Versos

"Yo no protesto pormigo porque soy muy poca cosa, reclamo porque a la fosa van las penas del mendigo. A Dios pongo por testigo de que no me deje mentir, no hace falta salir un metro fuera de la casa para ver lo que aquí nos pasa y el dolor que es el vivir." (Violeta Parra en Décimas, autobiografía en versos)

domingo, 28 de octubre de 2012

A propósito de las elecciones municipales

¿Se han dado cuenta? Las elecciones municipales se han tomado los medios de comunicación en Chile, pero en función del tiempo se cae en la síntesis del análisis en un país que cuenta con centenares de municipalidades a través de su largo y ancho. Creo que a causa de la centralización política y administrativa que rige a este país el análisis si bien no se ha quedado trunco, se ha quedado corto en comparación con la longitud del territorio nacional. Algunos dicen que se trata de los municipios emblemáticos en las contiendas políticas y sin embargo, se trata de comunas que o son capitales regionales o cuentan con grandes cantidades de recursos para sobrevivir incluso a los más ineficientes gestores.

Las comunas más atendidas son lejos Santiago, Providencia, Valparaíso y Concepción. ¿Y dónde han quedado las comunas más pobres, rurales, con bajos índices de instrucción educativa? Sí, los medios de comunicación y la ciudadanía que los legitima de alguna manera u otra, deberían cumplir una función social en que el debate y análisis en razón del tiempo, tengan un enfoque en los sectores más desprotegidos en que se requiera candidaturas que dignifiquen sus localidades, candidaturas que vayan más allá de la actividad política cotidiana y partidista. Se debe poner como variable crítica de éxito las capacidades intelectuales de los candidatos, de sus capacidades gerenciales para administrar los recursos de las comunas más pobres; se tiene que ir más allá de la retórica y del discurso de campaña. Es tan fácil ufanarse de tener buenas intenciones pero tan difícil de hacerlas realidad. 

Claramente que las habilidades políticas son importantes, el alcalde deberá negociar con un concejo integrado por varios sectores políticos, sin embargo, la habilidad gerencial cobra más relevancia en aquellas comunas desatendidas por la centralización, Aysén, Freirina, Huara, Angol, Diego de Almagro, entre tantas más, no tienen a sus candidatos en los debates de televisión, el resto del país no sabe cuáles son las realidades de su vecino porque el cuello queda rígido y no mira al lado, sólo al centro. Sería una lástima que líderes más bien charlatanes aprovechasen esta debilidad de sistema para ganar un sueldo a costas de la ignorancia y pasividad de su comuna. Por hoy apelaré a la función social de los medios de comunicación, a la proactividad en acceder a la información pública que debe caracterizar a una ciudadanía empoderada como la actual y a la buena fe que debería tener todo candidato al pretender acceder a la administración de su pueblo.

domingo, 21 de octubre de 2012

You can't always get what you want por The Rolling Stones

Dejaré esta letra por acá, últimamente necesito cantarla con frecuencia. Disfrútenla.


I saw her today at the reception 
A glass of wine in her hand 
I knew she would meet her connection 
At her feet was a footloose man. 

No, you can't always get what you want 
You can't always get what you want 
You can't always get what you want 
But if you try sometime you find 
You get what you need. 

I saw her today at the reception 
A glass of wine in her hand 
I knew she was gonna meet her connection 
At her feet was a footloose man. 

You can't always get what you want 
You can't always get what you want 
You can't always get what you want 
But if you try sometimes well you might find 
You get what you need. 

And I went down to the demonstration 
To get my fair share of abuse 
Singing, "We're gonna vent our frustration 
If we don't we're gonna blow a 50-amp fuse". 

You can't always get what you want 
You can't always get what you want 
You can't always get what you want 
But if you try sometimes well you just might find 
You get what you need. 

I went down to the Chelsea drugstore 
To get your prescription filled 
I was standing in line with Mr. Jimmy 
And man, did he look pretty ill.

We decided that we would have a soda 
My favorite flavor, cherry red 
I sung my song to Mr. Jimmy 
Yeah, and he said one word to me, and that was "dead" 
I said to him:

You can't always get what you want 
You can't always get what you want 
You can't always get what you want 
But if you try sometimes you just might find 
You get what you need 
You get what you need yeah, oh baby. 

I saw her today at the reception 
In her glass was a bleeding man 
She was practiced at the art of deception 
Well I could tell by her blood-stained hands. 

You can't always get what you want 
You can't always get what you want 
You can't always get what you want 
But if you try sometimes you just might find 
You just might find 
You get what you need .

You can't always get what you want 
You can't always get what you want 
You can't always get what you want 
But if you try sometimes you just might find 
You just might find 
You get what you need.

jueves, 18 de octubre de 2012

Volver a nacer



Siempre llevo tristeza en la mirada,
como el que lleva uñas en sus dedos,
mis ojos, en vez de pestañas lamentos.
Cada día menos abren mis rocas aguadas.

Y todo esto es porque tú no me quieres o me quieres mal,
no llevas en tus genes el deseo que despierta mi presencia;
tienes la biología cruel que tiene toda la gente normal.
Te espantan mis cuitas, mis genes y paso sin consistencia.

Para que tú me vieras con ganas y deseo
uno de los dos debería nacer maduro otra vez.
Para que mataras por mí al Cielo e infierno
me plantaría en húmeda tierra para renacer.

Y germinaría como una promesa ante tus manos curiosas
para que me desarraiguen con letras y locuras de miel.
Como quien nace con olores fértiles de hiedra venenosa
yo me enredase en tus piernas de portento y te tiñera la piel.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Nadie sabe para quién trabaja

Cada vez que oigo en los medios de comunicación o en los pocos círculos en que me muevo opiniones de ciudadanos chilenos respecto de la demanda en la Corte Internacional de La Haya que ha interpuesto Perú, me preocupo. Me preocupa la animosidad mutua de dos ciudadanías hermanas que han recibido a lo largo de la educación en las salas de clases y en sus familias un relato de la historia a base de prejuicios -entendidos como la ultrageneralización de un fenómeno ante la mínima experiencia- que defienden a sus Fuerzas Armadas y la sangre derramada como elementos sagrados de la vida nacional. 

En la madrugada de ayer en el programa radial El Trasnoche de Bio Bio se abrió la discusión del tema y se emitieron llamados al aire, la mayoría de ellos con palabras despectivas al referirse a la población peruana y boliviana. Me dolió sentir que muchos de mis compatriotas estarían dispuestos a asesinar a un vecino latinoamericano para defender a una patria tan mal correspondida como dijera Violeta Parra en Yo canto a la diferencia, "si quieren guerra la van a tener" fue lo más suave que oí, todo por la disputa del mar. En una aproximación mejor intencionada del panorama diría que el mar es de todos o que bien no pertenece a nadie. Sin embargo, las ciudadanías están asumiendo posiciones que en mi opinión no les corresponden ya que más allá del nulo ánimo de guerra que tienen ambos estados, quienes han llevado a Chile y Perú a sacar las garras por el mar son los grupos de poder económico instalados en los gobiernos. Son éstos quienes se están disputando a costa de la diplomacia latinoamericana y de la cooperación a nivel gubernamental y ciudadano, la explotación de un extenso espacio marino. No es que al Estado chileno y peruano les importe en demasía quién cobrará el mísero impuesto a la industria marítima, lo que está ocurriendo es que las élites apoderadas del poder institucional están usando la plataforma del Estado para defender intereses privados, aprovechándose de las rivalidades históricas e infundadas que se han levantado entre dos pueblos que deberían sentirse hermanos y por Dios que lo están logrando. En Perú han generado la legitimidad de su demanda y en Chile la legitimidad y sensación de justicia de que se debe defender con sangre un mar que fue obtenido con sangre, por mantener el honor de las Fuerzas Armadas y un montón de bravuconadas conjugables con la palabra gloria (a decir verdad las Fuerzas Armadas han mancillado por sí solas su mismo honor), incluso hablan de soberanía, a mi parecer una mera formalidad.

¡Cómo ha crecido el odio entre peruanos y chilenos! Basta ver un partido de fútbol entre ambos países y empaparse de chauvinismo y apuestas tan tontas como a quién le corresponderá el mar según los resultados del juego. El mar es de quien se baña en él y sólo en ese espacio, hacia adentro el sector privado ha delimitado las fronteras y más con la inminente Ley de Pesca en Chile o Ley Longeira: ni siquiera los pescadores artesanales tendrán lo que se han ganado por tradición. Debo reconocer que he hecho un análisis sin pruebas y también suponiendo que las fuerzas privadas que se disputan el mar son nacionales, pero habría que averiguar quién es el dueño último detrás de la disputa. Las transnacionales deben entrar al análisis. ¿Quién es el dueño mayoritario del capital entonces y en qué medida?

Sin duda, se llega a un panorama en que nadie sabe bien para quién trabaja. Al menos la ciudadanía está suponiendo mal y no es que yo esté reproduciendo un ideal bolivariano de la América unida, simplemente creo importante la necesidad de aclarar cuáles son las reales capacidades e intenciones del Estado con una soberanía tan pobre y corroída por la globalización. El Estado chileno y peruano ya no están representando los intereses de sus habitantes, sino el de una oligarquía o quizá de empresas transnacionales que tienen muy  poco de latinoamericanas . Dentro de todo y bajo la premisa fundamental de que podría ser peor, así las cosas, si los Estados respecto de sus relaciones exteriores representaran a su ciudadanía lo más probable es que una guerra sin fundamentos ya se hubiese generado. No obstante, las oligarquías requieren un escenario de paz para realizar sus transacciones económicas por lo que jamás habrían impulsado un enfrentamiento bélico con costos tan tremendos para el consumo y la producción. La paz es un aspecto clave de la economía liberal. 

lunes, 15 de octubre de 2012

Ha llegado carta desde un sueño


Te cortaste el pelo, pero siempre sientan bien tus cambios. Creo que te vi un poco más disminuido respecto de tu estado físico actual y estabas con evidente cansancio que te recostaste en mis vergonzosos muslos mientras viajábamos en el bus desde o hacia la playa (mis sueños no siempre son tan precisos como quisiera). No aguanté el gesto de tu ternura y mi mano derecha corrió a acariciar tus negros cabellos pero la mirada de la gente en el bus pudo cohibir incluso mi subconsciente.  Tu sweater, aunque sé que odias que usemos palabras en inglés o en latín, era ese negro que usas de preferencia con pantalón tipo jean. A mí me gusta bastante, incluso despierta ciertos instintos de perversión.

