Veinte de marzo de 2026. El tránsfer llegó puntual a buscarme a la casa. Aunque fui el primero de casi diez pasajeros, el trayecto hasta el aeropuerto se me hizo breve.
Estaba apacible terminando de comer un pan con palta bañado en aderezos de tres sellos de advertencia cuando llegó a mi celular una notificación de que el vuelo se había retrasado y pienso que no tuvo sentido haberme levantado tan temprano, más cuando la luz del sol está tan floja en surgir y tocar la superficie terrestre. Como es habitual, no alcancé ni quise desayunar en mi casa, dispuesto a pagar los altos e injustificados precios del aeropuerto. Heme aquí ya vitaminizado con la vitamina D3, E, el omega 3 y la dosis diaria de metformina. Sin contar con la neurobionta que desde la semana pasada me recorre a través de los caudales de mis venas, aunque no sé cuánto tiempo me va a durar. Eso es lo malo de los médicos: nunca son claros en las dosis o posología del medicamento. Le voy a preguntar aunque me cobre esta consulta.
Diría que cuando llegué al restaurante del aeropuerto había a lo más seis mesas ocupadas y entre que me tomé el desayuno y comencé a escribir justo esta palabra que estás leyendo solo quedaban seis mesas totales. Este no es un país en reconstrucción ni tampoco uno que se hubiera estado cayendo a pedazos. Quepa contarte que ya la letra está más firme y es que cuando comienzo a redactar siempre se dibuja trémula, insegura, como los primeros pasos que se dan en la mañana.
Entonces, cuando llegué a este restaurante de precios lunares había poca gente consumiendo y pensé en lanzarme a escribir una historia de cada uno, pero ahora sería imposible. Hay, de todas maneras, una monja sirviéndose un frugal desayuno que no es más que una taza, no, una taza no, un vaso de café (¿pueden beber café las hermanas?) mientras mira el celular. Admito, confieso (será la palabra más adecuada al contexto litúrgico) que siempre he querido ser amigo de una monja para que nos juntemos en mi casa a rezar el Santo Rosario o ser amigo de un sacerdote para invitarlo a cenar y hablar de la literatura religiosa, como los libros de María Olivia Mönckeberg o el que Javier Cercas escribió sobre el papa Francisco.
Esta sor está a dos mesas de distancia. Supondré que se llama Cecilia porque sus rasgos se parecen a aquellos de todas las Cecilias que he conocido. La hermana Cecilia usa unos lentes de marcos plateados, pelo cano, un velo gris con bordes blancos, como manda Dios, sin maquillaje, aunque preferiría pensar que así le gusta a ella. Me resisto.
Me resisto a la "tentación" de pararme a saludarla y conversar, así como me resistí de preguntarle al de la mesa de al lado por el libro que lleva leído hasta la mitad. Uno aprende a resistir los impulsos, los que me conocen mejor saben sobre mi afección, favoritismo, si se quiere, sobre la lengua catalana y la cultura que a ella subyace; de esto ya harán casi diez años. Hace una semana, sin embargo, descubrí que el vecino que vive detrás de mi casa, no enfrente, no a diez cuadras, ni en otra población, sino que detrás de mi casa, pongámosle, a cinco metros de mi baño trasero para dimensionar el tono de mi exageración, era catalán.
Me di cuenta porque tenía una bandera independentista colgando de su ventana, pero el prejuicio dictaba que lo más probable era que fuera de algún cubano pobre que la encontró por ahí y la dejó al sol para que luego desteñida la Senyera simulara blanco y azul. Hace uno o dos domingos pasé en vehículo por fuera de su casa y lo encontré. Después de presentarme supe que se llamaba Francesc, como Francesc Orella, el protagonista de Merlí. No sé si fue la emoción, muy justificada por lo demás, pero pensé que allí había una amistad en ciernes, un nicho, un algo meritorio de crecer.
El jueves quise ir a saludarlo, invitarlo a casa con su esposa, tender puentes, abrir caminos, use el eufemismo que guste (la monja Cecilia se está parando, creo que ya se va). No sólo quise ir a saludarlo, sino que fui a saludarlo. No. Debo emplear otro término. Porque saludar es una acción que ocurre cuando el objeto recibe el saludo y eso no sucedió.
Desde que llamé a su puerta sólo crucé conversación con un veterano que no parlava el català, era más bien un señor peruano que quedó de anunciarme, pero la respuesta de Francesc no llegó. Pasaron cinco minutos, tiempo suficiente para evaluar si Francesc había sido notificado de mi presencia. El señor incaico se limitó a decir que el catalán, en realidad le dijo "el español" (seguro se llevan mal), estaba enfermodel estómago, lo que evidentemente, para alguien con mi inteligencia social, sonó a embuste. Todas mis buenas intenciones se cayeron al suelo; Francesc no quería ser mi amigo. Probablemente debe ser un arrancado (prófugo) porque no sonaba que un catalán estuviese viviendo en las faldas de un cerro del Desierto de Atacama. Pasó colado el prejuicio, nuevamente.
Por eso me resisto a la emoción y pulsión de hacerme amigos o de ir, en este caso, a saludar a la sor Cecilia. El rechazo me deprime y turba, aunque una sierva del Señor por obligación debería saludarme y acceder a una compañía espiritual, pero yo no fuerzo a nadie a mi presencia, quizás sólo a este lápiz y cuaderno a recibir mi pensamiento. Ya están llamando a embarcar.