Versos

"Yo no protesto pormigo porque soy muy poca cosa, reclamo porque a la fosa van las penas del mendigo. A Dios pongo por testigo de que no me deje mentir, no hace falta salir un metro fuera de la casa para ver lo que aquí nos pasa y el dolor que es el vivir." (Violeta Parra en Décimas, autobiografía en versos)

viernes, 19 de agosto de 2011

Nahuel







IV

(Dedicado a Diego Olivares Bonilla en la celebración de sus veintiún años)

            Cuando hago el amor me cuido de no tener más hijos, aunque dudo que mi cuerpo de vieja tenga fuerzas para eso. Hago el amor porque me gusta sentirme una hembra. Voy al metro por favor. Parece que va a llover Marisol. Qué rico mamita, me gusta la lluvia porque me haces picarones. Dios mío, cómo haces hombres tan guapos y a mujeres tan débiles, supiera el chofer lo que estoy pensando de él, puchas, ya estamos llegando al metro; no tiene anillo. Le voy a preguntar cuando me baje las maletas si quiere venirse a vivir conmigo, total, nada le va a faltar. Hay un taco enorme de autos y yo acá con este frío, pero no importa, al menos estoy con mi princesita hermosa; me habría gustado tanto que tuviera a sus hermanos para que la cuidaran y protegieran. Dónde estarán Señor, dónde, dame una señal. Han pasado los años y no sé nada de ellos, si están vivos o muertos, si están en Chile o no. Mañana está de cumpleaños mi Nicolacito. Devuélvemelos Dios mío por favor, te entrego mi vida si me los traes de vuelta, la vida. ¿Por qué crestas he sido tan desgraciada? ¿A quién le he hecho daño para sufrir así? Estoy segura de que me tiraron un mal, desde que vi a esa mujer coluda el mal no se ha ido de mi vida, si no fuera por mi Marisol, ya me habría ido solita de este mundo. Viuda, soy viuda, me siento sola como un animal sin dueño. Tanto que se mueve este auto, parece que está temblando. ¿Por qué está mirando tanto a mi mamá usted? ¿Le gusta? Porque ella es mía y nadie me la quita. ¡Virgen del Carmen qué vergüenza! Pero será verdad que me está mirando tanto. El hombre es bonito, no le doy más de cuarenta años y yo ando por la misma edad. Cuando lleguemos al metro le voy a preguntar si se quiere casar conmigo. ¡Mira! Esa señora se parece tanto a mi amiga Anita María, qué será de ella, viviría todavía en el campo. Pensar que le debo tanto sobretodo ahora que aparecieron los padres de la Vicky. ¿Cómo puede ser digo yo que te puedas ir al exilio sin tu hija, abandonarla y después como si nada venir a reclamarla? Pero en los papeles la Vickita es de la Anita María, bueno, pero ella es inteligente y por lo demás la niña ni debe acordarse de sus papás. ¿Se acordarán los hijos míos de mí? ¿Tendrán otros nombres? Mamá, ¿Estamos llegando al metro? Sí hija y como ya estamos llegando te aviso que me gusta el chofer y le voy a pedir que se venga a vivir con nosotras. Yo a usted la voy a querer siempre y más que a todo en el mundo porque es mi tesoro, Marisol, no se preocupe que a nosotras nadie nos va a separar como me separaron de tus hermanos. ¿Tengo hermanos mamita? Sí mi amor, pero ellos están lejos, me los robaron después que tu nacieras. Ah, yo los quiero. Pero, ¿Cuántos son? Son tres. Sabe que, me quiero casar con usted, mejor no me deje en el metro y lléveme a la casa para que nos conozcamos mejor caballero. Que sea lo que Dios quiera no más, la mujer se ve linda y decidida, así me gustan las mujeres, ya llevo quince años viudo y no tengo ganas de seguir solo; mi amor yo nunca la voy a olvidar, siempre la voy a querer, pero deme permiso para rehacer mi vida. Gracias. Dígame por dónde vive dama. Me llamo Edecia. ¿Se va a casar con mi mamita? Sí, pero no te la voy a quitar, la vamos a compartir. Mamita, ¿Quién es mi papá? Se murió cuando estabas en mi vientre, nunca supo que venías en camino hija de mi alma. Si lo habría sabido quizás se muriera ahí mismo. Ni ahora son tiempos ni menos antes como para traer niños al mundo, aunque a pesar de todo me alegra mucho tenerte. Tienes cara de Sergio tú, ¿ese es tu nombre? Sergio Aldunate, el mismo que viste y calza. Doble en la esquina, en esa casa celeste de rejas negras Sergio, bienvenido a casa. Menos mal que encontré un compañero porque puchas que me cuesta pagar el arriendo. Yo vivo en La Legua Edecia, esta semana traigo mis cosas, me gusta usted oiga es linda, buenamoza sabe que por allá donde vivo la otra vez quedó la tendalada con los milicos y los vecinos en la visita del Papa, oiga qué desastre más grande, ¿qué dirá el Santo Padre? Bueno, él ha de saber todas las lesuras que han pasado en esta patria pues, unos por allá, otros por acá, la verdad que no entiendo mucho, pero en la vida hay que trabajar como dijera mi difunto esposo mande quien mande, si nosotros los pobres nos rascamos con nuestras propias uñas. Es lo que nos tocó no más. Hija, vaya a abrigarse porque está muy fuerte la lluvia.