Cupió que me preguntase dónde estaba aquella que te acompaña últimamente para calmar tus cuitas o lo que fuera. No iba en el bus. Si me fui a dormir cerca de las 4 de la mañana, me temo que todo esto fue cerca de las cinco de la mañana cuando aún cantaban las aves cerca de la palmera del condominio, era imposible medir y comparar los tiempos de la vida consciente y la subconsciente pero a mí se me hizo eterno y más sin ella. Luego de algunos sueños blancos volvimos a escena pero subiendo las escaleras de un edificio en la costa. Claramente era un hotel de esos que están al lado de un mar turquesa y se dan el lujo de, al lado, construir una piscina de gigantescas dimensiones. El agua del mar y la piscina estaban calmos tal como el horizonte de ese día despejado. No entendía muy bien qué andábamos haciendo por ahí, pero tus conductas de zombie se me hicieron más ilegibles aún. Por lo general, cuando sueño cosas terribles contacto a los involucrados porque hay noches en que la intuición no falla, en tu caso te veías sordo al clamor de todos y te lanzabas a la piscina con ropa, mojabas al resto de los amigos y yo no quise evitarlo. La muchacha que suele tomar tus manos para caminar como si no pudiera hacerlo por si misma tampoco estaba y créeme que si pudiera censurar a las personas de mis sueños lo haría, pero no resulta. Si no estuvo fue porque ella no quiso. Ojalá que no estés así por ella, habría que tener valor. 

Prefiero dejar las cosas así, no te voy a llamar ni a contar de mis sueños. Por prometedor que sea, en la realidad yo siempre me relaciono contigo como si fueras un sueño imposible. A veces  nos hemos acercado bastante incluso hasta un punto en que nos hemos llamado amigos, ¡pero qué va! no es más que una amistad imaginaria en que nos acompañamos para no estar solos cuando faltan los amigos de verdad. Cuando me miras con cara de tristeza porque te inspiro inmensa lástima me dan deseos de salir corriendo e inventarme una razón para reír y ser feliz pero la mayoría de las veces consigo un cigarro y lo prendo como fumándome mi misma pena. Te pido con toda humildad que no me mires así porque me siento miserable incluso más que ahora mismo, sobretodo si no tendrás un cigarro con el que compenses tu falta  no sólo de falta sino de ausencia.

domingo, 14 de octubre de 2012

¡Quiéralo o no!

Escribí la siguiente historia entre mis 17 y 18 años, aunque no he mejorado como quisiera se notarán los ripios propios de esa edad. Clave: para que una historia fluya no siempre es necesario matar a los estorbos; inminente riesgo de dejar el relato sin columna vertebral.

I

Los dos árboles que protegen su casa en el campo dan un toque de felicidad al ambiente ya ensuciado por la noche. Daniel Andes va en silencio a darle un susto a su madre que está tendiendo ropa lavada por sus manos gastadas.

            El destino, probablemente ha jugado un factor muy trascendental  en la vida granjera; levantarse temprano, tener todo a la orden del día, los hombres en los trabajos pesados y las mujeres cocinando, soportando el duro paso del tiempo.

Cada dieciséis de agosto, Daniel, en compañía de Matías, su hermano, toma una semana de vacaciones, como un suceso heredado de su intrínseco egocentrismo. Matías no se rehúsa a hacerle una buena compañía, los estudios no son para él ninguna gracia y una vez finalizada esa semana, volverán a sus labores como todo buen granjero haría.

La carrera de Matías es una mezcla de reglas y números, con teorías de célebres personas con nombres de extraño sonido, un montón de guías y unas cuantas pilas de libros con quinientas páginas como mínimo para ese joven que ha llegado como un campesino a la ciudad a superarse porque su padre le ha exigido que sea mejor que él, porque la vida del campo es sana, pero aburridora, que no se puede pasar toda la vida queriendo estar en calma y relativa paz, además como él nunca lo hizo pretende que Matías sepa qué es la ciudad para que después él lo ayude a salir de la porquería que tiene de casa, no como Daniel, que a pesar de que intentó llegar a Santiago, se encontró con la primera prostituta que se le cruzó y por eso la calentura le arruinó los planes de surgir.

II

Antonieta fue muy drástica en calificar la obra de sus profesores delante del directorio de la universidad, para ella no hay nada más repugnante que las personas con poca originalidad, que exponen obras magníficas de genios desconocidos como propias

-Es una ordinariez este robo… - grito desde una fila lejana al escenario en que el profesor Laertes exponía un cuadro ajeno.

El público que se sentaba cerca miraba a esta mujer como una loca que no sabía de arte, la obra no podía ser más genial; en efecto lo era, mas como genial también robada. Se llevó rápidamente todo el odio del público, que, ignorante, proponía ya su expulsión no solo del recinto, sino también de la prestigiosa Universidad Principal. Llena de rabia se va caminando por Copayapu hasta llegar derecho al hogar de universitarios. No comprende por qué diablos la ignorancia es tan grande y que de seguro en Santiago, esto no le habría sucedido, pero estaba en una provincia, y allí las cosas eran muy distintas, tanto que el cine que tenía la ciudad fue cerrado porque la gente no iba a ver películas, una ciudad que sin duda también miraba con grandes ojos al progreso, pueblo minero, donde el auge de las empresas hacía que el circulante pasara a cada momento por las manos de los mas ricos. Su compañera de habitación, una vallenarina poco agradable y dada a los buenos tratos la recibió con una cama desecha y no precisamente con la intención  de oír su llanto. En vez de consolar a su par, que no sufría puramente por lo ocurrido, sino también de no poder más con el dolor de sus cuitas. Le contó que había visto a su huaso prometido con otra y que por nada era, pero que lo mejor es que se mirara al espejo porque en Copiapó la gente era muy habladora y en su estado físico, todos pensarían que Matías la querría abandonar por gorda y lo peor, por golosa.

Los sábados en la ciudad no son muy entretenidos, sobretodo si no hay muchos amigos y si los pocos de estos están aún durmiendo, mermando la resaca que les dejó el buen festejo de un evento que por muy mínimo que fuera merecía ser celebrado por lo general para quedar en un estado deplorable causado por las drogas y el alcohol. Antonieta no quiso salir a festejar ese viernes con Javiera, una amiga de la universidad, que le había convidado una entrada libre a una discoteca porque no tenía mucho de qué festejar además por sus ojos demacrados por el llanto y como estaba en sus días  lloró el triple, aquel sábado se transformó en una reformulación de su vida, bajaría de peso y buscaría en un proceso de introspección la clave de una plenitud como filosofía de su vida.

III

El Terminal de buses Casther de Copiapó ha visto bajar a Matías con sus bolsos y su montonera de libros que venía cargando de San Pedro, el pueblo rural de su familia. Sólo tendría que caminar unos pasos para llegar al hogar universitario de hombres que se ubicaba a unas pocas calles del Terminal de buses. Sin embargo, cuando transitaba calmo para doblar por O`Higgins se encuentra a la prostituta que apresurada y como casi enamorada de él cruza la calle desde la Plaza de Armas y lo abraza diciéndole con palabras muy decentes que ella estaba de oferta.

-                  No tengo plata por estos días, esta semana he llegado con lo puesto- dijo Matías muy incómodo por la repentina aparición de la mujer.
-                  Pero si quieres te puedo hacer una rebaja extra, total para los amores y buenos mozos siempre hay una consideración- le dijo ella guiñándole un ojo.
-                  Es que yo estoy pololeando además y no puedo hacerle esto a  Antonieta. Ella me ama.
-                  Pero la otra vez ni siquiera te preocupaste de la guatona esa, y pareció igualito a que no existiera- le contestó ella insinuando la apasionada noche que tuvieron aquel viernes fatal para Antonieta.
-                  No me diga eso oiga y mejor yo me voy porque aquí la gente es muy habladora, ya chao oiga será mejor- se despedía raudo hacia el internado.

Por favor deje su mensaje después de la señal decía la operadora que contestaba el celular apagado de Antonieta. Bastante calor había en el norte de Chile ese día y con decisión Antonieta rediscaba.

        -        ¡Aló!- contestó Daniel
-                  Soy Antonieta, estoy en el centro, quiero que hablemos- dijo ella con tono serio, muy serio.
-                  Okay, ya, nos vemos fuera del Comercial
            La cita ocurrió puntualmente.
-                  Así que me pones el gorro con una puta- dijo ella solemnemente.
-                  ¿Y quién te dijo eso?
-                  ¿Qué te importa?
-                  Apuesto que fue la sapa de tu compañera de pieza.
-                  O sea es verdad.
-                  Es que no es lo que tú estás pensando.
-                  Si querías que me comportara como una perra, me tenías que haber dicho, total como el amor lo puede todo, qué me costaba hacerlo.
-                  Pero es que tú me obligaste a hacerlo...
-                  Sabes qué más- interrumpiéndolo y llorando- ahórrate las palabras porque nosotros terminamos ahora. Por lo menos me hubieras cagado gratuitamente y no pagando.

