Versos

"Yo no protesto pormigo porque soy muy poca cosa, reclamo porque a la fosa van las penas del mendigo. A Dios pongo por testigo de que no me deje mentir, no hace falta salir un metro fuera de la casa para ver lo que aquí nos pasa y el dolor que es el vivir." (Violeta Parra en Décimas, autobiografía en versos)

miércoles, 27 de octubre de 2010

Saber decir adiós



¿Qué fui yo en todo caso?
Un trozo de recuerdo triste en la alborada.
Un esperanzado de besos tuyos,
Que recibió un no de manera mala.

Mala manera de decirme que fui algo
Mala la hazaña por la que me enteraste
que todo estaba acabado.
Ha sido una mina de hielo en la que quedé atrapado.

Claro que me he vuelto loco, un demente.
Ahora vivo la realidad, cosa cruel  e inclemente.
No es como la ilusión dulce del ayer.
Ha sido brusco el cambio a esta verdad insistente.

Y viene otra vez la  tristeza a acompañarme,
Me acaricia el corazón con su mano implacable,
Me dice al oído que quiere ser mi amiga
Y yo sin otra compañía sólo le digo: bienvenida.

Sed de ayer

Ahora que no vivo mejor que ayer,
Y la alegría es cosa rara,
Me doy el tiempo de hacer mala poesía
Y de llenar de lágrimas mi cara.

Dicen que hay algo que nunca se marcha
Que se llama esperanza.
Pero qué se fue de mí ayer
Que mi corazón bombea nada.

Cuentan que los sueños predicen bien.
Y he soñado que con gafas lo miro a él.
En mis sueños he visto deshacerse las estrellas
Por eso que mis dedos hoy escriben mierda.
Se ha sorteado mi presente de modo fiel.

Tengo una piel seca y arrugada
Y los pensamientos cual es la tierra,
Sin sus sales, amargada.
Tengo la cabeza desdichada.

Y ando con el corazón doliente,
Con mis palabras envenenadas de hiel,
Sintiendo cómo me pesa el dolor naciente
Y cómo más me pesa la vida sin él.

Ay, de olvido yo poco sé,
Me imagino que es como magia,
Me figuro que se siente bien,
Como sin mí ahora se siente él.

Y con palabras simples explico
Lo complejo de este sacrificio.

Dejo a todos claro
Que a pesar de que mi amor ya no le basta,
Mi ilusión lo extraña,
Como extraño también yo su mirada.
Y que en esta noche triste he llorado
Inundando con su recuerdo, mi almohada.

Tristeza

¡Ay! me gustan las cosas tristes,
Las canciones de lágrimas, las miradas.
Me gusta que se me erice el alma
En las veces que veo la leche derramada.

¡Ay tristeza!,  compañera de mis amores
Que no ves que estoy enfermo.
Me has traído a la cama nocturna
En las olas de mis sueños su recuerdo.

Su recuerdo y su cara bella,
Su decisión infundada de no  amarme,
Me has traído, mala amiga, un dolor sin anestesia.
Que me duele en el aura con intensidad aplastante.

¡Ay tristeza!, ¿qué sería yo sin ti?
Sería un hombre alegre de esperanzas;
Pero contigo vivo del día en que nací
Y matarte como me has  matado a mí
Significaría lo mismo que es vivir con nada.

¿Qué fuera yo sin ti?
Un amante en la ensenada
No fuera un poeta de letras  apenadas,
Sería un hombre que te crea
En su alma envenenada…
Así como quien te hizo
en mi alma desdichada.

La tía abuela


Ella es Sylvia Castillo.
Una tía de amistades,
Es más como una abuela mía,
Que la tía de mi padre.

Ella es una mujer aguerrida,
Una hembra que aunque cansada, respira.
Una hembra compleja, pero que logra
Resolverse siempre antes del que la analiza.

Da amistades y las quita.
Una dama madura que todo enseña,
Que ama a las yerbas de su casta,
Y a mí me hace sentir dentro de ella.

La Silví observa y mira,
Desde sus lentes que la hacen entera.
Y me comenta cosas que yo no veo,
Porque las narra con una ternura inmensa.

Qué más quiero que escribirle este poema,
Que darle un abrazo, una sonrisa.
Quiero decirle que me sincero
Y que no la considero
Como una tía abuela, sino
Como a una tía amiga.