            La gente anda gritando como loca, golpes, balas, mujeres y hombres van presos, pero no entiendo bien por qué. Repentinamente aparecí acá luego de haber estado en un sitio muy lleno de paz, me llamaban y estoy seguro que era la voz de mis tres niños. Le pregunto a las personas que qué pasa, por qué tanta sangre y quién es ese curita que habla allá en la tarima pero no me responden, parece que no me ven, no me escuchan. Será que están sordos y ciegos, porque pareciera que no se miraran ni oyeran, chocan los unos con las otras, corren, consignan con mucha rabia. ¿Y si mis hijos anduvieran acá? Pobres, cómo caen muertos al suelo, no se ve como gente mala y no entiendo porqué son los carabineros los que les disparan. Ahí vienen mis niños, cómo los eché de menos a los chatos.
-       ¡Papá, papá! Por fin lo encontramos. Ayúdenos por favor –dijo Marcelo Nahuel.
-       ¿Qué les pasó?
-       Nos mataron papá y mi mamita no sabe nada, sólo que desaparecimos –replicó Nicolás.
-       Tranquilo niños allá al final del túnel donde se ve una luz todo será mejor y cuando lleguemos los ángeles te han de cantar el cumpleaños feliz Nicolás.
-       Papito, yo me pregunto si un día volveremos a ver a nuestra mamá – preguntó el niño Garcilaso.
-       Algún día la Edecia ha de venir a nuestro encuentro hijo.
-       Papá, queremos conocer a nuestra hermana, se llama Marisol. ¿Sabías que tenemos una hermana? –intervino Marcelo Nahuel.
-       Sí niños, la conozco, es bella y posee los rasgos de su mamá. Miren, ya llegamos a la luz, escucha el arpa Nicolás, el querubín te canta el feliz cumpleaños.
-       Papá, Dios no existe, los ángeles tampoco. Yo estoy muerto y no existo más que en el recuerdo de los que me conocieron. Esto no está pasando, me voy- concluyó el fantasma de Nicolás.