Los días que siguieron a aquella separación se tradujeron para ambos en un profundo desconsuelo, en la Universidad Principal se venía la semana de aniversario y los humanistas por lo general se enfrentaban a los científicos. Antonieta y Matías estudiaban Ingeniería Comercial en el mismo nivel, y a esa carrera le correspondía la parte deportiva. Ese lunes fue desastroso para los dos, por su parte, Antonieta entendía las bromas que le hacían a Matías sus compañeros sobre las de la plaza que le salían acuenta y que eran más fáciles que una común y corriente que está llena de privaciones y tabúes, pero por el lado de Matías las bromas no eran más que una razón para convencerse de que lo mejor era no arrepentirse, porque  lo hecho era de macho. Antonieta desesperada se paró y cerró la puerta de la sala tan fuerte que calló las palabras de su amiga que le preguntaba qué pasaba. Llegó al baño y se miró frente al espejo que le reflejaba a una mujer de ojos grandes, negros y abatidos por la tristeza, tez blanca, pelos castaños, cara rellena, labios carnosos, pechos desbordantes y ese vientre que crecía cada día un milímetro más, todas esas características que le hicieron pensar que aún estaba a tiempo de remediar su estado físico cuando sonaban las doce del día y llega Javiera preocupada porque no sabía lo que le sucedía.

-                  Matías me cagó con una puta- lloriqueó.
-                   ¡Qué! pero amiga te dije desde un principio que ese huaso no te merecía, tú eres mucho para él, que al final no te supo valorar, ya sécate esas lágrimas y salgamos de acá como dignas mujeres que somos.
-                  Llévame a Las Palmas por favor, necesito bajar de peso rápido, mientras antes mejor.
-                  Pero si así estás bien, encuentro que con dieta estás al otro lado.
-                  No importa, el gimnasio va a ser mi prioridad ahora, lo necesito para sentirme bien conmigo misma.
-                  Bueno, si tú lo dices...

IV

La vallenarina que acompañaba a Antonieta en su cuarto del hogar, era además de entrometida, una fresca como la califican en la Universidad Principal, sin principio ni moral, que en pleno siglo XXI son marcas de conservadurismo. 

Caía día domingo y Antonieta preparaba la disertación que mañana le diría si aprobaba o no el semestre más difícil de la carrera. Con un peso entonces mucho más equilibrado, se transformó en la envidia de la clase.

El sonido de unas risas desmesuradas al fondo del salón provenían de Catalina Zamora, como se llamaba la compañera de habitación, que coquetamente junto al profesor se reían de la disertación que estaba a punto de finalizar y que Antonieta no reclamó sólo porque el involucrado es el profesor que podía bajarle la nota por muy buena que estimara la exposición, después de todo, intimaba a la bataclana de  la Principal, la que seguramente era una de las que contagió al gran porcentaje de la población estudiantil de SIDA, pero que no lo sabía, más bien conocida como Catalina Lazorra.  Ese era el día de suerte de Antonieta, que fue calificada con la nota máxima por su profesor e inmediatamente, la Lazorra puso mala cara.

Ahora era el turno de Matías que no logró, a pesar de su excelente disertación la mejor nota, porque como Copiapó es pueblo chico, infierno grande, el profesor se enteró de que el huaso había fornicado con la Lazorra que tan entusiasmado lo tenía y justo después que había terminado con su ex-novia Antonieta que ahora era ten bella y esbelta, que más de la mitad de la población masculina heterosexual de la universidad la deseaba, y claro que también el cien por ciento de la lesbiana.
       
     La clase ha terminado y Javiera acompaña a Antonieta a tomarse un agua mineral sin gas sentadas en el pasto del campus, conversando de lo espectacular que las exposiciones estuvieron a pesar de las inoportunas interrupciones de la fastidiosa Lazorra, tan insidiosa y vulgar. Suena Manos Lavadas; es un mensaje al celular de Antonieta que la invita a comer en la noche a Bavaria firmado por un tal Samuel S. ambas se ríen del mensaje y dicen que sería lo más necesitado incurrir a un recurso tan desesperado como ese. Eso es lo que dijeron porque si bien la curiosidad mató al gato, esa noche la soledad también lo hizo. Antonieta concurrió puntual a la cita.

    Como no encontró nada que pudiera distinguir a Samuel S. le preguntó al mozo si había venido alguien con ese nombre a lo que el camarero gentilmente le da una carta que decía: ¡La soledad te tiene desesperada! Las lágrimas no se hicieron esperar y el buen hombro del garzón concretó rápidamente en una especie de almohadón para esa cabecita que se caía del dolor. La noche pasó entre copas de vino tinto y cigarros.

-                  Soy Pedro Parra, pero me puedes decir Perro, si de soledad se trata, no te sientas tan mal, yo te gano- dijo irónico
-                  Mmm... lo dudo pero te puedo ganar en traiciones- dijo luego de reírse tan fácilmente- me llamo Antonieta González, estoy estudiando ingeniería comercial y acabo de aprobar mi último semestre. Algo que me ponga contenta.
-                  Bueno, lo mío es poco, estoy separado, tengo un hijo que es la razón de mi vida, y aunque no lo aparente, estoy y me siento muy sólo. Mi ex-esposa no se fue con un enano siendo ella una rubia hermosa y delgada, se aburrió de mí porque trabajaba de mozo en Bavaria y como era muy arribista, me dejó y ahora está viviendo con otro que le solventa los gastos al Fernandito, mi hijo. Lo tiene estudiando en el Católico y con lo que yo gano, no me alcanza para pagarle el colegio ese tan caro, de poca buena gente y pituco, digo, siútico.
-                  Pero si te hechas a morir por eso, estás perdiendo el tiempo, a mi me cagaron con una puta, me tuve que venir a estudiar acá porque mi papá se murió y era lo más barato que había ya que mi mamá no podía pagar una universidad de la capital y a pesar del buen puntaje, la relación con ella se hacía insostenible y decidí no optar a becas y estudiar en la Principal, corté por lo sano, pero quedé más enferma que antes.
-                  ¿Andas con plata como para ir a la Entre Cuervos? O nos vamos a quedar aquí toda la noche llorando, además en donde estamos, el Entre Copas, disculpa por no llevarte a un lugar más a tu altura.
-                  Es lo que hay

La noche era joven. Las tres de la mañana y la discoteca tenía toda la noche barra abierta para las mujeres, así que ella encargaba. Sonaba Enderézate y ella lo animó a que bailaran, entonces comprendió porqué lo apodaban el Perro. Luego de unos besos apasionados y largos el Skala fue un buen lugar para desatar pasiones encerradas hace mucho tiempo. Luego de un buen sexo el Perro  prende un cigarro y ella lo mira curiosa y relajada.

V

Positivo, positivo, positivo, positivo...

Estuvo toda la mañana diciendo esa palabra, que más allá de su buen significado, en unos minutos inmortales, arruinaron su pequeño momento de templanza. Qué haría ahora que la vida le sonreía, qué haría con el hijo o hija de un pobre garzón, que fuera de una discriminación, no tomaría bien la noticia, siendo que tenía otro con una siútica, que además si con sólo eso no le alcanzaba, como sería con el que venía, porque a pesar del mismo discurso verdadero, antiguo y ya rimbombante, la criatura no es culpable y ya era una pobre víctima de las ganas tentadoras de la muerte.

Para Antonieta la mala nueva era realmente un martirio angustiante, pero como toda buena emprendedora se paró decidida a ir con la verdad hacia Parra. La puerta de Bavaria se abrió desde afuera y las caras de ambos ya no eran las mismas. Una  gitana en la mañana le había dicho a Pedro que algún descuido del pasado llegaría ese mismo día a cobrar las inefables consecuencias  sin haber cobrado, claro, de antemano, una suma de dinero no menor a quinientos pesos, porque a pesar de tener una mala fama autodiseñada, las gitanas por algo son gitanas y unos minutos más tarde el Perro lo comprobaría. Al mirarse las caras de inocentes sufriendo un escollo que no les pertenecía, al menos para ellos, él trató de entender qué era lo que pasaba y porque todo aquel día había sido tan confuso.

-       Necesito que hablemos por favor- le dijo ella parsimoniosamente
-                  ¿Pero tiene que ser ahora?, recién abrimos el local y la gente está llegando rápido.
-                  Lo siento pero va a tener que ser ahora, es urgente.
-                  Pero...
-                  Estoy preñada.

Los colores se le fueron del rostro, de los ojos, las manos temblorosas y frías simulaban querer desmayarse, pero ella lo obligó a ser fuerte y no le importó que la escucharan los primeros clientes de la mañana, donde desafortunadamente estaba su compañera de cuarto que se sintió luego sin apetito y ha partido prácticamente corriendo a contar la noticia a todo el recinto universitario, pero ese es un dato que mayormente no importa porque Antonieta no iría a la Universidad más que para tramitar la tesis y titulación, y la barriga, aunque lo quisiera no iba a poder disimularla por mucho tiempo y no le interesaba.

-                  Tengo sesenta mil pesos para que vayas con Germani, por ningún motivo puedo tener otro hijo más- dijo él decidido.
-                  Estás loco o te parieron ayer, huevón.
-                  Así que ahora te la vas a dar de la súper mujer que se la juega y todo, disfruta tu libertad, tu juventud y no te amarres la vida como yo, todos podemos cometer errores.
-                  Esto para mí no es un error, o crees acaso que soy de las estúpidas que andan con le discurso de los derechos femeninos. Si la cagué, la cagué y asumo, no como tú poco hombre que andas matando por querer, tú que el otro día que te declaraste tan en contra de Pinochet porque fue un asesino y quieres matar a tu propio hijo, que no te ha hecho nada más que existir por culpa nuestra, eso no se hace y si tengo que sacarme el sudor del sobaco para alimentarlo lo hago, porque por muy pobre que se sea no te puedes quedar sentado esperando que los demás que no tienen responsabilidad alguna en lo que hiciste te tengan pena y te ayuden a solventar los gastos de tu hijo. Métete esa plata por el culo huevón cobarde.

Todo el mundo fue testigo de tal escena de pasión incontrolable que protagonizó Antonieta en Bavaria, en segundos, medio Copiapó sabría lo recién acontecido y se harían los tontos y sorprendidos diciendo que no tenían idea de que el doctor Germani cometía tales crímenes, negando que por lo menos un cuarto de la población local se había sentado en su camilla para los tan escondidos y tabúes abortos, clandestinos claro y que nadie denunciaba.

