Versos

"Yo no protesto pormigo porque soy muy poca cosa, reclamo porque a la fosa van las penas del mendigo. A Dios pongo por testigo de que no me deje mentir, no hace falta salir un metro fuera de la casa para ver lo que aquí nos pasa y el dolor que es el vivir." (Violeta Parra en Décimas, autobiografía en versos)

viernes, 19 de septiembre de 2008

Cuando tus manos me hablan


Cuando tus manos me hablan

Cuando tus manos me hablan, tu voz se queda muda por minutos eternos
Y sigo siendo un borracho de cada palabra que botas ignorante,
Yo sigo caminando en los retozos fascinados del mejor sueño de amor
Continúo metiéndome en el montón de recovecos que forman aquel laberinto desesperado de tu mente.

Cuando tus manos me hablan me siento feliz de estar vivo y olvido voraz el aciago mundo que me rodea.
Contemplo cada dedo onceavo en las palmas multicolores de tu locura
Caminas y no sé si seguirte, si espiarte, me consuelo y duermo sin saber.
Mañana quizás sea otro día y ya no estés, no te tenga para jugar a quererte
Y talvez esto sea lo mejor de mi vida, un trozo de paraíso en un kilómetro cuadrado de infierno.

Cuando tus manos me hablan, sacudo fuertemente el pensamiento alelado inverosímilmente. Cuando tus manos me hablan elucubro esta pasión inventada.
Este brío que se seca como una flor mustia y no sé si es mejor o peor.
Crees que eres lo peor del mundo, cuando pienso que eres lo mejor que me ha pasado.
Objeto hasta al pájaro que a veces me suena tan odioso y embarazoso, mas, cuando ellas me hablan, me remueven los sentimientos, río por saberte pertenencia, lloro porque pasó otro día y el fin llega inminente.

Cuando tus manos me hablan, derramo litros de inspiración, millas de pasión, vuelco kilos rebeldes inolvidables de amor.
Me revuelco en un lodo tan denuesto en sinceridad, dejo correr sudores y me dispongo a darme, sin reparos ni objeción.
Me frustro en este maldito punto de tranque y la paloma que solloza a mi cabeza te reclama mi muerte.
Sé que no voy a morir, ni tú. Los muertos no mueren.

Cuando tus labios me hablan, tu voz es valiente y esas manos se callan como amedrentadas libertades melancólicas.
Vuelvo a ser tan león y desrecuerdo al cachorro pavorido que moría en un lecho de soledad acompañada.
Soy valiente y desvergonzado, me burlo del infortunio, y me vuelvo tu rey y eres vasallo obediente.

Cuando tus labios le hablan, soy león orgulloso y vengativo, soy palabra pobre y desvocabularizada, me lleno de rabia, me nublo como Pérez, amortajo como Ana y me transformo a lo Samsa, eres Trueba; yo Clara, somos Santiago Nasar, pero muerto hace cien años, y soy tan Coronel como un misántropo. Y Melquíades con Pedro García, ¿habrán visto esto?

Cuando tus labios le hablan y besan, yo muero lentamente el último desmayo. Mi sangre se congela al irrigarme el alma. Me despido digno e indigno. Mis oídos anhelan ser sordos y eso que me dice que estoy vivo, desea rápidamente poder salir corriendo hacia atrás y haber evitado vigorosamente momento cruel. Y así termino de odiarte y querer quererte, dejo de empeñarme en ser estrella, sin embargo, fugarme como un preso en su propio esqueleto, de este alma maldita de poeta, tontamente codiciada. ¡Ay, si tan sólo tuvieras una pizca de idea de la mala sensibilidad que nos acongoja! Si supieras cómo nos cuesta mantenernos vivos. ¡Ay, quién pudiera entender!

Cuando esos ojos se toman la palabra son tan tenaces y malditos, suben desde mis pies y sueñan hasta que me chocan en las pupilas que te dicen muy adoloridas: adiós.

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