El día siguiente Anita María visitó el hogar de Edecia en Santiago junto a la niña Victoria, el médico asiático y el hijo de éste, Gonzalo Zaijiain cuya rozagancia delataban la tierna edad por la que transitaba. El niño Gonzalo Zaijiain llegó a Chile luego de un largo viaje clandestino por el mar. Siempre escondido en las bodegas llenas de ratas y pulgas el niño sorteó mil desventuras exitosamente hasta llegar a las costas de Valparaíso. Aún era primavera cuando su padre Aiko Zaijiain llegó al puerto chileno para contactarse con uno de sus amigos de viajes, el Pancho, al cual conoció en el viaje que hizo de su país a Chile. Detalladamente le indicó la ubicación del niño en China y le entregó el mensaje que Gonzalo debería leer.
-       La embarcación zarpa mañana chino Zaijiain y no ando con plata para comprar comida para el viaje. Tú sabes que es bien mala la comida que dan acá pues  –dijo Pancho con evidente tono y decisión.
-       Eres bien mal agradecido viejo Pancho, ¿ya te olvidaste de cuando te curé la gangrena y te saqué las muelas podridas? –respondió ofendido el oriental.
-       ¡Todo tiene su precio compadre! –replicó el chileno.
-       Pero nunca olvides tú que en la vida todo se devuelve, es la ley del karma. Esa es la dirección, él es mi hijo, el mensaje y ahí tienes tu paga. No te olvides que debes traérmelo Pancho –finalizó el médico en un español complicado.
El verdadero nombre de Gonzalo era Jian Zaijiain y el día en que un occidental llegó en su búsqueda el muchacho comprendió al instante que aquellas eran las órdenes de su padre. Muy triste se despidió de sus abuelos y previendo que no los volvería a ver mientras él estuviera vivo les aseguró reencarnarse cerca de sus respectivas reencarnaciones para volver a vivir juntos. Se hizo noche y mediante un improvisado lenguaje de señas logró transmitir el mensaje de que debía ser mientras los marineros dormían o estaban en los barrios rojos cuando debía entrar al barco para no levantar sospecha alguna. Cargado de una provisión contundente Jian entró a una bodega oscura llena de tambores, lóbrega y húmeda; tropezó varias veces antes de encontrar un lugar para recostarse, se acomodó y dejó a su lado la comida. Entregado, entonces a su destino, el niño Jian cayó en un sueño profundo del cual solo despertó al sentir el mordisco de un ratón en su boca y otros caminando en sus encimas; desesperado miró y buscó su comida, pero ya no estaba más que en su reemplazo el guano de los roedores como una burla para su pasajero infortunio. Furioso decidió cazarlos y mostrarles, amenazante, el cadáver de su primera víctima, mientras sin asco y paciente lo despellejó, le sacó la sangre, lo oreó y mientras esperaba que las gotas rojas terminaran de caer al piso, cogió el cuchillo con que ultimó al ratón e improvisó un agujero para que sus deposiciones se fueran al mar durante los meses de viaje. La embarcación partió su ruta y en cada puerto Jian recibía más comida, más ratas.
Cuando su padre lo recibió en el puerto de Valparaíso no lo reconoció de lo delgado y de la hediondez que andaba trayendo. El niño lo abrazó cuando estuvo a su lado, pero él lo rechazó decididamente y no fue hasta que analizó sus facciones que el padre reconoció en el hijo las facciones de la difunta esposa. De un sopetón Aiko vomitó al acercarse al niño Jian el té y las galletas que desayunó en el hospedaje del Cerro Alegre y las gaviotas de inmediato rondaban desde el cielo al padre y al hijo atraídas por el olor a rata muerta.
- Estás hediondo hijo Jian, no sé en qué lugar te dejarán entrar con ese olor –le dijo Aiko.
- No importa padre, te extrañé durante el viaje por el mar, pensé que nunca llegaría. Mi madre vino a verme varias veces. Al parecer no reencarna aún –contestó el hijo.
- Debiste haber alucinado hijo, por qué no te ayudó Pancho, el hombre que te fue a buscar a casa.
- Porque murió de un ataque al corazón y lo tiraron al mar hace dos semanas padre. ¿Cómo es este país? –preguntó el niño.
- Ya lo conocerás hijo, no olvides la virtud de la paciencia menos en el Occidente. ¿Y cómo están mis padres?
- Yo creo que se murieron porque sus espíritus visitaron el escondite en que viajé.
- Tu nombre en Chile será Gonzalo –dijo el padre luego de una pausa dolorosa.
- ¿Contalou?
- Parecido, es Gonzalo, pronunció Aiko en el mejor español que pudo.
- ¿Y qué significa Contalou en Tile padre?
- Nada hijo, acá los nombres no significan nada –respondió el padre mientras sus pasos se hacían camino al hospedaje de Cerro Alegre y las gaviotas hacíanle sombras alrededor.