Su madre la apoyó en cuanto supo y llegó con monos y petacas a instalarse a Copiapó, decidida a olvidar el estresante ruido de la capital y a darle a su hija todo lo que pudiera, pero más que por Antonieta lo hizo porque no soportaba, ni concebía la idea de que su nieto naciera lejos de ella. Pasaron los meses hasta que llegó el momento del parto, la ayuda de su amiga y el perdón que día a día su ex pareja, Matías le pedía, hicieron levantar el ego de González y a lo que al padre de la criatura respecta, unos nazis lo mataron cuando lo vieron en la calle besando a uno de sus ex compañeros del liceo. Por lo menos ya tenía un ángel de la guarda para su criatura y un cobarde menos en la lista de pretendientes, confuso e indeciso en todos los aspectos de la vida.

Parió un siete de agosto, diez días después que ella cumplía años, a su primogénita, llena de grasa y sangre, con ojos grandes y abiertos, cabellos ébanos, cuya sonrisa de amor y aires de desapego, predijeron lo que decidiría años más tarde la preciosa creatura. La llamó Alejandra Daniela González González, porque a pesar de que debía llevar el apellido de su padre, Parra, la mujer con que el Perro tuvo a su primer hijo se opuso creyendo la muy ingenua de que podría obtener algo de herencia de Pedro, sí, sólo las deudas. Luego el tedioso examen de ADN donde por fin se comprobó la absurda paternidad del muerto y tenemos a una niña llamada entonces Alejandra Daniela Parra González.

Matías mostraba verdaderos avances y se sentía profundamente enamorado de Antonieta que aunque no lo pudiera creer, no le quedaba ni un kilo de rencor en contra de quien fuera hace más de una año su novio. Todo marchaba al pie del cañón, empero, ni los más tristes recuerdos le impidieron una noche de pasión tomar unas pocas prendas de vestir, una maleta y asquearse por fin de todo lo que le había pasado, no podía ser más infeliz. Acto seguido: escribe una note que decía: No nos busquen, arropa a su hija de pocos meses y se va al Terminal  pidiendo un viaje a Santiago, a la civilización, donde nadie sabía si quiera cuál era el valor de Copiapó, ciudad que tanto le había dado al país para que Chile ocupara la posición que tenía. Apenas tocó piso capitalino se dio unos arreglos a la cara de dormida y se dirigió al banco más cercano a venderle su casa del norte, su madre no le importaba, después de todo, nadie la había invitado. Matías que se fuera al campo, que su amiga la perdonara y que su madre se las arreglara, fría como un témpano es como decidió ser de allí en adelante. Viviría sólo por su hija, comenzó a trabajar y logró pagar su carrera entera y ser por fin una Ingeniera Comercial con todas sus letras y acentos orgullosos. Su hija cumpliría dentro de poco, un año.

VI

Andrés Jaramillo vive en el sector alto de Santiago, donde la plata abunda, pero su raíz es no muy decente, no es decente. Un día en que llovía torrencialmente, él había peleado fuertemente con su madre porque descubrió que ésta, la mujer intachable en que confiaba lavaba dinero en la empresa que hasta ese momento toda la familia creía que venía de honestas ventas de cosmetiquería a sus clientas distinguidas de los barrios high vecinos. La pelea, estridentemente grandiosa. Sin cinturón, con la rabia y decepción en la mente, a más de ciento cuarenta kilómetros por hora y por ese entonces la aciaga lluvia.

El hombre estaba sin signos vitales, la sangre que botaba era negra casi y lo que Antonieta podía hacer era muy poco; sólo llamar a la ambulancia y mirar detalladamente lo que al hombre sucedía, que no era más que botar y derramar sangre, empalidecerse, inmóvil, para luego contárselo a los doctores.

La vida de Antonieta se le pasó a diario en las mañanas santiaguinas escuchando discman, si de felicidad se trata,  nadie es feliz completamente. El mundo giraba entorno a un lote de números, firmas e ideas capitalistas. Su desgano empezó a ser evidente y el despido ni se hizo esperar. Alejandra necesitaba ya ir al colegio y como la plata no sobraba, un jardín municipal fue la única opción. El primer día de jardín como para todo niño fue traumático. Empezando, el aspecto estructural era el de sus expectativas; una institución humilde, no se sabía si ese era el color o si es que estaba llena de polvo, dentro de un barrio marginal, el material era ligero, estaba protegido solo por una reja y los perros de la calle entraban y salían cual propia casa, el portero era un pequeño hombre de aspecto pobre, dientes de fumador, moreno, escuálido, de ojos famélicos acataratados, una escoba en sus manos y se notaba fácilmente que el pantalón lo cambiaba cada semana, la piel curtida por el smog y el sol, sus uñas largas demostraban que no conocía el autoaseo y mucho menos el que entrecomillas le propinaba al humilde jardín. Lo más sorprendente vino minutos después, al momento en que abrió la puerta de la salita y ve a un joven al que le pregunta dónde está la educadora.

-            Buenos días, mi nombre es Pablo Carrillo. Soy el educador parvulario del nivel.
-                  Disculpa, pero estoy tan acostumbrada a las tías, lo siento.
-                  No te preocupes, suele suceder, siempre ocurre. ¿tu hija se integra?
-                  Sí, se llama Alejandra Parra, primera vez que viene al colegio, si llora díganle que vuelvo inmediatamente y fui al hospital. Antonieta González- dice ella extendiendo la mano- mucho gusto.
-                  Es mío, nos vemos

Dos cosas sucedieron casi espontáneamente; primero no hizo falta que Alejandra recibiera las excusas de su madre, rápidamente se acercó a un grupo de niños, se sentó y  empezó de inmediato a conversar y a pintar. De su madre ni idea. Por otro lado al salir Antonieta de la salita las voces de los infantes no tardaron en burlarse de Pablo por su supuesta novia. En su vida de veintisiete años, Carrillo había tenido pocos amores, las mujeres volaban de su lado cuando él les contaba lo que estaba estudiando, lo miraban con recelo y como si fuese un amanerado. Venía saliendo recién de un quiebre; su ex luego de jurarle amor eterno, como en el más repetido argumento de películas, se fue a otro país sin explicación alguna y él tuvo que llorar pero al fin y al cabo, seguir respirando después de cada sollozo. Antonieta ya lo había pensado la noche anterior: debería buscar un nuevo trabajo y aunque las ideas de los jefes fueran tan mediocres como ellos el humano es naturalmente perverso y esperaría en cualquier momento que la traicionarían y le dieran la espalda fácilmente. Dos cuadras más allá del jardín entró a la agencia de un diario a dejar aviso de su disponibilidad como ingeniera comercial que decía así:”Ingeniera comercial busca trabajo en horario de oficina, bajo cualquier tipo de presión. Título en mano...”Al día de haberse publicado la llamaron de Croens y Kírara Ltda., una empresa del barrio alto de la capital que era incipiente en el rumbo y estaban con un trabajador de licencia. El reemplazo fue de dos semanas y el contrato estuvo hecho en la misma entrevista. La eficiencia de Antonieta dejó realmente sin palabras a sus pares y a los contratistas.

-                  Su rol, Antonieta, en la empresa, nos ha llevado realmente a romper records impuestos por grandes marcas.
-                  Muchas gracias, pero creo que con orden y constancia se pueden lograr más cosas de lo que una pueda proponerse por lo bajo.
-                  Además es humilde, señorita, su talento no es cosa sub iúdice. Nos pone en aprietos porque el reemplazo se acaba y ha dado muestras de profesionalismo exuberantes. El caso del señor Jaramillo es lamentable, a pesar de que le brindamos todo nuestro apoyo, profesionalmente no nos satisface –claro, si los ramos que nunca perdió era porque se los compraba el papá-y si no es por los pocos cupos que podemos ofrecer, él ya no trabajaría acá... – diciendo esto, Jaramillo, entró a la oficina, venía dispuesto a reintegrarse a sus labores ya que los médicos observaron un gran progreso en sus heridas-.
-                  Hola, buenos días, qué tal don Claudio, vengo porque los médicos me dieron permiso para entrar a trabajar antes.
-                  Disculpa, pero te conozco. Eres el que se estrelló en contra de un árbol, soy Antonieta González, ese día te ayudé a salir y llamé a la ambulancia. Lo siento mucho.
-              Muchas gracias, pero no tengo buena memoria, perdí en el accidente un poco de la de largo plazo. Imagina cómo debe estar la de corto plazo-dijo Andrés-.
-                  Buenos días Andrés, la verdad me pones en un gran aprieto, porque en verdad deseo mantener a Antonieta –decía con voz de dispensar- su eficacia como ingeniera nos ha sorprendido y te pediría que mantengas tu licencia. Sólo quedan tres días, lo mejor sería, sin desmerecer tu labor claro, que fueran hoy mismo a comer juntos para que ella te pueda contar el estilo de trabajo que lleva. Es más pueden ir ahora ya y les pago el almuerzo. ¿Qué les perece?
-                  Acepto –dijo ella casi muriendo de hambre-
-                  También yo.


