estudio, pero la ignorancia de la Merino no captó la historicidad de la talla al parecer, o bien en su casa ese nombre es tan repetido como un rezo que decirlo para ella, debe ser como decir Dios o Sí. Siguió hablando tonteras con voz de sensual y fumadora. No obstante, la conversación siguió y ella dijo que para mantenerse así como estaba (en mi opinión, un poco menos horrible) había que más allá de operarse el cuerpo, operarse la cabeza y que ella lo había hecho. Y una voz del set que al parecer sabía quién fue el lloriqueado y endiosado Jaime Guzmán, a modo de chiste gritó: ¡¿Y con el mismo doctor?! Todo siguió como si nada hubiera pasado. Más y más farándula y picantería se entraban en mis oídos.

jueves, 17 de febrero de 2011

Nahuel

I



          Había renunciado a escribir esta historia porque la vida me parecía aburrida, en especial la mía. No digo que haya dejado de serlo; que juzguen otros. El once de enero con los ojos semi abiertos, modorra en los pasos y hablando en voz tediosa llegué de la habitación a la suerte de estar de la casa de veraneo. Desde el pasillo se pronosticaba un día despejado, el sol peligroso reflejándose en las aguas azules del océano y quizá un inocente temblor que asustara a la concurrencia masiva como todos los fines de semanas. Pero pasando el umbral de la puerta encontré una razón suficiente para renunciar a la renuncia de contar lo siguiente. 

17 de Febrero 2011

17.02.2011. 00.00 hrs Copiapó

       Parece que no fuera cierto, que un día nos metimos en un mal sueño y no podemos salir. Y que en un trance repentino nos hallamos mirando fotos, haciéndote recuerdo. Sintiendo que de a poco el llanto ya no sale y al revés, queriéndolo sacar de rabia mientras las horas pasan por encima nuestro y en la bicicleta no te detienes a abrir la reja. Frustración.  Se acabó tu etapa con nosotros. Y sea como sea y cual sea el espacio en el que estás ahora, quisiera darte a conocer que estoy agradecido con la vida por haberte conocido y haber compartido estos últimos años. Yo no quisiera hacerte un puro recuerdo, pero debo reconciliarme con  la vida y la muerte por mi bien ya que he comprendido que donde manda capitán, no manda marinero. Te quise y te quiero mucho. Cuídanos. Varias cosas... pero en especial: ¡Gracias!
                                                                          Lucas

P.D.: cuando pueda tomarme una copa o vaso de tinto, lo haré en tu nombre y en silencio.

miércoles, 26 de enero de 2011

Millaray


La Milla es una fruta roja y extasiada
Que come sandías a la hora de almuerzo.
Que ríe, canta y juega
De mucho amor y de muchos sueños.

La Milla es una perrita que da alegría
En las tardes que se nublan,
La compañera, nunca enmudecida
Saca del baúl su chistosa melancolía.

Mi prima que se llama Millaray
Se convirtió en una buena amiga.
Reaccionaria anda la pobre
Luchando por sus resfríos y la fantasía.

Ella sufre y lo dice,
Pero no lo queremos saber.
Ella llora en las noches
En que recuerda un lejano ayer.

Está nerviosa esta negra
Nos alegra con su tragedia y alevosía
Se cortó la chasquilla mi perra
¡Es tan cómica esta niña!

Cien palabras

       Sí, éramos tan felices. Solíamos andar con las uñas sucias, la cara embetunada en barro y las axilas hediondas a cebolla infantil. Siempre usábamos la misma ropa. Nuestra madre era una vieja amable y gorda, con cara de oso moreno, como del norte. Cada vez que el papi volvía de la feria se bajaba a jugar una pichanga con el Mano y yo, mientras mi mami le calentaba su comida. Hubo un día en que eso no pasó más: la mamá se había ganado la lotería y la nueva casa se nos llenó de mentirosos. Ya no fuimos más felices.

miércoles, 27 de octubre de 2010

La tía abuela


Ella es Sylvia Castillo.
Una tía de amistades,
Es más como una abuela mía,
Que la tía de mi padre.

Ella es una mujer aguerrida,
Una hembra que aunque cansada, respira.
Una hembra compleja, pero que logra
Resolverse siempre antes del que la analiza.

Da amistades y las quita.
Una dama madura que todo enseña,
Que ama a las yerbas de su casta,
Y a mí me hace sentir dentro de ella.

La Silví observa y mira,
Desde sus lentes que la hacen entera.
Y me comenta cosas que yo no veo,
Porque las narra con una ternura inmensa.

Qué más quiero que escribirle este poema,
Que darle un abrazo, una sonrisa.
Quiero decirle que me sincero
Y que no la considero
Como una tía abuela, sino
Como a una tía amiga.

Copiapó

Del frío cruel al que los libros me trajeron,
Me escapo ahora al norte, al sol, al desierto.
Me voy contento en este viaje
Que me retorna a la tierra en que me crió,
Junto a mis hermanos
Y juntó a mis padres.

De verano es un horno caliente
Que derrite los ánimos de las gentes.
Y de invierno es un padre que abriga,
En las mañanas a sus gentes vecinas.

Es Febrero abrasador
Es Agosto abrazador.

Es un pueblo seco y sin mares,
Con cielos claros y nubes en soledades,
Es café y no tiene excentricidades.
Copiapó, pueblos en los arenales.

Es un pedazo de tierra árida,
En que el minero de la vida.
Es temblor, es viento seco, corazón.
Es siempre Sol, es siempre Copiapó.

El Dios triste por Gabriela Mistral

Mirando la alameda de otoño lacerada,
la alameda profunda de vejez amarilla,
como cuando camino por la hierba segada
busco el rostro de Dios y palpo su mejilla.

Y en esta tarde lenta como una hebra de llanto
por la alameda de oro y de rojez yo siento
un Dios de otoño, un Dios sin ardor y sin canto
¡y lo conozco triste, lleno de desaliento!

Y pienso que tal vez Aquel tremendo y fuerte
Señor, al que cantara de locura embriagada,
no existe, y que mi Padre que las mañanas vierte
tiene la mano laxa, la mejilla cansada.

Se oye en su corazón un rumor de alameda
de otoño: el desgajarse de la suma tristeza.
Su mirada hacia mí como lágrima rueda
y esa mirada mustia me inclina la cabeza.

Y ensayo otra plegaria para este Dios doliente,
plegaria que del polvo del mundo no ha subido:
"Padre, nada te pido, pues te miro a la frente
y eres inmenso, ¡inmenso!, pero te hallas herido".

martes, 27 de julio de 2010

La Noche

Era la noche, estrellada y azul marina.
Era la noche, pedazo de su boca tibia.
Era la noche, el cielo, con su nariz de aguja.
Era la noche, con luna, con su voz aguda.

Era la noche, valiente,
de brazos abiertos y su vista muda.
Era la noche, con su encanto de amor en ruta.
Era la noche, con su canto de locura.

Era la noche, de poesía toda;
Sin embargo, estaba oscura.