El día en que Nicolás estaba de cumpleaños los Zaijiain y Anita María dieron con el paradero de Edecia y Marisol en la capital. La profesora se sorprendió cuando vio que su amiga compartía el hogar con un nuevo compañero y se dio cuenta de cuán distinta se comportaba Edecia con respecto al tiempo en que vivía en el campo. Se veía más decidida, más dueña de sus actos, segura y con una tristeza indescriptible que sólo aliviaba con la alegría de su hija. Fue raro que alguien tocara la puerta de su casa, más en un barrio de vecinos desconfiados y más en esos tiempos como cuenta la abuela, y además en un lugar en que nadie les conocía ni el nombre, ‘seguramente son sapos de la dictadura’ escuchó una vez ella. Al abrir la puerta ambas se fundieron en un largo abrazo fraterno y Edecia no sabía más que decir que ayer creyó verla en el centro, cerca del Metro. Luego se saludó con el médico y le presentó a su hijo para dar paso a un día que inevitablemente se llenó de recuerdos. Gonzalo Zaijiain fue poco lo que pudo hablar con los otros niños pues su padre charló largamente con las mujeres hasta pronunciar palabras en español que ni él sabía que existían. Victoria se entretuvo junto a Marisol enseñándole a leer y a decir trabalenguas; ambas se preguntaban si el niño chino entendía lo que hablaban ellas y si podría decir alguno de los trabalenguas. Probablemente no, pero se llamaba Gonzalo decían, al menos si lo llamaban el niño iría, pero no quisieron pues mientras más lejos estuviera, mejor para el aire que se respiraba. Ya no llovía y el niño salió al patio pues le causaba mucha curiosidad cómo vivían las gentes occidentales y decidió entrar pues los gatos del vecindario los rasguñaban y no le daban paz. Dentro del hogar mientras los adultos hablaban el niño se acercó a un mueble en que había retratos de los tres hijos de Edecia.
-       Padre, yo conozco estos niños –le dijo el niño Gonzalo en su idioma.
-       Son los hijos de Edecia hijo y no hables más porque están perdidos desde hace años y aún no los encuentran –le dijo en silencio el padre al hijo.
-       Pues yo los vi en la bodega del barco una noche antes de anclar y me dijeron que sus cuerpos estaban debajo del mar, están muertos padre, sus almas andaban llorando errantes –le advirtió el niño con los ojos que se pudieron ver en su máxima expresión.
-       ¿Qué dice su hijo doctor Aiko? Parece que hubiera visto un muerto –interrumpió Edecia- ¡Cuéntenos pues!

miércoles, 17 de agosto de 2011

Revuelta y Fuga. Adaptado de Mal de Amores de Ángeles Mastretta



Personajes:
Emilia Sauri (protagonista, hija de  Josefa y Diego, enamorada de Daniel)
Josefa Veytia (madre de Emilia)
Diego Sauri (padre de Emilia)
Milagros Veytia (tía de Emilia)
Doctor Cuenca (amigo de la familia)
Daniel Cuenca (hijo del doctor, novio de Emilia, luchando lejos en la Revolución)
Un herido

Relator
Esta es la historia de Emilia Sauri, que ya había llorado dos noches por el último abandono de Daniel Cuenca, su enamorado. Sus padres, Josefa y Diego, se culpaban mutuamente hasta que llega su padre insistiendo una respuesta.