VII

Hay momentos en que la vida parece que se complica. Ratos en que todo sale mal. Es cosa de poner un pie fuera de la cama y por arte de magia negra, te doblas el pie y debes cojear por una semana, pero dentro de la misma semana has soñado con eventos con los que al despertar se siente gusto a tristeza, las ganas de seguir durmiendo son tan tamañas que ya sabes que el día será una soberana jornada de mierda. Y en efecto; el primer día apenas te podías bañar por no apoyar el pie derecho porque parece que lo fracturaste o dislocaste y no puedes ir a consultarlo porque no tienes tiempo, lo peor, no tienes plata para pagarle a la maldita Isapre. Día dos; obligado a levantarse con el pie izquierdo porque el diestro está enfermo y pareciera que mañana estará hinchado. Por simple superstición: otro día aciago. Día número tres. Dicho y hecho, más bien, pensado y hecho el tobillo se inflamó y otra vez la izquierda al frente, te miras al espejo y la espinilla poderosa, jugosa y asquerosa, lo molesto, la vergüenza y el dolor. Día cuarto ¿o cuatro? Soñaste que una gata se te subía a la cama, te rasgaba las tapas de ella y se quedaba allí a dormir cual propia cama y para desgracia conoces perfectamente el significado de aquel onírico. Te están quitando a la pareja; triste todo el resto del día. Como nota amarga: no te llamó y sin saber por qué. Quinto día. Es viernes. Hoy saldrás a una fiesta. Esperas todo el resto del día que suene el celular, esperas, esperas, esperas, esperas... dejas el trabajo listo, lo hiciste con tal ahínco que el jefe te felicitó. No por mucho madrugar se amanece temprano. No hay mal que por bien no venga. El celular pareciera estar sin señal. Buenas noches los pastores. Sábado y domingo. El novio o la novia está trabajando en un pololito, el fin de semana es para ellos, “productivo”. ¡Ay, qué semana!

            Algo así fue lo de Andrés, que, al ver que ya no se le quería en la empresa, no iba con las mismas buenas  e inocentes ganas de productividad a trabajar. Las comparaciones llegaron a tal velocidad que en el hastío de sus decepciones y reflexiones decidió renunciar y ayudar a su madre en las mafias santiaguinas por mientras encontraba algo con mejores propuestas laborales y financieras, y, por cierto le iba hallando el gustillo ese de la vida fácil, donde se arriesgaban las vidas de unos cuantos, pero la de ellos estaba protegida mientras tuvieran dinero.

Odette es la típica madre que perdona a sus hijos toda clase de errores, porque al fin y al cabo, éstos han perdonado humildemente que les trajeran al mundo, la que dice que hay que apoyarles en todo, sea bueno o malo. Y bien pues, ha vuelto a Santiago de Chile buscando a la suya: Antonieta. Dio vuelta la capital en poco tiempo y en los registros en las oficinas gubernamentales de educación ubicó el jardín en el que su nieta recibía clases. Al otro día caminando de la residencial en que moraba se preguntaba, voluble, pensando que estaba en las inocentes calles de Copiapó, “...por qué diablos las viejas tenemos que andar solas en el mundo, no podemos fijarnos jamás en un hombre joven, lleno de vitalidad, del cual poder caer locamente enamoradas. Siempre si es que los hijos lo permiten, debemos buscar un viejo gagá, feo, con el que nos obliguemos a pasar nuestra vejez. ¡¿Vejez?!, pero si a penas tengo cincuenta años y ya me tengo que ir al cajón. Si supiera esta desalmada con cuanto hombre estuve en Copiapó y no me siento pero para nada una puta, me siento más mujer que nunca, porque al fin al cabo la puta es puta porque es mujer y el hombre es un macho por cuanta lleva a la cama. Maldita sociedad, en todo caso, puta es la que se vende y nada he cobrado, pero nada para hacer el amor; es un placer gratis, al menos para mí que ya no uso pastillas. Por qué siempre andar solas, sin un compromiso, algún jovencillo que no sólo nos mire, sino que tenga los pantalones tan bien puestos que se quiera comprometer. Ya lo encontraré, aunque me digan meretriz, qué me importa si es de envidia...”

Antonieta fue por su hija al jardín infantil. El educador, sorprendido, le comunicó rápidamente que su hija estaba en manos de una mujer mayor, como de unos cincuenta años que la retiró sin siquiera haber terminado la jornada, llegó con una comunicación prolija que decía que la pequeña tenía hora al doctor y estaba firmada con el nombre y R.U.T. de la madre. Antonieta había crecido desde pequeña en una sin más familia que su madre y otra buena mujer. Su padre, un señor campesino de estatura mediana, piel morena, extremidades cortas, macizo, mal hablar, conoció a Odette en una fonda que se levantó en la casa de los patrones en Huara, un poblado cercano a Arica en el norte de Chile, de fiestas patrias celebradas los dieciochos de Septiembre. En aquel momento Odette era solo una niña de once años y él un hombre solitario de veintitrés años de edad. Ahí la vio por primera vez y su decisión, además de hacerse impostergable, fue inquebrantable. Sonaban tan bien Los Huasos Quincheros, Los Cuatro Cuartos, Margot Loyola entre infinitos ¡Viva Chile! y cachos de chicha que nublaron la mente de los patrones dejando a Odette, su hija, a la intemperie de la entretención de un tropel de niños chicos y de Carlos  González, un sobrio premeditado en aquel bullango de alcohol, euforia, sexo y descontrol. En otros instantes, que se valieron de unas cuarenta y ocho horas, el ambiente cambió de tan repentina manera que el lugar de los hechos fue otro. La capital, les propinó en su lugar rural, las mejores condiciones para vivir. Carlos, luego de raptar a Odette aquel Dieciocho de Septiembre, tomo un transporte que lo llevara tan lejos de ahí, de modo que los patrones creyeran que su hija se había  ido al Perú o a Bolivia. La niña olvidó tan rápido como llegó los momentos más decidores de su infancia y con Carlos, comenzó feliz y alborozada una nueva vida, él representaba para ella una especie de Dios, un tipo de padre y esposo, tutor, hermano, y vivió encerrada hasta muchos años después cuando dejó de ser una huasa de campo para ser una digna dama de capital. Pero en su crecimiento jamás pudo volver a salir a la calle, a conocer lo que había más allá, cualquier intento por terminar con su mito de la caverna era frenado por un golpe ciego, no conocía bien lo que era el odio o la rabia, su cerebro sólo alcanzó a percibir lo que Carlos le decía ser bueno, entre lo que estaba su violencia. Cuando llegó el tiempo de ser mujer, ella pensaba que estaba maldita porque creía que el votar sangre era resultado de prácticas indebidas. Si los animales eran sacrificados para ser comidos y llevaban sangre, si a los ratones había que matarlos, botaban sangre, pero qué había hecho ella para expulsar sangre de sus entrañas. No fue capaz de ocultárselo a su Dios. Carlos, que estaba conciente de lo que ello significaba la llevó a conocer el universo sexual, desde un beso tan tímido y cariñoso, pasando por sensaciones para ambos desconocidas, respiraciones intensas, orgasmo hasta violaciones. El día en que Odette salió de la caverna fue porque vio cómo mataban a una cabra para luego comérsela. Supo entonces, más bien pensó, que si el animal nada malo hacía, por qué estaba sangrando. Se lo preguntó a Carlos, pero el sólo le respondía que no hiciera más preguntas. En la cena comieron carne de cabra al horno,  y creyó que si se comía un gramo de cabra, un  gramo de maldad entraría en su cuerpo, tan ignorante fue que pensó que era el ser más bueno del mundo cuando dejó de menstruar. Dios la había perdonado de sus faltas intangibles. Se había preñado. Siguió tan alumna como se le obligó a ser, hasta que nueve meses más tarde un dolor la obligó a parir. Sebastián era el primogénito de aquella familia, creció bajo el infracturable cuidado de Odette, que al contrario de ella, sí podía salir fuera de la puerta por el hecho de ser hombre y tener dos bolsas colgando. Carlos nunca se casó con Odette porque ella jamás supo qué era el matrimonio, ni un bautizo, ni siquiera qué era una iglesia, y claro, si no salía de la casa y la más cercana estaba a setenta y un kilómetros del pueblo campestre. Un día Sebastián del Carmen, como era su nombre, quedó a cargo de casa mientras su padre iba a la capital a terminar de firmar unos papeles que le aseguraran la propiedad del rural. Sus mañanas eran espirituales, tampoco conocía la religión, pero no hacía falta para que la practicara con sus propios dioses y sus propios ritos, llegaba a un manantial cercano caminando y con cánticos en una lengua por él inventada, dándole gracias a la tierra, al fuego, al agua y al viento. Con él llevaba una antorcha encendida que colocaba en un altar improvisado con la ayuda de un árbol milenario, ahuecado como la madriguera de las ardillas, se pinchaba el dedo y con el fuego se lo quemaba para que lo hicieran sus pecados, la antorcha se quedaba enterrada en un hoyo en la tierra y cada día plantaba una lenteja para cercar el terreno sagrado para él, así agradecería al aire purificándolo y a la tierra haciéndola más exuberante. Se desnudaba entero dejando al aire y a vista de nadie su cuerpo atlético de Hércules, sus miembros desmesurados, más de una vez, todas las veces dejaron a las mujeres con los ojos afuera, se llenaba de tierra que se tiraba desde el cuello hacia abajo, y con un frío que no sentía por la costumbre, se lanzaba al manantial, que él le llamaba Cracinak, para estar en contacto con el agua y purificar también su cuerpo tan propenso a las tentaciones y al pecado carnal. El ritual duraba una hora exacta y el camino a casa otra más, donde se agregaba más tiempo si se dedicaba a cazar liebres o a matar por gusto.

Un día en que realizaba el ritual, estaba entregándose a Cracinak, cuando se sintió extraño, con fiebre, era como si creciera y decreciera, entonces el lentejar que hubo plantado aumentó su tamaño colosalmente dejándolo encerrado, el fuego rodeó el lentejar para que no escapara mientras el lugar se hacía invisible; el agua de Cracinak se mezcló con la tierra y junto al aire formaron un  tornado que lo llevaron intempestivamente a un mundo cuyo trono de Rey sería ocupado por él, y podía ser el Dios, el tirano y déspota cuando quisiera. Su nombre ahora era Lúktar y todos hablaban el idioma que él  había creado, las hadas, los gnomos, los espadachines, las guerras de luces y chispas lo dejaron atónito, pero pronto se dio cuenta de que no quería estar ahí, ni de nadie ser dios. Extrañaba la realidad y lo que ciertamente era un regalo de sus dioses, le tomó como a traición. Sin embargo había allí un gran detalle, los habitantes de Faedo eran sordos y usaban lenguaje de señas, no sabía qué hacer hasta que se dio cuenta de que el tampoco escuchaba. Las señas fueron instantáneas, era algo pentecostal. Como es de suponerse, no llegó a casa porque el rey Lúktar estaría ahora  preocupado en los asuntos de Faedo y en hacer sucesores al trono en un lugar en que nadie moría y si faltaba espacio se hacía, total, el universo es infinito como la imaginación.