Se busca


Cómo dejar de amarlo, con sus ojos cálidos
Y su nariz de delfín perdido.
Cómo dejar de estremecerse,
Y no dejar de latir como un péndulo infinito.

Cómo no extrañar su presencia en mis sueños,
Mientras la vida corre lenta como suspiro.
Cómo hacer para saltarme el destino
Y no depender como del amo depende un fiel perro.

Sale el sol temprano, fuerte como el amor
Acogedor como el pecho de una madre.
Y al agua dura de su roca la sacó,
Se ha ido el sol terminada la tarde.

Mas en mí dejó revuelto,
el manantial de la sangre.

Y en la naturaleza imbuido,
busco un pedazo de Dios sempiterno,
busco un trozo de amor tuyo,
lo siento, pero no lo encuentro.

Y en los seres imbuido,
Busco un poco de tu aliento.
En las conchas, en las rocas, en los cerros,
Busco un poco tuyo
pero te me esfumas por los dedos.

En la gente sin vida busco, acaso,
Te me perdiste en la masa gris,
En el mar, en el cielo y en los campos,
te escudriño, en el placer de un desliz,
e insisto, pero no te hallo.

Sin comprender dónde te perdí,
Olfateo como loco en la noche enlunecida,
Y haberte perdido ahora me suena a fin,
como suena ahora una bala fina.

Te busco y te llamo, sin voz y sin tacto,
Pero la esperanza ha acabado
Pues mi cabeza a bala he abierto,
y ni en mi memoria de ti hay rastro.

En la noche yerta

Con mi nariz apabullada,
Comprendí, de pronto,
El fin de nuestra noche amancebada.

Con mi nariz sedada entera,
Entendí, asustado,
El designio de las estrellas.

Y de esta noche sepultada
Extrapolo una conclusión desdichada.
Extrapolo que estaba demás mi dicha,
Como está demás mi amor en tus entrañas.

Y en la noche yerta
que me trajo tu mirada
desempolvo mi entendimiento,
y estampo mi declaración jurada.

Digo tranquilo que tu mirada oscura
Y negra como racimo de aceituna
Es la misma cosa que refleja mi cobardía,
Mi amargura, mi locura y desventura.

Inquiero el sol del día soberano,
Para entibiecer el dolor de tu belleza,
Pues tu figura de hombre cotidiano
Me duele como duele siempre
El paisaje frío de la hermosura sureña
El paisaje cruel de tu infinita belleza.

Y fríos como tu porte de hidalgo
Mis huesos recolectan del paisaje bello, su dolor.
Y en el camino nortino, a lo largo,
Ando buscando, luego de la tormenta, el regocijo del calor.

Copiapó

Del frío cruel al que los libros me trajeron,
Me escapo ahora al norte, al sol, al desierto.
Me voy contento en este viaje
Que me retorna a la tierra en que me crió,
Junto a mis hermanos
Y juntó a mis padres.

De verano es un horno caliente
Que derrite los ánimos de las gentes.
Y de invierno es un padre que abriga,
En las mañanas a sus gentes vecinas.

Es Febrero abrasador
Es Agosto abrazador.

Es un pueblo seco y sin mares,
Con cielos claros y nubes en soledades,
Es café y no tiene excentricidades.
Copiapó, pueblos en los arenales.

Es un pedazo de tierra árida,
En que el minero de la vida.
Es temblor, es viento seco, corazón.
Es siempre Sol, es siempre Copiapó.

El Dios triste por Gabriela Mistral

Mirando la alameda de otoño lacerada,
la alameda profunda de vejez amarilla,
como cuando camino por la hierba segada
busco el rostro de Dios y palpo su mejilla.

Y en esta tarde lenta como una hebra de llanto
por la alameda de oro y de rojez yo siento
un Dios de otoño, un Dios sin ardor y sin canto
¡y lo conozco triste, lleno de desaliento!

Y pienso que tal vez Aquel tremendo y fuerte
Señor, al que cantara de locura embriagada,
no existe, y que mi Padre que las mañanas vierte
tiene la mano laxa, la mejilla cansada.

Se oye en su corazón un rumor de alameda
de otoño: el desgajarse de la suma tristeza.
Su mirada hacia mí como lágrima rueda
y esa mirada mustia me inclina la cabeza.

Y ensayo otra plegaria para este Dios doliente,
plegaria que del polvo del mundo no ha subido:
"Padre, nada te pido, pues te miro a la frente
y eres inmenso, ¡inmenso!, pero te hallas herido".