Acto primero, escena 1 (Diego y Josefa)

Diego
¡Emilia! (silencio). Este Daniel es un imbécil. ¡Estoy de acuerdo contigo en que este Daniel es un imbécil!

Josefa
(Sorprendida mirando a Diego) Yo nunca he dicho que sea un imbécil. Yo digo que es muy egoísta. Que todos esos que dan en redimir a otros no saben pensar, sino, en como notarse. (Diego repite que es un imbécil). Al pobre lo mandaron a un colegio de internos, no tuvo cariño suficiente y ahora es un descobijado en busca de notoriedad. ¡Te lo dije, te lo dije…! (luego de 5 segundos, Diego comienza a llorar, ella lo acaricia).



Escena 2 (Diego, Josefa y Milagros)

(Entra Milagros suponiendo que algo andaba mal con Emilia. Diego cesa el llanto)

Milagros
(Tono de seguridad, apunta a la puerta de Emilia) ¿Está encerrada?

Josefa
(Tono de novedad) Y no encuentro las llaves de repuesto.

Milagros
Esta puerta se puede abrir de una patada.

Josefa
¡Quítate Diego!

(Diego se quita y de 5 patadas, Milagros abre la puerta. Emilia no se ve. Silencio total)

Milagros
¿No habrá escapado por el balcón?



Escena 3 (Milagros, Diego, Emilia y Josefa)

(Diego coloca cara de recelo, Josefa camina delante de su hermana y encuentra a Emilia en el suelo)

Milagros
Se ve muy cansada

Josefa
Cansada de crecer.

(Diego le besa a Emilia la frente, mira a su mujer y Josefa le devuelve la mirada)

Josefa
Hay algunos renovadores incapaces de entender lo esencial.

Milagros
(Alzando la voz) ¿Qué es lo esencial?

Josefa
Los hombres tienen pasiones, las mujeres tenemos hombres. Emilia no es un hombre. No la pueden tratar como si tuviera los sentimientos mal acomodados como ellos. (Diego se acerca a Josefa) ¡Qué ridícula fui yo! al protestar frente a ustedes mientras le tendían la cama a los muchachitos (mira a ambos). Como si fuera un chiste que Daniel le quitara la paz a Emilia.

Milagros
La paz es para los viejos y aburridos, ella quiere la dicha, que es más difícil y breve, pero mejor.

Josefa
¡Por favor no empieces con tus discursos! ¡Hace rato que no puedo con los discursos!

(Sale Josefa)



Escena 4  (Diego, Emilia y Milagros)

Diego
Tiemblo cuando se enoja contigo.

Milagros
No te aflijas. Ella sabe que tenemos razón, lo que pasa es que le cuesta mucho aceptarlo.

Diego
Yo ya no estoy tan seguro de  no haberla casado como las demás. Lo nuevo angustia.

Milagros
Más angustia lo viejo… y a propósito, más me angustia el viejo Díaz. ¿Qué si sigue tan terco como está con quedarse?, la campaña electoral es un sainete, no quiere más elecciones que la suya. Mientras más perseguidos, más radicales. Algunos ya quieren levantar las armas.

Diego
¡Líbranos el destino de los redentores!

Milagros
Mañana llegan de México unos enviados de Madero a intentar que Serdán renuncie a la revolución y combata con la ley.

Diego
No creo que logren algo, quién convence a ese montón de pasiones. Quiere ser héroe y eso es muy peligroso. Los héroes no traen sino dictaduras, sólo mira al gran héroe de la República, el General Díaz. ¿Me crees si te digo que tengo miedo?, una cosa es querer vivir en una sociedad tranquila digna de llamarse así, buscar justicia para otros como un modo de hallar la propia y la otra meterse en una guerra.

Milagros
Dicen que sería una guerra corta.

(Entra Josefa)



Escena  5  (Josefa, Diego, Milagros y Emilia)

Josefa
No hay guerras cortas. Empezar una guerra es como raja una almohada de plumas, por eso me gusta Madero, porque es un hombre de paz.