Cuando el rey estaba enojado los días eran de invierno y torrencialmente lluviosos. El rey Lúktar salía todos los días a hacer rituales par ver si podía revertir lo acontecido y volver a lo real, pero todo fue en vano y aunque jamás supo ni cómo mandarse él, le dio a su reino un toque especial, de libertad, de felicidad, pero recordaba su origen y se llenaba de tristeza, una melancolía tan profunda que todos lloraban sin saber por qué. La rutina que tenía no lo aburría porque los seres maravillosos abundaban siendo infinitos daba las órdenes suficientes y eran obedecidas, pero se fue sintiendo solo y necesito una reina que fuera como él, con cuerpo de humano y no un gnomo o un hada. Su habitación en el castillo debía ser la más grande, aunque la ambición y la avaricia no existía, todo estaba ordenado jerárquicamente. Guardaba allí un cajón con tierra, una pecera con animales fantásticos, velas inconsumibles, y un libre transitar del aire para honrar a sus cuatro dioses. Vio entonces en el reflejo de la pecera su rostro que ya era el de un hombre de más o menos veinte años y que nunca supo que era un cumpleaños. La sirena que andaba escondiéndose del tiburón diminuto, aprovechó de que éste estuviera durmiendo luego de haberla poseído, para decirle dactilógicamente el secreto para poder ser humana. La sacó y la llevó a un lago cercano donde ella creció al tamaño de una persona. Era la mujer más bella del reino y había cambiado sus patas escamadas por unas prodigiosas piernas de mujer, sus pechos imitaban a un par de melones perfectamente esféricos, sus curvas eran capaces de dejar demente a cualquier hombre de la vida real y hasta al cura más derechista conservador renunciaría a la sotana e iría feliz al infierno por sólo tocarla. No tenía nombre y se le llamó Negrelise, que significaba, sin nombre. Negrelise nunca le pudo creer a Lúktar lo que le fue contado, de donde venía, del mundo en que había maldad, para ella el concepto de maldad era tan inimaginable como para Lúktar fue este mundo cuando llegó.

Negrelise fue a vivir  a una casa cerca del castillo por donde pasaba el río que nacía del cielo y terminaba ahí mismo. Se enamoró Lúktar por primera vez, cada día que se veían, ambos llegaban a casa con un mar de ilusiones que se les olvidaban al ir a dormir aunque la noche la creaban ellos; al Sol lo apagaban y encendían cuando ellos necesitaban hacerlo y hasta elegían el tipo de Luna que preferían. Por otra parte, Lúktar, el rey, llegaba al castillo y le escribía una cara por noche, cartas que ni el humano más sensible imaginaría, un amor que era algo más que amor, y se escapaba a las redes estrechas de la mente. Mas temió siempre de que ella lo hubiese usado para poder dejar de ser la presa diaria del tiburón en la pecera. Y cuando cruzaba el puente cada sábado que era el día de entrega de cartas, el lanzaba los tres cuartos de éstas para darle las epístolas más desabridas. Él recibió siempre lo mismo, rallas de todos los colores que significaban amor. Ella las leía y quedaba siempre feliz, aún sabiendo que no era eso todo lo que él sentía. Así pasaron todo un año hasta que en el día trescientos sesenta y cinco ella se le acercó y dijo siempre en señas:

-                  ¿Por qué no me amas como yo a ti?
-                  ¿Y qué te hace pensar eso?
-                  Pues porque algo me dice que no lo estás dando todo, que no confías en mí y tienes miedo.
-                  Lo doy todo, más de lo que tú  haces  y dudas de este amor que te tengo. No lo puedo creer, hasta he pensado en darte un hijo y me dices esto. Te saqué de la pecera, cosa que nadie más haría y piensas que no te amo. Si lo dudas tanto, ve y pregúntale al río si te amo.

     Comenzó a llover en Faedo porque su rey estaba triste, era invierno y aún el día no terminaba. Negrelise fue corriendo a su casa y encontró en una piedra las cartas atascadas que Lúktar había lanzado en sus ataques de cobardía al río, entonces comprendió cuanto se querían y el mal que hacía la falta de comunicación. El año terminó y todo volvió a ser igual. Los años eran iguales a todos, por eso nadie moría, se perdía la memoria y todas las acciones eran las mismas en los días precisos y siempre más emocionantes. Lúktar olvidó que era Sebastián del Carmen y jamás llegó de vuelta a su casa ni a su realidad.

VIII

            Las once de la mañana y Odette llegaba a  Santiago en busca de Carlos para avisarle presunta desgracia. Era toda una campesina. Llegó preguntando cómo llegar a Roma y lo hizo. Llegó a las dependencias de una iglesia, donde Carlos y Elena Loyoli contraían matrimonio bajo el nombre de Dios. Por supuesto que ella no notó lo grave de la situación, si no sabía qué era esa cruz con un hombre desangrándose, menos lo que era ese enlace. Lanzó un grito despavorido de horror que hasta los sordos de Faedo habrían escuchado. Corrió llorando para que alguien hiciera algo con ese pobre hombre que estaba muriéndose en aquella cruz, cómo era tan mala una persona, se cuestionaba, y los celos despertaron en ella cuando vio a su hombre de la mano frente al altar y con esa mujer. Era tarde porque Carlos ya se había casado.

            El escándalo de esa mañana en la iglesia fue de proporciones porque Carlos la rechazó y la negó frente a todos. Muy decepcionada ella se devolvió al campo y no le dijo lo que con Sebastián hubo ocurrido.

            Que se lo comieron los perros, que se lo raptaron los platillos voladores, que se hizo cura, que estaba preso, que se enroló al Ejército, que se fue con los gitanos o con el circo, que lo vieron en una casa de señoritas bailando, etc. Nada de eso logró que Odette guardara en su mente algo que le decía de la inmortalidad de Sebastián del Carmen. Pasaron los meses y Carlos de algún modo u otro, tuvo que volver a casa. Le prometió a su esposa que iba a trabajar, pues se dedicó a ser camionero con un amor en cada puerto. Ese día llovía y Odette estaba en casa acostada, llorando cuando Carlos entró arrancando la puerta, la miró y trató de conversarle pero ella nada quería con él. La violó tantas veces que la dejaba sangrando lágrimas en el piso y debían dormir en sábanas húmedas de sangre, pero más húmedas por las lágrimas. Fue así como Odette se preñó de Antonieta. Cuando Carlos supo lo de Antonieta, trató de sentar cabeza, pero ya era demasiado tarde; estaba casado y esperaba un hijo también con Elena Loyoli que no sería el último. A Antonieta la reconoció y por lo tanto a ella nunca le faltó el alimento. Odette dejó la vida de campo y se fue con su hija a Santiago. Allí pudieron ambas salir adelante. Odette se vio obligada a crecer, buscó a sus padres en el norte, pero ya estaban muertos y nada más pudo hacer. Antonieta con el paso de los años se tuvo que ir a estudiar a Copiapó, porque Carlos murió y lo  único que les dejó de herencia fue odio y deudas.

            Alejandra cumplirá dentro de poco quince años, su novio  ha organizado con Antonieta una fiesta sorpresa y todo se prevé un éxito.  Los amigos son muy simpáticos, extravagantes, pero amables, qué le iban a hacer, cada uno elige a sus amistades aunque tengan el pelo de colores, mechas paradas, se pinten los ojos como niñitas o usen ropa de vieja loca. La fiesta empezó a las once, pero Alejandra no debía llegar aún. Le había pedido a su mamá que la llevara a un lugar tranquilo, despejado en donde pudiera ver la estrella en que su padre vivía y la estrella fugaz que como regalo éste le iba a mandar. Miró las estrellas la niña que empezaría la vida de una mujer y una lluvia de estrellas fugaces se dejó caer con las lágrimas sinceras rodando en sus mejillas y en la Luna se dibujó el mismo Te quiero que las luciérnagas hicieron en el piso de esa noche maravillosa y bendita. Había silencio sepulcral en casa, abrieron el portón y todos cantaban el cumpleaños feliz para Alejandra. Rodrigo era un muchacho algo tímido, no obstante, en lo que a Alejandra competía, el valor le irrigaba el cuerpo como una enfermedad contagiosa y rápida. El momento que debía enfrentar esa noche sería tan decisivo para su corta existencia. Lo encontraron muerto dentro de su closet con una botella de alcohol y pastillas que servían como veneno para ratas. Me voy a hacer monja dijo tan decidida que nadie atrevió a argüirle recapacitación. El día de sus votos parecía una santa, la gente comentaba lo bella que se veía, se veía más rellena y era porque estaba preñada. Las monjas mayores se espantaron tanto al enterarse de tal acontecimiento que no titubearon la idea de descomulgarla por haber mentido y porque argumentaba virginidad y esperar un hijo del mártir de su repentina decisión. Por último dijo que estaba preñada del Espíritu Santo y tuvo que hacer ayuno por dos días debido a la preñez, pero rezar incansablemente el Rosario por los siete continentes, por el hijo que traía en las entrañas y pedir para que Dios la perdonara de semejante sacrilegio y blasfemia. Imploró tanto a Dios que hasta le alcanzó un milagro para Faedo. Su convento se ubicaba en una zona lejana a Santiago, cercana a la costa, pero ella nunca supo cómo era que realmente se llamaba el pueblito de San Diego. Vivió feliz con su hábito y sus votos de esposa de Dios, ayudaba a los desposeídos y hacía obras de caridad mientras Julián Garrondo, el hijo que parió, era criado en las manos de su bisabuela y abuela en Santiago, tomando costumbres capitalinas.

            La noche en que Matías volvió a su vida, Antonieta dejó de creer que las corazonadas eran coincidencias. En su trabajo, se anunciaba la llegada de un nuevo empleado que venía del norte,  por la noche habría una cena en un restaurante. Un hombre llegó muy acicalado, medía casi un metro ochenta, de Pino Golbert, una teñida muy informal, el pelo brillante de sedosidad y una sonrisa tan bella que la mujer más mesurada hubiera tratado de un modo u otro, sacarle por lo menos el número de celular. Antonieta que ya lo conocía, se enamoró en cuanto le sintió el olor, lo saludó de un beso y no dudó en decir que ello había sido una sorpresa, no se hagan ilusiones chicas, este muchacho es mío.
           
            El día en que nos casamos, estaba muy nervioso, puesto que, la noche previa, soñé que me sacaba en cara todo lo que en Copiapó le hice. Mis manos eran una cordillera en verano que sudaba ríos de miedo.  La esperé ansioso al altar. Sus ojos me quemaban con ese divino resplandor que de ellos emanaba. Julián se veía muy feliz al ser quien llevara las argollas, no sucedió que hubiera perdido las argollas como en los clisés, pero cuando el padre se las requirió, las tiró y se fue pavorido ante la voz potente del cura. Aquel beso, ha sido uno de los más sinceros que nos hemos dado. Antonieta no ha cambiado mucho, desde que nos casamos sigue siendo la misma trabajadora y luchadora, en el trabajo la necesitan para todo y lleva ya un rango más que yo. Cuando me dijo estoy preñada sentí la emoción más fuerte de un hombre, me proyecté celando a una muchacha de sus pretendientes o a un chico a jugar a la pelota o a arar la tierra fértil de San Pedro. Mi suegra empezó a querer alejarme de mi esposa porque según ella, hacía yo que Antonieta se alterara y eso era perjudicial para su gravidez. Pero la raíz de su lejanía no radicaba ni lo hizo nunca en eso, más bien, la soledad la amargó poco a poco y por cierto no quise para mi hijo o hija una abuela idiota  y así fue que me atreví a contactar a mi hermano que ya estaba algo viejo y soltero. Daniel no se rehusó, pero le costó trabajo conquistar a Odette que de orgullo no cedía ante los regalos e invitaciones. Un día que Daniel la invitó a salir a tomarse unos tragos, ella le cogió la cara y le propinó el beso más apasionado que en su vida hubo dado. Desde allí no se separaron más.

IX

            El Carlos ha dejado este mundo, el dolor que me embarga no se compara ni siquiera con haber perdido al Sebastián del Carmen. Aunque haya sido tan maldito y desgraciado, la soledad me jugó una mala pasada no más y al fin y al cabo cualquier cosa es mejor que estar sola. La Antonieta está muy chiquita y no hallo manera de decirle que este malparido se murió; su paire es todo, más que yo y que Dios. Hace poco conocí a mujer bondadosa. Me había visto en la casa que estaba el pobre hombre en la cruz esa. No sé cómo fue que me ubicó, pero me ha ayudado bastante, ahora estoy aprendiendo a leer y a escribir, que como escuchó ella en un libro, ahora tengo el pasaporte al mundo. Toavía me queda sumar y restar; a pesar de que  ni me le ocurre qué lesera pueda ser esa. Malnacido, malhecho, fatal, cómo diablos me fue a tener encerrada fuera del mundo y cómo diablos me corren las lágrimas porque ya no está. Mañana está mujer llamada Ernestina seguirá enseñándome las cosas de las que el encierro me privó, pronto, dice, podré leer a Marx, Engels, de Unamuno, de la Vega, de Cervantes, y conocer qué es el mundo. Vive sola en una casa muy bonita y cómoda, una mujer más joven la atiende a la orden del día, tiene muchos gatos, le pregunté si tenía hijos u hombre, pero se quedó callada. Supongo que no se han muerto, Antonieta es su mayor entretención y amor. A ella también les está enseñando a leer y a escribir, pero mija parece estar más divertida con los gatos, Ernestina dice que será muy habilidosa la niña.

            Cuando ya dominé las letras y números la señora Ernestina se murió y la empleada se fue. Parecía que estaba esperando que la durazna de su alumna se pudiera licenciar, recuerdo bien que un día llegó un señor muy bien vestio, oloroso y amable. Se encerraron en el estudio y al cerrar la puerta gritaron a carcajadas al ver a la Antonieta comiendo cabeza gacha con los gatos en el jardín de los abedules e hibiscos. Por gracioso que fuera a la niña había que enseñarle, porque si no, un día de estos me la hallo comiendo ratones o cagando en la calle. El caballero era abogado, me lo vine a encontrar ahora después que se me fue la doña Ernestina, y me dijo, que esta casa y un  montón de plata era para mí, que la muy bondadosa que un día me vio humillada en la Iglesia y comprendió lo que me sucedía, que me acogió en su casa de otoño, a pesar de lo que dijera la sociedad santiaguina, me dejó de heredera de toda su fortuna, no así a sus hijos que llegaron después en cola india detrás de la puerta a reclamarme todo lo que era mío y tuve que gastar en las deudas que el fatal del Carlos me dejó, me quedó para que la Antonietita fuera al colegio y ojalá un día a la Universidad.

X

            El tiempo pasó y ya no soy la misma analfabeta, que en un día tan brusco, tuvo que conocer el planeta del que vivió aislada por años de vida. Los primeros libros que leí fueron los de Marx y Engels. ¡Qué razón más grande es la que tienen!, pero caen vertiginosamente cuando sueñan. Lo sé porque la vida me ha enseñado que los humanos somos naturalmente perversos. Al final de cuentas los domina el egoísmo, la indiferencia, la ambición, el abuso de poder y son capaces de pervertir a cualquiera. El escritorio está helado, ansío tener un cigarrillo en mis manos y pulmones, esta lámpara alumbra lo preciso que es el teclado de mi computador y las ideas que de mi mente corren vigorosamente, recordando, no sé por qué, a las primera páginas de El Lobo Estepario de Hesse, tan aburridas, como estoy, acá oyendo la filosofía de Arjona. Realmente salí adelante, quién habría pensado que una huasa ignorante como fui, tendría ahora tanto mundo, pero no por eso mucha felicidad. Queriendo escribir un libro, queriendo dejar huella, descendencia y trascendencia. Sin embargo, no puedo ser tan egoísta; criar  a este mocoso tan querendón, me ha dado alegrías y retozos de amor que no encontré ni en mi hija ni nieta, aunque ya he hecho todos los trámites para darle vuelta los apellidos; la familia del difunto padre ni se pronuncia. Estúpida. Qué apellido le dejo. En realidad no soy de esas viejas locas que se andan preocupando por los apellidos, ni mucho menos sintiéndome orgullosa de ellos, soy una vieja ociosa y, pero que demonios, también soy loca. Parra es apellido de artistas, pero el abuelo de Julián no lo fue ni para cantar una canción, Miranda, que es el mío, para qué si ni sé de donde vengo, para qué decir González. ¡Infeliz! Garrondo, que jamás hube oído, le queda bien, incluso le hace juego, rima. Daniel me hace feliz, la verdad es que reclamo como lo haría cualquier vieja loca y aburrida. Soy una leona demente cuando le digo no a sus regalos y agasajos, pero siempre cedo tan expugnable y templada. Cuando él me abraza, yo me reinvento, olvido todo y me dejo llevar por estas sensaciones que al cerrar los ojos me presentan una pareja volando por el universo de galaxias y planetas inventados. Solos los dos en el mundo infinito de estrellas. Es lo que sueño al tocar mi cabeza su pecho inflamado en músculos de campesino y tostados por los soles atacameños. Despierto dulce y voraz en ese macho que un día llegó y casi yo pierdo de caprichosa. Me vierto impetuosa en su cuerpo de fiera, de mi palomo ingrato que arrulla en el nido de pasión. Gracias yerno de los mil demonios, que a veces te odio y no sé por qué es. Será porque el orgullo no me deja agradecerte que a mi vida hayas traído al hombre que jamás habría encontrado solo en un  bar o que se me hubiese acercado con palabras de príncipe azul. Daniel, ¿sentirás lo mismo por mí? Lo siento en ese frenesí imparable que se delata cuando me haces el amor. Nos amamos incansablemente.


            El amor que Odette llegó a sentir por Daniel fue recíproco, como ella lo sospechó. En una iglesia del campo se casaron de tediosos. La noche de bodas llegó ansiosa como llegan a la mano personificaciones que inventa a veces el corazón, a veces el cerebro. Hicieron el amor tres veces en la noche, y al tercer y último orgasmo murieron montados con un ataque al corazón, no de emoción, sino, de terror por los ocho grados Richter que movieron la tierra chilena en ese preciso instante en que se abrazaban para que ni la muerte pudiera separarlos. ¡Vaya manera de morir! Ni la muerte los separó.

            El bochornoso amanecer que los cuerpos recién casados enfrentaron determinó que no había tiempos para vergüenzas ni pudores.

-                  Mamá, ¿estás bien?- preguntaba desde el exterior de la habitación. 
-                  Llevan más de cinco minutos sin responder- agregaba Matías.

            Un grito de niño hizo que empezara una nueva réplica del terremoto. Por la ventana de la habitación de los recién casados Julián miraba aterrorizado la fogosa y espeluznante imagen que no comprendía y lo dejaba con un trauma que lo tendría un día llorando, sin hablar ni gritar, no obstante, el día de los funerales gritó después de horas en mutismo absoluto, delante de todos que su bisabuela había muerto de amor y no de miedo. Matías corrió a ver lo que le pasaba a quien quería como propio y entendió porque no contestaba su hermano ni su suegra. Nunca más lo harían. Era poco tiempo y había que ser fríos para enterrar a los muertos rápidamente. En Santiago los velaron con sus caras de felicidad mezclada con miedo en lo ataúdes. No muchos llegaron a ver a los difuntos; el terremoto dejó en la zona central muchos muertos a los que sepultar. Antonieta decidió repentinamente, como le dictó su carácter al nacer, que le propinarían un servicio de cremación a los fallecidos. Así fue y quisieron llevar a Copiapó los restos del matrimonio. Cuando llegaron los dejaron en una cripta del cementerio, no por separados, sino  mezclados como ellos quisieron vivir desde que se besaron hasta la particular muerte que la naturaleza les ofreció.