Diego
Se pasa de ingenuo.

Josefa
Es un buen hombre, como tú.

Diego
Con la diferencia de que a mí no se me ocurre acaudillar a nadie.

Milagros
Los dejo tan de acuerdo en ese tema y me voy a ver en que va la protesta. Es ya muy tarde.

Josefa
No vayas Milagros. Por un día que faltes no pasa nada.

Milagros
Ya falté, voy a ver en qué termina.

Emilia
(Despierta rápidamente) Quiero ir contigo.

Josefa
(Sonriendo) ¿Y tú de dónde sales?

(Diego toma una almohada rota)

Diego
La guerra es como una almohada rota, eso sólo se le puede ocurrir a Josefa.

(Silencio)

Milagros
Se me está haciendo tarde. Chao. (Sale cerrando la puerta fuertemente)



Escena 6  (Diego, Josefa, Emilia y Milagros y el herido)

Josefa
Cierra las puertas como si quisiera sellarlas para siempre.

Diego
Como si quisiera tirarlas.

Emilia
¿Me traes un pan con queso y una sopa por favor?

Josefa
¿Alubias?

Emilia
(Con cara de satisfacción) Sí, por favor.

(Josefa va por el pedido y vuelve rápidamente)

Diego
Hasta cuando vas a confundir el hambre con la tristeza, llevas dos días llorando y uno y medio es de puro hambre.

Josefa
No te quites las culpas Diego.

Diego
No las tengo, o ¿tú crees, Emilia, que tengo la culpa de que adores a Daniel?

Emilia
¿A quién se le ocurrió eso?

Diego
A tu mamá.

Emilia
¿Qué cosas se te ocurren? Él sólo tiene la cuarta parte de la culpa; otra cuarta es de mi tía Milagros por presentármelo cuando nací y de lo que queda, una cuarta es tuya porque me gustó que no te gustara y la otra es mía porque soy necia.

Diego
Esa repartición me gusta, con la cuarta parte estoy dispuesto a cargar.

Josefa
(Murmurando) No faltaba más.

(Emilia sorbe su sopa. Silencio. Se oyen golpes en la puerta)

Diego
(Siguiendo a Josefa a mirar por la ventana) Debe ser Milagros.

(Emilia corre a abrir la puerta, entra Milagros cargando a un herido, Emilia los conduce al estudio, lo examina. Milagros descompuesta. Diego llega al estudio).

Milagros
(A Josefa) Voy por el Doctor.



Escena 7 (Emilia, Diego y el herido)

Emilia
(A secas) Papá, morfina.

(Diego obedece en silencio y vuelve. Emilia examina e inyecta al herido sin dudar. Entra Josefa con un lavatorio)



Escena 8 (Josefa, Emilia, Diego y el herido)

Josefa
Milagros fue por el doctor Cuenca.

Emilia
(Casi derrotada) Dudo que haya alguna esperanza.

Diego
(Al herido) ¿Hubo más muertos?

Emilia
(Enojada) ¡¿Acaso no ves que se está muriendo?! ¡¿Cómo le preguntas eso si no puede hablar?!

(Entra Milagros con el doctor Cuenca)



Escena 9 (Emilia, Doctor Cuenca, Milagros, Josefa, Diego y el herido)

Emilia
(Al doctor) Se va a morir igual ¿para qué lo maltratas?

Doctor Cuenca
Eso nunca se dice. Ayúdame.

(Sin saber qué hacer, salen Milagros y Josefa. Emilia acaricia a su enfermo, Diego estaba anonadado, dejan al enfermo durmiendo)



Escena 10  (Emilia, Doctor Cuenca y el herido)

Emilia
(Urgida) ¿Puedo salir?

Doctor Cuenca
Claro que sí.

(Emilia corre al baño y empieza a vomitar. El doctor la sigue, entra Josefa)



Escena 11 (Josefa, Doctor Cuenca)

Doctor Cuenca
¿La niña está vomitando? (Josefa asiente, el doctor prende un cigarro) Hay que vomitar mucho para convertirse en médico, pero la niña tiene talento y pasión. Denle comida. (A Josefa) ¿Me puedes traer una infusión?

(Sale Josefa y Diego busca un trago, entra Milagros y Diego le sirve un vaso)



Escena 12  (Milagros, Doctor Cuenca, Diego)

Milagros
Ahora de remate quiere ser médico (toma un trago)

Doctor Cuenca
Emilia decidió cambiar sus clases de chelo por las de medicina. Como vi sus aptitudes la ayudé y dio resultado, es muy buena. Complementó con sus conocimientos boticarios.

Diego
Me siento como un cornudo. Se le va a cumplir, doctor, el sueño de tener una hija médica.

Doctor Cuenca
Ojala y fuera mi hija, no me dio la sangre.

(Entra Josefa, le pone llave al portón)


Escena 13 (Josefa y Doctor Cuenca)

Josefa
Mejor así para que no entren más heridos doctor.

Doctor Cuenca
Pero yo tengo que irme.

Josefa
Lo siento mucho pero está muy peligroso afuera.

(Entra Emilia, sale el doctor y Josefa)



Escena 14 (Emilia, Doctor Cuenca, Daniel Cuenca)

Emilia
Voy a ver a mi enfermo.

(Vela al enfermo por algunos segundos, se queda dormida. Los demás también se van a dormir. Empieza a sonar la puerta como si la estuvieran abriendo. Emilia mira por la ventana. Entra Daniel a su cuarto. Se miran y no se hablan. Se besan y abrazan, pero no se hablan. Entra el doctor y abraza a su hijo)

Doctor Cuenca
Cuando amanezca se habla. (Sale)

(Emilia y Daniel siguen en su encuentro)




Acto segundo, escena 1 (Todos los personajes, a excepción del herido)

Relator
Luego de la apasionada noche, los Sauri  están ya casi terminando el desayuno.

Daniel
Y como ya habrán sabido, vengo a llevarme a quien quiera irse conmigo.

Doctor Cuenca
Ya yo no quiero que tengan ustedes más preocupaciones de las que ya hay. Mi presencia en este lugar solamente trae más en qué pensar y yo se lo agradezco mucho, pero es hora de que me vaya.

(Se despiden todos)

Doctor Cuenca
(Abrazando a Emilia) Los médicos no sabemos más de lo que vamos sabiendo con la vida. (La suelta)

(Daniel toma del brazo a su papá y mirando a Emilia, caminan hacia la puerta)

Daniel
Ya tú sabes

Emilia
¿Irás a la guerra?

Daniel
No habrá guerra.

(Se van, cierran la puerta y el telón)

FIN

sábado, 13 de agosto de 2011

Como una mujer de sal

Verso inmenso y difícil que no halla frontera
complica el intento de ordenar el remolino
que furibundo quiébrame de raíz la mollera.
De una canción ingrata se durmió el olvido,
despertó una emoción larga e intensa
que yo creía hecha historia,
que yo consideraba muerta.

Los colores invadieron de guerra mis adentros.
Formaron un negro fondo y su imagen tremenda.
Dolor revuelto, fe incierta, verso extenso.

El tiempo se hizo espacio y el espacio se hizo lluvia,
sin nubes se me hizo rápida la locura, era ver su suerte,
su amor volviendo y dando largo el paso a la muerte.
La sangre se hizo infierno, la flor de la lápida mustia.

Yo no era feliz, lloraba más que reía, pero daba el respiro;
la canción me hacía botar el dolor de lo imposible.
Y su figura soldadesca se hizo en mi voluntad, en el destino
su belleza generosa me impuso un sentimiento inaudible.

Mi pensamiento se ha vuelto noche, se ha hecho luna en el placar
Mi cordura se hace río y mi cuerpo una mujer de sal.
Un tacto y se derrumba, un recuerdo y expirar.