            Al llegar a la casa de la familia de Javiera, Julián se fue a jugar con otros niños y un dolor en el vientre atacó intempestivamente a Antonieta que estaba de pie y creía orinarse.

            Es un varón dijo el doctor que atendió a Antonieta. Los rasgos de Salvador eran calcados a los de Matías que estaba tan feliz de haber visto a su primogénito. Julián quiso mucho su tío, desde que lo vio, lo trató como a un hermano y se dio cuenta de que extrañaba a su mamá. La llamaba cada vez que podía hasta que casi se muere de alegría cuando llegó Alejandra para visitarlo, pero luego lo enfermó de tristeza al hacerlo decidir si se iba con ella a Roma o se quedaba en Chile y probablemente nunca más lo volvería a ver.

            Alejandra Daniela Parra González, qué clase de hija fui a parir, tan descriteriada, como si yo alguna vez le hubiese dado a elegir entre dos opciones tan difíciles, menos siendo una niña. Julián debe estudiar y terminar de crecer sin sobresaltos, además de los que ya ha tenido el pequeño. Está claro que no piensa antes de abrir la boca, por lo menos me lo habría cuestionado a mí que soy la madre de esta criatura, así él me llama. Qué no daría por que se quedara, por que se sacara ese traje mojigata y armara su vida acá en Copiapó, que me abrazara y me dijera mamá te extraño, te amo, te necesito contar que ya no doy más dentro de este traje de virgen María, que me he vuelto a enamorar y no es de Dios precisamente, que me diera un beso por todos los días de las madres en que no me llamó, por los días en que Julián cumplió años y tampoco lo hizo, por las veces en que incansablemente lloré porque no me contestó el teléfono mientras le ayudaba a los necesitados; pero a mí que también estaba necesitada de su cariño, ni siquiera me recordó. Creo que todo fue cuando vio el mensaje de luciérnagas de su padre, parece que allí se convenció de que Dios existía y le fue a servir, como si el pobre no tuviera ya el poder suficiente para sentirse bien. Dios estaría más feliz con sus hijos felices, con mi Alejandrita más cerca de los que la aman y no allá lejos sanando corazones ajenos y no el de quien la parió.

            Me quedo dijo Julián a su madre al otro día en que ésta le preguntó por su destino. Todos en casa quedaron atolondrados de la decisión tan segura e inexpugnable de los escasos siete años. Resignada y muy seria, la hermana Alejandra les dio a todos una bendición y partió. A su hijo, madre y hermano le dio las bendiciones y les dijo que los amaba, pero se notaba que lo decía por costumbre más que por sentimiento. Italia es un país muy lejano y de seguro mi mamá me habría dejado solo como lo ha hecho siempre, argumentó Julián. La hermana Alejandra Parra partió con su paso de monja aguantando una indigestión de semanas y caminó con lo puesto hasta tomar un bus a Santiago y luego a El Vaticano.
           
XI
            Maelí es atractiva muchacha que vive en el barrio vecino de los Andes González decididos a quedarse viviendo en Copiapó y trabajando en la sucursal de Croens y Kírara Ltda. en esta ciudad. La chica es pasión de hombres, tiene fama de ser una de las más codiciadas de Copiapó; tenía quince años cuando conoció a Julián en una fiesta. Esos eran los tiempos de la Revolución Pingüina y Julián era uno de sus líderes que gritaba a los setenta y tres vientos la premisa de una educación sustentada por el estado, la abolición de los institutos particulares y particulares subvencionados, igualdad para todos, pero igualdad de calidad, para él, Michelle Bachelet era un lobo disfrazado de oveja que se escudaba de concertacionista, pero con ideas de la Alianza, su enojo llegaba a tanto que se burlaba diciendo que en 1973 ella se había equivocado de partido y que por eso se fue a Australia en vez de celebrar con Pinochet el lucro educacional. Para qué hablar de Mónica Jiménez. Otros de sus compañeros odiaban más a la derecha y decían que Bachelet estaba actuando bajo presión. La firmeza y constancia terminaron por enamorar a Maelí de Julián.

            En la fiesta donde que se conocieron, Maelí llego a los brazos de Julián por accidente cuando una chica resentida y envidiosa de la belleza que no podía tener la lanzó lejos hasta caer en los brazos de su querido. Los colores se les subieron con vehemencia al rostro a ambos. El flechazo fue inmediato. Bailaron unos lentos. Se besaron acaloradamente. Tan acalorado como rápido fue el proceso en que Julián comenzó a ser odiado por todos los hombres de Copiapó. No era el tipo diez, sin embargo, su mirada alegre, su perfil fino y brusco a la vez, sus manos de labrador, esa espalda ancha y fuerte, sus piernas anchas y rellenas, su empatía, y otros atributos lograban mantener la llama del amor encendida. Maelí era menuda de cuerpo, no mantenía más grasa de la que era necesaria, cabellos dorados, labios rojos y carnosos, estatura de una modelo alemana, sus dedos finos eran como lápices que podían dibujar corazones en el aire, ojos pardos que reflejaban a un Sol celeste, y la sensualidad de una oriental al mover el vientre, su concupiscencia era tal que la noche en que se conocieron, no dudaron en hacer literalmente el amor bajo un almendro de un sitio eriazo.

            Julián les presentó formalmente a sus abuelos a su novia Maelí. Matías ya la conocía, Maelí era hija de la prostituta que una vez lo asaltó en la plaza regalándole un poco de sexo. Inmediatamente después  que ella salió de casa, Matías le advirtió a viva voz de lo que Julián debía enfrentar si se quedaba con ella, pero este fue terco en su actitud y en ataque de rebeldía llegó a decir que se iría a vivir con Maelí lejos de Copiapó, sin gente prejuiciosa, pero olvidaba que prejuiciosos había en todos los lugares. Julián también fue presentado a los padres de Maelí y quedó convidado a cenar la noche siguiente con sus abuelos y Salvador.  

            A las ocho llegaron los Andes González a casa de Maelí. Matías iba preparado moralmente a las escenas que verían sabiendo qué clase de personas había allí, pero se extraño al ver a otra mujer y a un hombre como los padres de la niña. Se paró diciendo ir al baño cuando la mamá supuesta de Maelí iba a lavar los platos. Le preguntó muy directamente que llegó a ser incomoda su posición tan y sin querer prepotente. Maelí fue comprada por esa familia, pero Matías nunca más volvió a mencionar aquello delante de nadie y le pidió las disculpas entrecomillas correspondientes a Julián. No, no era su hija.

XII

            Mi tío Salvador se casó con una cantante amiga de mi mamá y ya tiene dos hijos. A mí la vida no me dio la posibilidad de engendrar y frente a ello no me he hecho dolores de cabezas, sólo que quien más sufre es Maelí que ya no sabe a qué método recurrir para quedar preñada y odia esa palabra, y me dice embarazada, pero yo prefiero la otra que es más apasionada, cuando la mujer pare a su cría, la quiere más, pienso. En cambio la otra me suena a una vieja guatona que no se puede el vientre, además los hijos no deben ser embarazos, es como si todas las mujeres preñadas estuvieran ansiosas de abortar a su problema, o su enfermedad de la que se van a mejorar. No pierdo las esperanzas. Mi abuela me habla tanto de que las cosas llegan sin esperarlas así como llegué yo a este planeta o cuado Matías volvió a su vida en una cena de trabajo y también como se le fue de su lado en el accidente que la dejó postrada en silla de ruedas y con ganas infinitas de morir desde hace cuatro años. Ahora la abuela Antonieta está viviendo conmigo en casa, nos habla de que tengo un tío Fernando, que un rey llamado Lúktar es su hermano o sueña desvariando con un Sebastián del Carmen, confundiéndosele las palabras rey, Carmen, Lúktar, Sebastián, hermano. Cuando Salvador llega de su trabajo en Antofagasta, la lleva a su casa con Violeta, su esposa, Fidel y Gladys, sus dos hijos y me cuentan la misma historia, con los mismos nombres.

            Maelí llegó a casa casi llorando de emoción y euforia, abrió la puerta y se me abalanzó gritándome, cosa rara, que estaba preñada, no cerró la puerta y no sabemos por qué. Será un niño. Emilio.
           
            Mi mamá entró a casa minutos después que Maelí hubo llegado a darme la noticia, venía de civil, ya no es monja, arrugada, pero a la vez con la piel lisa, no comprendo cómo fue que la vi al entrar, lo trato de ver cada vez que sueño esto pero no puedo, soy incapaz. Perdí la habilidad de reconocer a mi mamá, si es que alguna vez lo fue. Me besó la cara y me agradeció que la hubiese hecho abuela antes de morir. Saludó mesuradamente a Maelí y se agradaron rápidamente, posteriormente,  algo la impulsó a subir la escalera a ver a mi abuela, que estaba postrada, no obstante cuando ni siquiera hubo levantado el pie para subir, Antonieta bajó sola a abrazar a su hija que tanto la hizo sufrir y que no permitía a nadie encariñarse con ella porque sólo se obtenían amarguras extrañándola. Ambas lloraron y se sacaron en cara las faltas que la una había cometido con la otra hasta que las dos comenzaron a morirse. Las dejo ahí yertas y frías durmiendo eternamente en una sola cama y me marcho a dormir y lloro porque me he quedado con las ganas de amar a mi mamá y disfrutar a mi abuela lo poco de vida que de todos modos le restaba respirar. Lloro y sollozo hasta que me duermo para despertar al otro día a vivir los mismos acontecimientos que ayer tuve quiéralo o no.


FIN